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Cultivos andinos recuperados: viaje a la Comunidad Finca Tumbaya

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“Papa te llamas papa y no patata, no naciste castellana: eres oscura como nuestra piel, somos americanos, papa, somos indios” Pablo Neruda – Oda a la papa

 

Por Nicole Martin

Agradecimiento a Mateo Missio, quien es parte de esta investigación, aportando su presencia y valiosa mirada.

 

En el nacimiento de la Quebrada de Humahuaca, viajantes con el cansancio típico de la Ruta 9, que atraviesa las principales capitales provinciales del noreste argentino, encuentran Tumbaya. Este pequeño pueblo, que se nombra en una lengua indígena desconocida, tiene todo lo que muchos otros en la zona: casas de piedra y adobe, techos de cañizo, caminos de adoquines, cardones centenarios y gigantes montañas rojas, naranjas y ocre. Sin embargo, para los ojos que buscan descolonizar, sus rincones guardan las muestras del genocidio indígena y de una liberación gestada desde la mismísima tierra.

Escultura de la Plaza Principal de Tumbaya.

Sólo 200 metros adentro del pueblo, se encuentra la plaza principal, la Manuel Belgrano, llena de flores y árboles de distintos tipos. En uno de los extremos, frente a la iglesia histórica de 1796, un indígena arrodillado yace inmortalizado en piedra, debajo de la cruz de un sacerdote. En posición sumisa, sostiene rendido un largo bastón y observa desde un cuerpo pequeño, aniñado, al gigante Padre Francisco Solano Jiménez, de tres metros de alto. La imagen obliga a recordar al principal instrumento de dominación blanca, la religión católica.

A pocos pasos, erguido con la mitad de la altura del fraile, sorprende ver maíz creciendo en la plaza pública. Aquel mismo maíz, protagonista de los cultivos andinos, descansa en las gruesas manos de mujeres originarias en un mural a la orilla de la ruta, de tantos colores como los cerros de la quebrada. La pintura muestra a cuatro mujeres cocinando granos de todo tipo, papas de distintos tamaños y colores, empanadas y tamales. Sus cabellos, cual mantos negros, les cubren las espaldas o bien caen de sus sombreros kollas en prolijas trenzas. Algunas yacen con los ojos cerrados, como trabajando un elemento que les es conocido, otras con mirada despierta, calma, en contraste con la del arrodillado de piedra.

Foto: Mateo Missio

¿Cómo se relacionan la agricultura y la autonomía de los pueblos? Mucho, según proclamaron las organizaciones acuerpadas en Vía Campesina en 1996. Incluso, se adoptó un término para definir esta relación: soberanía alimentaria, el derecho de los pueblos a definir sus propias políticas de producción, distribución y consumo.

En Finca Tumbaya, la comunidad indígena local, la producción agrícola tiene un papel fundamental en la vida del campesinado pero, especialmente, según cuenta el productor de cultivos andinos de Tumbaya Grande, Néstor Vilca, tomará un carácter emancipador a partir de la recuperación de sus tierras.

 

Quebrada de Humahuaca, a la altura de Tumbaya grande. Foto: Mateo Missio

Donde la tierra libera

La familia de Néstor es una de las 200 que conforman la Comunidad Finca Tumbaya, consagrándose como la más grande de la quebrada de Humahuaca. El productor, quien se autoproclama kolla tiene 58 años, estatura media-baja, cabellos negros debajo de una gorra amarilla con visera y sonrisa fácil. 

A lo largo de la conversación, los ruidos de un cachorro intentando tomar la leche de su madre acompañarán el relato, sin robarle ni por un segundo su atención. Sólo se levantará abruptamente dos veces, cuando sus ovejas aprovechan la charla para colarse entre los cultivos.

Néstor Vilca. Foto: Mateo Missio

«Lo importante es la recuperación de los cultivos andinos”, suelta, antes de presentarse formalmente. Con esto se refiere a la producción de papa, quinua, maíz, oca y otras verduras que crecen a lo largo y ancho de los Andes desde el 3000 a.C. y que fueron desarrollándose a lo largo de los siglos. Hacia el 700 d.C., en toda la quebrada los cultivaban las comunidades de Omaguacas, Uquías, Tilcaras, Purmamarcas y otras. A partir de la dominación de la cultura inca, se reemplazarían los nombres de casi todas las comunidades por un único gentilicio: kollas.

Néstor Vilca. Foto: Mateo Missio

Néstor explica que se habla de “recuperar” porque en los tiempos del patrón, el arriendo y los azotes, las familias sobrevivían a costa del pago irrenunciable al terrateniente. Este cobraba por el uso de las tierras para ganado y cultivo, que eran suyas a reconocimiento de los colonizadores españoles. “Habían corrido a nuestros antepasados y el trofeo era que le den nuestras tierras”, lamenta el agricultor.

Por esto, para recuperar las técnicas de sus abuelos y por los beneficios de conservación, que les permiten vender todo el año, eligen los cultivos andinos.

Al viajar por la Quebrada, se encuentra un clima óptimo para la agricultura, por su latitud tropical. Quienes llegan, encuentran el aire seco, que contrasta con las yungas del sudoeste de Jujuy. Además, en Tumbaya, el campesinado goza de un privilegio geográfico, ya que las bajas alturas alargan el verano y triplican los momentos de cosecha. En las cosmovisiones de la zona, presentes en cada conversación con sus habitantes, el sol siempre fue muy importante, incluso antes de que la conquista incaica lo determinase como Dios Inti. Sus ritos de siembra y cosecha tienen como punto de referencia el “sol de la mañana”, cuando se agradece a la tierra por su abundancia y también en la vida cotidiana. Por ejemplo, se mira al “sol de la tarde”, cuando se entierra a los seres queridos.

Néstor cuenta con una sonrisa cálida como el sol de Tumbaya que, aprovechando el clima de la zona, pueden cosechar en octubre, noviembre y diciembre: “Yo trabajo la huerta y mi señora, Joaquina, cocina para que degustemos de acuerdo a la temporada”. A lo largo de la entrevista de hora y media, Néstor mencionará a Joaquina cinco veces: al hablar de su cocina, de la lucha por la recuperación de sus tierras, de su participación en la Escuela Gastronómica de Cultivos Andinos de Tumbaya -donde se encuentra el mural de las mujeres cocinando- y de la organización campesina en general. En los relatos de la comunidad, a las mujeres se las nombra, se las incluye, y eso llama la atención en un mundo donde Dios es pensado hombre.

Una semana después de la conversación con el productor y ya con las lluvias del verano regando la Quebrada, así lo testifica Celestina Ábalos. La lideresa indígena, de 51 años, fue designada con apenas 24 años para representar a la comunidad en la reforma de la Constitución argentina de 1994 -cuando se reconocerían los derechos de los pueblos indígenas- y durante la expropiación de la tierra a la familia arrendataria. Para ella, el apoyo de la comunidad que considera a las mujeres como principales “transmisoras de la cultura”, de generación en generación y en pos de sacar adelante a las familias, fue muy importante en todo el proceso legal, que duró veinte años. 

“Cuando nosotros recuperamos el territorio, tuvo un gran significado, porque nos hizo libres. El sistema de convivencia que iba a regir después de la expropiación, lo pusimos nosotros. Ahí empezamos a soñar, a pensar en que lo que producíamos era para vender o para nuestra familia, porque antes se lo teníamos que dar al patrón”, afirma, y su tono de voz denota una emoción sentida.

Celestina Ábalos. Foto: Plataforma Pueblos Originales

Celestina tiene ojos dulces, oscuros como algunas de las variedades de porotos que se siembran en la zona. Al hablar, su voz es fuerte y sus palabras, poderosas: “Cuando recuperamos la tierra, mejoró nuestra calidad de vida. Siempre desde el punto de vista comunitario, habitamos la tierra, pero nosotros no somos sus dueños, no nos pertenece, somos parte de la tierra”. En esa relación con la Pachamama, hay palabras de amor, hay respeto, hay descanso, dice, porque nunca van a exigirle demás ni maltratarla.

Es a partir de que el Estado entregó las 24.469 hectáreas a la comunidad indígena -y se cedieron 30 hectáreas a la anterior familia terrateniente-, cuando Finca Tumbaya comenzó a apostar más fuertemente por los cultivos andinos. Si bien ya estaban, menciona Celestina, la dinámica cambió: “Todo lo que sembrábamos antes era para sobrevivir y, a partir de la recuperación, pudimos tener una mirada más amplia de la economía. Ya no había intermediario, ni patrón, éramos nosotros”.

Además, refiere que los cultivos andinos no solo son importantes por sus nutrientes, sino porque son parte de su vida y de su “ser cotidiano”. Por sus saberes ancestrales, la Comunidad fue parte de la postulación de la Quebrada de Humahuaca como Patrimonio de la Humanidad a la UNESCO, un hito que aumentó la comercialización de estos cultivos mucho más.

Quebrada de Humahuaca, a la altura de Tilcara, camino a la Garganta del Diablo. Foto: Paula Colavitto.

En torno a ese crecimiento, productores y productoras comenzaron a organizarse en cooperativas, mesas y otros colectivos. Por ejemplo, Néstor es integrante de la Mesa de cultivos andinos en Jujuy. “Nosotros nos reunimos, siempre estamos reunidos, generalmente por WhatsApp, porque ha visto el tema de la pandemia”, cuenta y agrega: “Mucho viajar, ir a ver los productores, animarlos a que produzcan más, conseguir los proyectos». Estos últimos son financiamientos nacionales o internacionales que logran en colectivo para mejorar sus producciones.

Cultivos de estación. Foto: Cortesía de Celestina Ábalos.

Aunque parezca increíble, Néstor menciona la pandemia una sola vez, al referirse al WhatsApp. Pareciera que en la comunidad el Covid-19 no cambió tanto el mundo, ni siquiera en el compartir del mate, que no es habitual. Celestina lo identifica como “un momento de reflexión para ver cómo salir adelante”, donde se aprovechó para mejorar las parcelas de cultivo, hacer trueque, revisar la relación con la vecindad. “Pero no afectó tanto económicamente porque siempre sembramos. Entonces teníamos para abastecernos. Incluso se continuó vendiendo en la feria, protocolos mediante”, sostiene.

Se refiere a la feria de Tumbaya, donde productores locales venden e intercambian sus cultivos. A pocos kilómetros al norte, en la localidad de Maimará, un gran camión blanco estacionado frente a la Ruta 9 con las letras de “CAUQUEVA” impresas en negro, señala el lugar donde se realiza otra gran feria de la región. El nombre resume “Cooperativa Agropecuaria y Artesanal Unión Quebrada y Valles”, un espacio que acuerpa a más de 200 integrantes y produce alimentos a base de maíz y papa andina. Entre sus primeros socios, se encuentra Néstor.

Ruta 9, Quebrada de Humahuaca. Foto: Paula Colavitto.

Al llegar al espacio, se pueden observar tres grandes construcciones: la tienda, con productos de esta y otras cooperativas del país, la planta productora y el museo de cultivos andinos. En la galería que precede a la tienda, Javier Rodríguez, ingeniero agrónomo de la cooperativa, recibe con chizitos producidos con maíz de la zona y la más valorada cerveza del norte argentino: la Salta Negra.

Tras un sorbo corto, Javier cuenta que en la organización se articula directamente con quienes trabajan la tierra para brindar capacitaciones, facilitar canales de comercialización y, sobre todo, lograr pertenencia. «Aquí el poder político es muy autoritario. Para las personas que forman parte de la cooperativa, no solo se juega lo económico, hay mucho vinculado a la autoestima, a poder pararte con dignidad y formar parte de un proyecto», describe.

El trabajo en esta cooperativa y en otras está encarado desde el intercambio de saberes, según explica Javier: «Son realidades tan distintas que no tenés nada para decir, y todo para escuchar. Siempre en los talleres que hacemos arranca hablando el productor o productora, nunca el técnico». Esta decisión marca una prioridad en la circulación de la palabra.

Capacitación de CAUQUEVA. Foto: cortesía CAUQUEVA

En una anécdota que recupera el ingeniero, se deja bien claro: «Una vez, cuando fuimos con técnicos y productores de la cooperativa a visitar unos cultivos atacados por gusanos, una niña de 15 años preguntó si podía mostrar lo que hacían en su comunidad. Ahí fue que con un cabello largo y negro que tomó de su cabeza, ató un gusano y lo dejó colgando de una ramita; esparció cenizas y lanzó unos rezos al aire. Al poco tiempo, volvimos al cultivo y ya no había más gusanos». Javier sonríe con la picardía de quien se ha graduado en la Universidad y cree en algo que no tiene un sentido científico. No sólo lo cree, sino que lo ha visto.

Esta técnica forma parte de muchas otras que practican las comunidades de generación en generación. La principal, cuenta Néstor en su chacra de Tumbaya Grande, es la ceremonia de la Pachamama. En agosto, se le da de comer y de beber a la tierra, como agradecimiento por todo lo que ella les da. 

“Si no fuera por la tierra, nosotros no podríamos sembrar. Primero es el homenaje, después la arada y la siembra”, cuenta el productor. La siembra se hace en una minga, es decir, una jornada de trabajo voluntario en la comunidad, donde también se realiza la ceremonia de la Chaya: ahí se rocía bebida a la semilla. “Según los abuelos, esa semilla, al echarle chicha y toda clase de bebida, la cubre una capa que la protege de los insectos”, agrega.

Porotos del cultivo de Néstor Vilca. Foto: Mateo Missio

En la línea de esta misma ancestralidad y, a la par de muchas otras corrientes en América Latina, las comunidades agrícolas de la zona caminan hacia la meta de la agroecología. Néstor señala que, en cinco años, se espera reemplazar todos los agroquímicos. ¿Por qué esta decisión? No sólo porque así cultivaban “los abuelos”, sino porque son muy caros y no solucionan sus problemas: “Nos estaba perjudicando la salud y, aparte, estábamos produciendo mal cultivo. Pero lo más importante es que al suelo, lo estábamos matando. El suelo es como nosotros, ha visto, tiene vida. Cada año, daba menos producto y había que echar más químico”.

“Saber viene de sabor. Por eso, comer no es sólo ingerir alimentos; comer es ser”, escribe el poeta jujeño Alejandro Carrizo en su texto “El sabor del ser”. En este punto, las experiencias de Tumbaya dan cuenta de la importancia de la producción de la comida en la identidad y el desarrollo de los pueblos. Y en ese maíz, abrigado en chala y cocinado en caldo, en una humita comprada en la ruta que humea de tradición, viven las voces que quiso callar el genocidio, pero no pudo, porque son las comunidades las que les invocan con memoria, que es tan agria como el sabor de la coca, pero así también despierta.

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