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Género

Literatura | «Pulgarcitos»

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Por Ana Gabriela Iriarte  Ilustración por Alana Rodriguez

Nos hicimos evangélicos el verano más caluroso del Chaco en años, la media a la siesta en Pampa rondaba los 47 grados a la sombra. Del monte habían bajado unos mosquitos enormes, magníficos como bestias, gordos como el pulgar de un pie, que con cada picadura nos arrancaban pedacitos de la piel. Hasta entonces habíamos pensado que no había nada peor que los alacranes, que ya se habían ido de las casas dejándonos la costumbre sana de revisar siempre dentro de los calzados por las mañanas, antes de meter los pies. Para mí lo peor igual siempre fueron los cortes programados: ser puto en el interior del interior, sin cable o Internet, es la soledad más definitiva. Los diarios solo hablaban de los mosquitos, a los que en algún momento empezaron a llamar “pulgarcitos”, y aprendimos que por las noches teníamos que dormir con las ventanas cerradas para que no entraran mientras el calor sofocante se adueñaba de las casas, y el piso era el único lugar fresco para dormir un rato, escuchándolos embestir contra el vidrio una y otra vez. Algunos alquilaban pieza en algún motel de la ruta a Sáenz Peña para pasar la noche descansando, pero la mayoría sin plata dormía poco y mal esos días, por lo que el pueblo amanecía insomne y malhumorado, moviéndose a las ocupaciones diarias con la torpeza del que camina en sueños. El templo de los evangélicos era el único edificio de Pampa del Infierno con aire acondicionado y generador propio, así que ese verano fueron varias las familias que encontraron refugio en la fe. La falta de sueño y el embotamiento por el calor nos hicieron más creyentes todavía. Al único que no le cayó tan bien esta nueva religiosidad popular fue al padre Antonio, que persiguió al pastor Mario por las calles durante días acusándolo de hereje y de haber hecho caer sobre Pampa la cuarta plaga de Egipto. Una plaga había, hasta ahí reconoció el pastor, pero la habían atraído los supersticiosos, las putas y los invertidos. El pastor Mario repetía esto todas las semanas en el templo y mamá se conmovió tanto que prometió tirar todas las estampitas de San Cayetano, del Gauchito, de la Virgen Desatanudos y de la Gilda que había en la casa. Un tiempo después las encontré, húmedas y escondidas, en una caja de zapatos en el fondo del modular. Capaz tanto Nuestro Señor no se anda fijando, y al final mamá siempre necesitó más los favores en la tierra que el cielo después de muerta. La familia de mi primera novia, la Cony, también se había hecho fiel ese verano, y fue el mismo verano que la Cony y yo terminamos, o mejor dicho, que su familia terminó conmigo. Los 15 de la Cony habían sido un par de meses antes, una fiesta divina para ser fiesta del pueblo, y una siesta mientras la Cony se bañaba fui a su pieza, saqué el vestido del armario y me lo probé. Tenía unas flores de tela con muchos volados en el busto porque la Cony era chata adelante, y a mí me fascinaban. Los dos éramos bastante parecidos, flacos altos de caderas estrechas y buen culo, así que me quedó pintado. Estaba buscando los tacos debajo de la cama cuando entró la mamá de mi novia, doña Roxy, ay mijo, usté no cambia más dijo, y me prohibió la entrada a la casa. Usted no entiende doña Roxy, las mujeres tienen suerte porque pueden usar mucha ropa distinta, nosotros solo tenemos pantalones y camisas, fue lo último que le dije a la que había sido mi suegra. Yo creo que después se habrá arrepentido, porque el siguiente novio de la Cony, cuando se enteró que le ponía los cuernos con el amigo, le dio una trompada a la pobre que le bajó dos dientes y le partió una muela, con lo lindo que sonreía esa guainita, y a mí nunca me habían molestado esas cosas de ella. El amor que tuvo después, un paraguayo comprador, la dejó embarazada y se borró una madrugada haciendo dedo en la ruta. Doña Roxy se murió hace un año, así que volví a tomar teres en lo de la Cony, le cuento del profesorado y ella me dice siempre que yo fui su mejor novio. Para cuando terminamos con la Cony, los pulgarcitos eran lo único de lo que se hablaba en Pampa: que a la noche atacaban a las vacas en bandadas y las dejaban todas chupadas y flacas, que había salido un repelente con aceite de oliva pero era muy caro, que a un bebé de los ranchos de la ruta se lo habían comido de a pedacitos, durante varias noches, hasta que sólo quedó un poco de pelito entre las sábanas revueltas. Que la Secretaría de Salud se estaba ocupando y pronto nos iban a evacuar a todos a Sáenz Peña. Hasta se llegó a decir que sólo los frenaba el agua bendita, y para desgracia del padre Antonio, la iglesia fue saqueada una noche de febrero. Siempre pensé que al rumor lo había iniciado el pastor Mario. Uno de esos días de finales del verano el pastor me llevó aparte para charlar por una preocupación que le había traído doña Roxy. Que si yo era un invertido fue la pregunta. Que si yo soñaba con morir de sida a los treinta, o si en el mejor de los casos quería llegar a viejo solo y amargado, sin hijos ni pareja estable que me acompañara. Le pregunté si me estaba dando a elegir porque antes que viejo en Pampa prefería el sida, aunque estaba seguro que los mosquitos no nos iban a dejar solos. Que mi sueño de verdad era ser la reina del algodón no se lo dije nunca, para qué. Que yo tenía que saber que me estaba condenando por mis pecados me dijo también, y me mandó a casa sin el perdón de Nuestro Señor, que ya era más suyo que mío. El verano siguiente nos preparamos mejor. En diciembre los jóvenes salimos por primera vez a cazar los pulgarcitos por el monte antes de que se les ocurriera bajar. Íbamos en grupos, algunos con escopetas de aire comprimido, pero la mayoría llevábamos unas redes de malla metálica bien finita que nos preparaban las mujeres los sábados en el templo. También empezamos a fabricar unos repelentes caseros con sólo dos cucharadas de aceite de oliva, y aún así el olor a aceitunas se te quedaba pegado a la piel y entre los dedos hasta después del segundo baño. El Hernán me pasaba a buscar en la camioneta para ir al monte los domingos. A veces volvíamos con picaduras violentas por toda la espalda, los muslos y la entrepierna, pero como el Hernán había sido profe mío de historia, mamá decidió preguntar poco y rezar mucho. Los pulgarcitos no hacían diferencias entre santos y pecadores. Con el correr de las semanas, aprendimos también que lo mejor era buscar los nidos escondidos entre las hojas y quemarlos. Cuando nos parábamos alrededor de esas fogatas, viendo arder los cientos de huevos de nuestros enemigos, con el humo picándonos los ojos, algo como un misterio se encendía entre nosotros, algo como de misa, de religión, y de comunión cristiana que muy pocas veces había sentido dentro de alguna de las iglesias de Pampa del Infierno.

Ana Gabriela Iriarte nació en Chaco en 1990. Se recibió de profesora y licenciada en Comunicación Social en la Universidad de Buenos Aires. Obtuvo el segundo premio en el concurso de cuentos cortos APAIB (2018), fue finalista del Premio Municipal de Literatura Manuel Mujica Láinez (2019), y una de las ganadoras del concurso Yo te cuento Buenos Aires de la Legislatura de CABA (2020). Sus cuentos fueron editados en antologías. Actualmente es bienalista en la categoría Novela de la Bienal de Arte Joven 2021 – 2022.

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