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Género

LITERATURA | Muy nuestras

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Por Leandro Dlugokinski 

Cuando conocí a Petra supe que ese momento sería un antes y un después, ¿sabés? Antes de ella mi vida era una cosa blanca y gris; ella era puro color, casi de neón. Era una chica libre de esos clichés de “chica buena” o “chica mala”. Petra te decía: “¿Y a mí qué me importa eso?” y hacia la suya. 

La conocí en cuarto año de la secundaria, cuando se cambió a mitad del primer trimestre de un colegio católico que tenía monjas como preceptoras. A mí me tocaba ponerla al día con las clases.

Yo tenía un grupo de amigas del cual me sentía cada vez menos parte, cosas que pasan cuando vas creciendo supongo. Veníamos de buenas familias, habíamos hecho hockey juntas en la primaria, nuestros viejos eran amigos de toda la vida y se suponía que nosotras también debíamos serlo. Pero ellas me aburrían; el tiempo que pasamos juntas yo hacía una perfo para encajar.

  Petra era una bocanada de humo con aroma a especias y vainilla, dulce y amaderada. 

Nos unió nuestro amor por las motos y los videos de stunts callejeros. Yo tenía una Honda usada y ella una Kawasaki alterada a su gusto, con un chasis verde esmeralda. Al poco tiempo estábamos tirando cortes a la hora de la siesta, con las llantas barriendo el empedrado de nuestros barrios. Ella me contó que en su colegio anterior la habían invitado a irse después de cobrarse los malos tratos de un profesor.

Armamos un mapita con los mejores lugares para tirar cortes, con cada punto que marcamos también encontramos similitudes entre nosotras: hijas de padres separados, últimas en nacer así que nadie nos estaba prestando mucha atención, ninguna de las dos tenía en claro que se esperaba de nosotras además de notas decentes en la escuela. 

Con Petra vinieron Yuri, con su pelo negro de puntas coloreadas, y Alma, con su cadenita de flores bien apretada al cuello y su cabello lacio de raya al medio. Andábamos de noche a toda velocidad, con las manos apretadas a los manubrios, sintiendo la torsión delantera en las curvas. En esos momentos, con la luna bajando por nuestras espaldas y el viento en los cachetes, en formación de V, como un ave de rapiña que se comía la noche, nos sentíamos muy nuestras.

Las cuatro estábamos de acuerdo en que lo mejor de subirse a  una moto eran esos dos o tres segundos en los que derrapar se volvía una realidad, pero al instante volvíamos al control. Esa sensación de tener los dedos de los pies clavados al borde de la nada y luego firmes en tierra segura, nos tranquilizaba.

Empezamos una cuenta de Tik-Tok, Club Motomami, y subimos videos de nuestros trucos por la ciudad, improvisamos piruetas con palets de madera y cilindros de hormigón en construcciones a medio hacer. Nos volvimos una sensación, cada una con un casco vistoso, el mío de rosa bebé con mi nombre, Cora, envuelto en un corazón incrustado de piedras rojas. 

El verano antes del último año recorrimos la provincia, parando en hostels baratos, pasando por los picos de las sierras. Por las noches hacíamos shots de vodka tan barato que bien servía para quitar sarro. 

Volvimos de esas vacaciones hechas hermanas de ruta. Ellas me hicieron creer que el mundo era una nuez esperando que la partiera en diez. No solo eso, me atajaron cuando corté con Fabricio después de enterarme que me había metido cuernos con todas las chicas de quinto en el Sagrado Corazón. El muy forro empezó a decir que yo estaba loca, una desequilibrada mental muy demandante con él. Yo quedé rota, y las chicas juntaron los pedazos. 

Petra fue tajante:

—Cora: las pijas no se lloran, se cortan.

Y así armamos nuestro stunt de venganza. 

Lo agarramos a Fabricio a la salida de su entrenamiento de rugby, lo rodeamos con las motos, dando círculos como cuervos, pero el hijo de puta se escapó y lo perseguimos por las calles de tierra hasta agarrarlo en un descampado. Nuestros motores rugían, él cayó de culo y se arrastró con sus codos sobre la tierra seca. Yo me bajé, caminé dos pasos y apunté una pistola a su frente. Dejé que el miedo le llenara los ojos de lágrimas. Apreté el gatillo y un chorro de agua presurizada salió disparado hasta empaparle toda la cara.

—Seguí hablando de mí y la próxima vez comes plomo, ¿okey? 

Fabricio no abrió su boca de nuevo, pero el vídeo que filmamos se hizo viral A Petra y a mí nos llamaron a dirección,no pudieron clavarnos amonestaciones porque no llevábamos puesto el uniforme de la escuela.  Así nos convertimos en las cuatro desequilibradas mentales del pueblo.

Al poco tiempo nos cayó la última ficha, en esa ciudad chica solo teníamos dos opciones: terminar frustradas con el título de “niñas perdidas”, “adolescentes que no maduraron”; o bien podíamos buscarnos a otro Fabricio, a otro Danilo, a otro Juan Cruz, casarnos con vidas blancas y grises.

Teníamos que ser más que eso, o menos tal vez. Estábamos decididas. 

Una semana después de recibirnos nos encontramos a las dos de la madrugada en la estación de servicio al costado de la ruta. Miramos a nuestro alrededor, nos despedimos en silencio, montamos nuestras motos, pateamos los laterales y salimos al asfalto. Yuri, Alma y Petra a mi lado, juntas por la noche. 

 

Leandro Dlugokinski nació en Posadas, Misiones, en 1997. A los 18 años se mudó a La Plata a estudiar Periodismo y Comunicación Social. De chico supo que ser gay le traería muchos problemas, pero también muchas alegrías. Se interesó por la literatura porque, según él, podía leer y escribir casi en cualquier lado. Actualmente reside en CABA.

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