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La tierra para quien la sueña

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Por Federico Barreña

Con un movimiento ágil sacude el mantel. Las migas de pan vuelan con fuerza acomodándose entre las bolsas de alimento. Los pollitos corren entre nuestras patas y se ganan el desayuno. Me acomodo de un lado de la mesa circular de plástico y me llega el primer mate dulce. Es media mañana. Agustina recién se levanta del tercer intento de sueño. Su rutina de campo cambió. Los gallos cantan a deshora y las noches bajo las estrellas se le hacen eternas. El cuerpo se le ve cansado, adormecido; sueña de a ratos que esta pesadilla se diluye en el cielo colorido de cada visitante. La cabeza no para de pensar, se enrieda en los supuestos.

Me hundo en la silla blanca de plástico, ambos miramos atentos por la puerta como esperando que llegue alguien o algo, mi cuerpo se relaja y pienso, cuánta azúcar. Se escucha un ruido fuerte en el gallinero, el cerdo intenta derribar una chapa, para saborear los excrementos de las aves. Ella se para y sale rezongando. El monte está vivo, en movimiento y regala sus aromas a quien lo contempla. Apenas despierta el día, los animales la buscan. Formando coros agudos hacen sus llamados para alimentarse, mientras ella intenta descansar para vivir.

Mi mano aprieta un pedazo de pan, el mate sigue girando; los palos de la yerba flotan, yo también entro en sueño. Agustina rebota la yema de sus dedos contra la mesa, marcando un ritmo. Con la mano izquierda sostiene su rostro que apunta al horizonte. Silencio. Recuerdo cómo llegué aquí. La voz del locutor de radio local anunciaba un nuevo desalojo. De un lado, el sueño vital desprotegido. Del otro, los hambrientos sueños de la ambición. Ambos se refriegan en una sutil conversación bélica por todos los medios del Estado.

Una semana después, mientras íbamos a la despensa a comprar unas milanesas, me preguntó: “¿te gusta caminar conmigo?”.

El ritmo de sus dedos se detiene y el canto de los pájaros vuelve a ser protagonista. Agustina corre el repasador con fresas rojas estampadas y me convida una vuelta más de pan. Sacude la pava naranja y sirve las últimas gotas de agua tibia sin chorrear.

De fondo un cartel grita “la tierra para quien la sueña”. Me pasa el último mate con sonrisa apagada, como quien entrega el alma.

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Agustina Tolosa vive en el corredor de las sierras chicas en el pueblo de Salsipuedes. Provincia de Córdoba, Argentina. A sus 70 años trabaja en el campo criando animales y sembrando su alimento. Vinculada a su entorno, cuida del monte.

Luego de dos procesos judiciales iniciados por la familia Cardoso, la justicia expidió en el año 2021 una sentencia firme de desalojo. Estas tierras le fueron cedidas hace 20 años por un intendente local en el marco del programa municipal (Tierras Para el Futuro). Desde entonces paga los impuestos; construyó su casa y su vida.

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