Connect with us

Género

La sonrisa de Justina, trabajadora doméstica migrante

Published

on

Por Macarena Romero

A Justina la conocí en la Asociación Civil de DDHH de Mujeres Migrantes y Refugiadas en Argentina AMUMRA, en plena pandemia. Hace meses que no nos vemos. Su beba acaba de cumplir un año y es tan hermosa como su nombre: Ámbar. Antes de entrevistarla, una vecina aparece en la puerta con una botella de cerveza helada. Justina me da el mejor vaso que tiene, es de whisky, está tallado, ella se sirve en uno chiquitito y de plástico. Siempre va a estar atenta a que mi vaso esté lleno. 

Justina pega carcajadas, tiene una risa llena de pájaros y flores. Cuando Justina se ríe, Ámbar la imita, como un acto reflejo de un cordón umbilical fantasma. Llegó a Buenos Aires desde Lima, Perú, en 2009. Vino en avión, con la idea de tomarse un mes para desconectar, un mes de vacaciones que se transformó en doce años, un marido y dos hijas. Justina fue una novia fugitiva. En Lima y con 29 años vivía con un hombre que tenía dos autos y era dueño de una funeraria. Tenían planes de casarse. Ella trabajaba para él. No tenía un sueldo, él manejaba todas las cuentas y la plata en común, “todo lo que juntábamos”, dice, “nunca me lo daba”. “Llegaba al extremo de ir a escondidas y darle a mi madre algo, ¿viste?”.

“Una navidad estaba re sacada yo porque estábamos en una galería y yo estaba queriendo comprar un par de zapatos y no podía usar mi plata porque el chabón me decía que tengo una banda de zapatos”, cuenta.  En ese momento, se dió cuenta de que dependía enteramente de él. Se buscó un empleo diurno. Trabajaba doce horas por día.  Otro día, charlando con una clienta, le contó la situación por la que estaba pasando. Ella le ofreció venir a Buenos Aires y quedarse en la casa de su hermana. Justina aceptó, pensó el viaje como unas vacaciones para despejarse. Pero se enamoró, y decidió quedarse. Cuando habla de amor, Justina pega una carcajada que rebota por todo el monoambiente y Ámbar se ríe con ella. 

Se vino con lo puesto y un bolso de mano, porque su clienta le llenó dos valijas con productos de Perú y regalos para la familia. No podía negarse. Dice que hoy entiende que se extraña lo suyo, un panettone en navidad, una Inca Kola (gaseosa de Perú).  Al año quiso venir su hermano a visitarla: “Yo no lo dejé, porque él se llevaba mal con el papá de mi hija. Estuve alejada por eso de toda mi familia. Mi mamá me dijo: moriste para mí, porque dejé una buena vida allá y me metí con éste, mi marido. Y cuando se enteraron que estaba embarazada, peor”. 

Justina no da muchos detalles, pero dice que la primera vez que su marido le pegó estaba embarazada de su primera hija. Ella le clavó un tenedor en el brazo, todavía tiene la marca. Cuando se lo contó a su mamá, ella se tomó un vuelo, vino a verla y se quedó tres meses, quiso convencerla de volver a Perú. “Pero no me fui, por orgullosa que siempre he sido”, dice. 

También cuenta que tuvo problemas fuertes con sus cuñados, que le quisieron pegar. La acorralaron en un pasillo un sábado que llevó a su hija a la casa de su suegra porque ella tenía que trabajar. Justina no sabía que en la casa familiar estaba la amante de su marido. Uno de los hermanos le dio una cachetada. Yo odio que me golpeen. Es como que se me meten los diablos azules. Y justo estaba con medias porque hacía fresco, me saqué una media, le metí una piedra, tipo honda, y me defendí de todos”. Los ‘diablos azules’

El primer año en Buenos Aires estuvo sin trabajo, la hermana de su clienta, que la hospedaba, le dijo que así iba a terminar por gastarse todos los ahorros. Que se ponga a trabajar. A través de una agencia, encontró un empleo como trabajadora de casa particular. Justina nunca había lavado un plato. Cuenta que la primera vez que limpió un inodoro se puso a llorar: “La señora me abrazaba y me contenía, porque le conté más o menos mi historia”.  “Dejé una oficina por esto”, dice Justina, “pasé de los féretros a los inodoros”, y se ríe. Dice que la señora le enseñó mucho: cómo alistar la ropa, cómo plantarse cuando no te quieren pagar, “me iba preparando”. 

El trabajo del hogar se rige por la Ley 26.844 del Régimen Especial de Contrato de Trabajo para el Personal de Casas Particulares. Fue sancionada en el 2013, y establece el pago en forma mensual con recibo de sueldo, aportes de obra social, cobertura de ART, licencias por maternidad, enfermedad, matrimonio, fallecimiento de un familiar, días de estudio, períodos de prueba, preaviso de despido, aguinaldo, indemnización y vacaciones. 

Dejó ese trabajo porque la señora quería que siguiera con cama adentro y ella estaba a punto de tener a su primera hija. La normativa prohíbe expresamente el trabajo del personal durante los 45 días corridos antes del parto y los 45 días posteriores. Pero Justina no lo sabía, y no estaba registrada.  Aún se encuentran de vez en cuando con la señora y su marido, les tiene mucho cariño. Cuando no tuvo dónde vivir, y alquilaba una pieza, les dejó a ellos sus ahorros para que se los cuiden.  Justina me muestra una foto en el celular, es una foto de una foto. Hay un portarretratos donde sonríe una nena rubia con un vestido blanco espumoso de comunión. “Este vestido usó mi hija. Es de la hija de mi patrona, es de España el vestido”. No encuentra la foto de su hija usándolo. 

A la Asociación Civil de DDHH de Mujeres Migrantes y Refugiadas en Argentina (AMUMRA), Justina llegó de casualidad. “Y yo decía: ¡cómo no conocí a AMUMRA antes! Yo me había caído en un trabajo, me golpeé la columna, y la señora no me quería dejar salir. Me dió una pastilla y me dijo: échate a dormir. Y hasta ahora me duele, pero nunca le hice juicio porque pasó mucho tiempo”. Se tuvo que escapar para ir al hospital. Justina había conseguido ese trabajo a través de la agencia de una compatriota, por eso se sentía cuidada. Fue a quejarse y ya habían asignado a su reemplazo, sin avisarle. Tampoco estaba registrada en este empleo, por eso no tenía cobertura por riesgos del trabajo ni licencia. 

Después llegó la pandemia que modificó el eje gravitacional de la tierra, y la cuarentena. 

Apenas se vislumbraba el inminente cierre Justina perdió un trabajo en el que estuvo ocho años. No estaba registrada. Su empleador se justificó diciendo que se mudaba, pero ella le preguntó al portero del edificio, era mentira. Mientras lo cuenta también dice que lo quería al chico, que siempre le pagaba muy bien, y que, por eso, la tomó por sorpresa que le dijera que se iba mudar cuando no era cierto. 

Justina preguntó en AMUMRA cómo reclamar la indemnización, pero su marido no estuvo de acuerdo: “¿cómo le vas a hacer eso al chico?”, ella no insistió. El empleador le pidió una carta de renuncia, aunque no estaba registrada. Ella se dió cuenta de que era para no pagarle el monto que le correspondía por despido. 

“Desde que conocí a AMUMRA llegué a entender miles de cosas. Que una siempre tiene que estar asesorada, actualizada, porque la gente te trata como una negra de mierda, una ignorante, no podes ni hablar, ni pedir, ni decirle lo que vos pensas, porque eres una más que viene a limpiar”. Las condiciones de trabajo son muchas veces insalubres, con jornadas que exceden las ocho horas diarias estipuladas por la ley, utilización de sustancias de riesgo para la limpieza, como el amoníaco, sin contar con la ropa y elementos de trabajo adecuados, que deben ser provistos las personas empleadoras. Justina dice que en muchos trabajos “no te dan ni algo para comer en todo el día”. La normativa estipula la provisión de alimentación sana dentro del horario laboral. 

La cuarentena la encontró trabajando en un barrio cerrado. El día que se declaró el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) Justina había ido a trabajar con su hija, porque no consiguió a nadie que pudiera cuidarla. Su empleadora le ofreció quedarse, y ella aceptó, estaba con lo puesto. La señora le dió una valija llena de ropa para ella y para su hija. “Gracias a dios que me quedé ahí porque sino me hubiera cagado de hambre”. “Eso no lo conté en AMUMRA, porque no debería haber trabajado, lo sé, pero yo necesitaba mandarle plata a mi mamá”. 

Al mes se enteró por un llamado telefónico de que habían matado a su hermano en Perú, él trabajaba para Prosegur, y en un robo le dieron un balazo por la espalda. Tenía 27 años. A los cinco meses se dio cuenta de que estaba embarazada de su segunda hija. Pensaba que estaba mal del hígado. Pasó los primeros ocho meses de embarazo trabajando y sin hacerse ningún control prenatal. “Si salía del country no iba a poder volver a entrar”, dice. Nunca se tomó la licencia por maternidad que le correspondía.  Cuando decidió volver a su casa se contagió de COVID, embarazada. Fue a la obra social de las trabajadoras de casa particular (OSPACP) y estaba cerrada. “¿Qué carajo de obra social te descuentan y no tienes atención?, ¿y tenes que ir a un hospital?”, se pregunta.

Hoy prefiere trabajar sin estar registrada “Yo digo que es un blanqueo mentira, es todo una forreada, cuando necesitas usar la obra social no existe. Y ahí es donde te vas dando cuenta, que seguimos siendo las mismas negras de antes”, Justina se ríe.

Recién recuperada del COVID, y con secuelas de hipertensión luego del parto de su segunda hija, que en ese entonces tenía 15 días, volvió a trabajar porque su marido había perdido el empleo durante la ASPO: murió su jefe y no le pagaron la indemnización. Justina no pudo tomarse los 45 días de licencia posteriores al parto que estipula la ley, necesitaba trabajar para tener un ingreso porque le negaron el subsidio de 10.000 pesos del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), aún teniendo DNI y más de dos años de residencia permanente en el país, requisitos reglamentarios para el acceso. Justina no fue una excepción. 

Según la encuesta a Trabajadoras/es de Casas Particulares y su situación laboral en el contexto de aislamiento por la pandemia de COVID-19 en Argentina, realizada entre el 13 de abril y el 19 de mayo de 2020 por el Centro de Estudios e Investigaciones Laborales (CEIL-CONICET) y el Programa de Salud, Subjetividad y Trabajo de la Universidad de Lanús (UNLa), solo un 18% de las trabajadoras de casa particular logró acceder al IFE.

En su primer día de trabajo chocó el colectivo donde viajaba. La empresa de la línea llevó a todas las personas al hospital. Dice que le dieron una crema pero que ella estaba más apurada por trabajar y hacer algo de plata. Se fue directo a la casa de su empleadora. Todavía le duele el brazo, pero nunca más se hizo un control. La cobertura por riesgos del trabajo incluida en la normativa contempla la cobertura de accidentes no solo en el lugar de trabajo, sino también durante los traslados, pero, otra vez, Justina no estaba registrada. 

No se hizo ningún estudio porque no tiene tiempo, dice, pierde trabajo, pierde plata. Se ríe. Justina nunca pierde la sonrisa.

Bio de la autora: Lic. en Ciencia Política (UBA), Prof. en Enseñanza Media y Superior de la Carrera de Ciencia Política (UBA), Diplomada en Antropología Social y Política (FLACSO Argentina), Diploma Superior en Migraciones, Movilidades e Interculturalidad (FLACSO Argentina), Certificación de posgrado en Comunicación, Géneros y Sexualidades (UBA), Investigadora de RITHAL (Red de Investigación del Trabajo del Hogar en América Latina).

No te pierdas «Mujeres migrantes cosen respuestas comunitarias en pandemia» , otra investigación de «Resistencias Migrantes»

Este contenido es parte de una cobertura colaborativa entre cinco medios —Distintas Latitudes (México), Morras explican cosas (México), La Antígona (Perú), La Andariega (Ecuador) y Revista Colibrí (Argentina)— de la Coalición LATAM, una iniciativa para impulsar el crecimiento de nuevos medios fundados por jóvenes periodistas. Este reportaje fue posible gracias al Fondo de Respuesta Rápida de Chicas Poderosas e Internews.

www.revistacolibri.com.ar

Trending