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El cantautor puertorriqueño se presentó el 14 y el 15 de septiembre en el Luna Park. Entre jolgorio y compromiso social, dio a conocer su nuevo proyecto solista.

Una nueva noche de viernes comienza a asomarse por las veredas de Corrientes y Madero. Son casi las siete de la tarde y los alrededores del Luna Park comienzan a poblarse de jóvenes expectantes. Los vendedores ambulantes no pierden la oportunidad para ofrecer el merchandising hecho para la ocasión. Mucha mucha gorra, mucha mucha prenda, todos los artículos contienen el inconfundible logo de la “R” entre corchetes, que a esta altura ni hace falta aclara a quién hace referencia. Las estrellas se veían a plena luz del día porque lo esperaban para hacerle compañía. La noche anterior había quedado en la retina de muchos, pero aún faltaba otro round. Todos lo estaban esperando, el viento cantaba bailando.

Son las ocho de la noche y los fanáticos más fieles comienzan a valorar el tiempo y esfuerzo que invirtieron al realizar las extensas filas que les permitieron conseguir un lugar privilegiado cerca de las vallas, desde las que podrán observar a su ídolo a solo centímetros de distancia. Hacen su entrada de forma lenta: en los distintos accesos, los integrantes del personal de seguridad, con caras de seria, caras de intelectual de enciclopedia, realizan los controles protocolares propios del ingreso al estadio. Eso a los pibes no les importa porque esto no se trata de rebeldía, esto se trata de ser indisciplinado por un día. Vinieron a hacer lo que no se supone, son los incomprendidos del nuevo testamento, tienen sus reglas, sus propios mandamientos.

En el interior del estadio, un escenario enorme, donde reposan los instrumentos cubiertos por luces violetas, los recibe con los brazos abiertos. Son las nueve de la noche y se respira ansiedad: ricos, pobres, clase media aguardan en el campo mirando pa’l frente donde hasta el momento nada ocurre. Las viejitas con pelos en las piernas, con espíritu libre y de mente moderna tampoco quieren quedarse afuera, acudieron a la cita, pa’ romper con la rutina repetitiva, junto a sus hijos, a los que miran desde plateas. Todos tienen una sonrisa y esperan una de vuelta. Pero no esperan cualquier sonrisa.

Veinticinco minutos pasaron de las nueve de la noche. Contradiciendo a los manuales de los recitales, que indican que la banda debe salir a escena mucho más tarde de lo estipulado, las luces se apagaron. Ni en eso se parece el protagonista de esta noche a los demás músicos. La pantalla de led, que abarcaba gran parte del fondo del escenario, tomó el centro de la escena cuando por ella se proyectó un corazón que comenzó a latir a la misma velocidad que el de los allí presentes. La tribu estaba salvaje: el público de pie lo empezó a aclamar, coreando su nombre desde todos los rincones de un Luna Park ya completo.

Suban el telón, abran las cortinas, enciendan las turbinas con nitroglicerina, que llegó él. “¿Tamo activo Buenos Aires?”, preguntó y el público enloqueció. Residente salió a escena energético, con un magnetismo pocas veces visto y la multitud entró en estado de éxtasis. Argentina es su segundo hogar y lo estaba empezando a sentir. Un rosario, que le adornaba el cuello, y una gorra con visera bordó fueron los accesorios que eligió para lucir en esta noche de gala. La camiseta de la selección Argentina, con la diez en la espalda, le quedaba pintada. Adidas no lo estaba usando, el estaba usando Adidas.

“Tres ojos, cuatro orejas, mucho pelo entre medio de las cejas“, fue el puntapié inicial para lo que sería una noche inolvidable en la ciudad de Buenos Aires. Se trataba de “Somos Anormales”, el primer single de Residente, su nuevo proyecto cómo solista. Tiene claro que es el momento de la música independiente, que su disquera no es Sony, su disquera es la gente.

“A partir de una muestra de ADN que me encontré con que tenía raíces de África, Asia, Europa y América Latina. Durante dos años visité once países y en cada escribí una de las canciones del disco”, cuenta el puertorriqueño mientras camina el escenario. Se ve que con sus pesuñas de cordero se propuso recorrer el continente entero y dar la vuelta al mundo en menos de un segundo.

“Espero que les guste”, agrega, y el público lo celebra. Cómo no les va a gustar, si las personas que lo siguen escuchan el mensaje, por eso lo defienden a los puños sin vendaje.

Del nuevo disco también interpretó “Apocalíptico”, “Desencuentro”, “Dagombas en Tamale”, “La Sombra”, “Guerra”, “Milo”, “Hijos del Cañaveral” y “El Futuro es Nuestro”. Entre canción y canción, René ofició de anfitrión: contó las aventuras  que compartió en los distintos lugares en los que estuvo y explicó que lo inspiró a escribir cada canción.

Pero tampoco pudo esquivar los hits de Calle 13. Residente no tiene la culpa de que lo suyo nunca caduque, la historia lo persigue porque la convirtió en sombra.

Uno tras otro iban cayendo algunos de los himnos de Calle 13: “Cumbia de los Aburridos”, “Atrévete te te” y “Fiesta de locos” fueron atajados por un público totalmente hambriento, entregado al baile y al festejo, porque ese reggaeton se te mete por los intestinos, por debajo de la falda como un submarino. La genta baila descalza, con tenis, o con zapatacón, se quitan el traje, falda y camiseta, se despojan de las prendas, marcas y etiquetas. Comienza a subir la temperatura y el calor los pone a botar tequila por el sobaco. La gente baila sacudiéndose el sudor como si fueras un wiper. Tienen claro que aquí se baila como bailan los pobres: si no hay pareja pues deberán bailar con la sombra, aquí no hay alfombra. El paso es muy sencillo, uno solamente tiene que sentir la música, bajando hasta el fondo profundo bien hondo, con un movimiento redondo. De lao a lao como los pingüinos, con las manos arriba como si los apuntaran con una pistola. Saben que o se necesita plata pa moverse, necesitan onda y música cachonda, que es lo que René tiene para ofrecerles. Sabe llevar al público, entiende perfectamente el código que los fans plantean y sabe a la perfección cómo satisfacer sus deseos. Irradia potencia, rimando a toda velocidad, demostrando que su carisma, propio de un showman de esa naturaleza, sigue intacto. Es maestro de una orquesta, que con diversos sonidos e instrumentos poco convencionales, acompañan de forma disciplinada el ritmo de su conductor que no se calla nada, que cree en su gente y cree en su bandera y que en cada oportunidad que se le ofrece demuestra el compromiso que tiene con las causas sociales.

“Soy la fotografía de un desaparecido”, exclamó René en la versión de Latinoamérica que realizó junto a la música salteña Mariana Carrizo (quien se lució interpretando sus coplas con una caja chayera), mientas en la pantalla se proyectaba la cara de Santiago Maldonado, desaparecido hace más de 40 días. “Esa lucha tiene que ser permanente hasta que aparezca” dijo Residente. El público respondió a sus dichos con cánticos y banderas sumándose al reclamo. Minutos antes de subir al escenario del Luna Park, el vocalista había compartido en sus redes un video con Sergio Maldonado, hermano del artesano.

“Que se escuche hasta la Casa Rosada”, insistió René, quien no tuvo más que pedirle calma al pueblo y dejar un mensaje de esperanza para  los que ya no están, para los que están y los que vienen, por lo que levantó el brazo y a brindó por el aguante.

Veintiún temas hicieron vibrar al público durante dos horas y media de show. “No hay nadie como tú” y “Vamos a portarnos mal” sellaron una verdadera fiesta de locos, en la que Residente demostró, ante un Luna Park repleto, que sigue siendo el rey aunque no tenga reino.

23 septiembre, 2017

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