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Género

¿Qué riesgos tiene la explotación de petróleo en el Mar Argentino?, ¿ya está sucediendo?

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Por Bruno Colavitto*

El 30 de diciembre de 2021, el Ministro de Ambiente, Juan Cabandié, aprobó la licencia ambiental para que la empresa Equinor comience a explorar hidrocarburos en el Mar Argentino. Ante eso, el movimiento ambientalista se puso en alerta y hubo movilizaciones en distintos puntos del país. En la nota anterior se repasaron los impactos que esta actividad tiene en su etapa exploratoria pero, ¿qué pasa si el proyecto avanza?

Un proyecto extremo

Quiénes defienden el proyecto señalan que no es una actividad nueva para Argentina. Eso es cierto, pero sólo parcialmente. Sí, en el mar de Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego se explotan hidrocarburos costa afuera (offshore) hace varias décadas. Pero las profundidades a las que se lo hace (menos de 100 m) son mucho menores que las planificadas para el Mar Argentino Norte (de 200 a 4.000 m). En este caso, los yacimientos potenciales de hidrocarburos se conocen como de aguas profundas a ultra-profundas y, por esto, su explotación es, en sí misma, una actividad “de frontera”, extrema. Esta idea de energía extrema tiene consecuencias sociales, económicas, ambientales y técnicas. La profundidad del agua complejiza las maniobras y aumenta los riesgos al estar expuestas a corrientes marinas profundas, cambios de temperatura y química del agua, fugas de gas y sobrepresiones, deslizamientos submarinos, entre otros. En un escenario así, los accidentes son imposibles de evitar, y pueden derivar de errores técnicos (como el enorme derrame en la plataforma Deepwater Horizon en 2010 en el Golfo de México) como de procesos naturales.

Derrame en 2007 en Caleta Córdova (Foto: Diario Crónica)

Pese a que el Gobierno sostenga que esta actividad “no ha generado ningún problema ambiental”, incluso en cuencas menos complejas, como la del Golfo San Jorge o la Austral, hubieron derrames. Es cuestión de hacer memoria (ya que no hay registro estadístico) para conocer las consecuencias que tuvieron en el sur del país, ya sea los que tocaron la costa como los que no. En los ‘80 en Chubut «morían 40 mil pingüinos al año por derrames de petróleo”, destacó en una reciente conversación el fundador de Global Penguin Society, Dr. Pablo Borboroglu. Más recientemente, a fines de 2020, concluía un proceso judicial que irónicamente absolvió a todos los imputados por un derrame de 2007 en Caleta Córdova, Chubut, que tiñó de negro la Navidad de este pequeño pueblo pesquero. Entonces, ¿puede haber un derrame si este proyecto avanza? En el caso que se extraiga petróleo (puede extraerse gas, alternativamente), la respuesta es sí, el riesgo existe. Pese a que la extracción ocurriría a más de 300 km de la costa, la escala de la actividad implica un enorme movimiento de maquinarias y de transporte del crudo, que no hacen más que aumentar los riesgos. Y aún si éstos fueran bajos, las poblaciones de la Costa Atlántica están en todo su derecho de elegir no correrlos.  Además, estas actividades extremas tienen graves impactos sociales. Por más argumentos de incremento de empleo que se den, estos proyectos generan puestos de trabajo altamente dependientes de los vaivenes del mercado internacional con condiciones laborales cada vez más flexibilizadas. Y también producen una fuerte desintegración social en los lugares donde se instalan, aumentando las desigualdades económicas hasta culturales. 

Movilización en Capital Federal contra las petroleras. Foto: Paula Colavitto

Quiénes viven en Mar del Plata, ¿querrán ese destino para su ciudad? ¿Qué busca Kicillof cuando piensa en Buenos Aires como provincia petrolera? Con todo esto, están más que justificadas las alarmas, más aún cuando desde el Estado, sin distinguir colores, no se ha construido una cultura de información transparente, planificación a largo plazo, controles eficientes y sanciones adecuadas en lo que refiere a medio ambiente (¿probar con ministros idóneos alguna vez?).

Sumar voces para una transición energética equitativa y justa

Según el Acuerdo de París, para limitar el aumento de la temperatura promedio global a 1,5 ºC (el “menos peor” de los escenarios de cambio climático planteados por el IPCC) se deberían reducir las emisiones de dióxido de carbono al 45% para 2030. En esto Argentina no tiene igual responsabilidad que países como Estados Unidos o China, lo cual no significa que no deba actuar: en los últimos 4 años las renovables ganaron espacio pero la matriz energética del país es -todavía- fuertemente dependiente de los combustibles fósiles, particularmente del gas natural. Por ello, el impulso a la Ley de Inversión en Hidrocarburos para los próximos 20 años o permitir proyectos como éste del Mar Argentino Norte, limitan las posibilidades futuras de encarar la transición energética de forma equitativa y justa. Que la transición sea equitativa y justa significa descarbonizar repensando el acceso a la energía, y los costos ambientales de la transición. En ese sentido, Judith Franco, investigadora sobre energías no convencionales de la Universidad de Salta, en una conversación organizada por el Observatorio Petrolero Sur en 2021 señalaba que en Argentina “tenemos capacidad técnica y recursos humanos, [sólo] nos falta que nos reunamos como sociedad y pensemos la transición energética, no en el sentido de estos megaproyectos [refieriéndose a grandes proyectos de renovables] sino en las comunidades, en las cooperativas, y en tener que cambiar nuestro modo de vida para reducir el consumo energético”.

 

Mapa de las áreas licitadas en la Cuenca Argentina Norte. Gentileza: Greenpeace

Durante el 2021, una parte de la sociedad estuvo discutiendo la transición energética, en este caso, en torno a la exploración del Mar Argentino. Hubo una audiencia pública de 3 días y más de 300 oradores, presentaciones judiciales, debate en los medios, y movilizaciones en distintas localidades. Después de ese proceso, las descalificaciones de sectores vinculados al Gobierno o la firma del proyecto, entre gallos y medianoche, parecen intentar cerrar los debates amplios y públicos que se precisan para abandonar, en palabras de Maristella Svampa y Enrique Viale, la “cultura del petróleo”.

Foto: Paula Colavitto

Pero las luchas ambientales, como en Chubut o Mendoza, nos enseñan que por más difícil que sea es importante dar la pelea antes que los proyectos comiencen. Y que el camino son las asambleas, coordinaciones y movilizaciones, en los territorios y en las ciudades, confluyendo cada vez más con distintos espacios que aporten múltiples miradas a estos problemas: movimiento de derechos humanos, feminismos, sindicatos, universidades y otros. 

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*Bruno Colavitto es investigador del CONICET sobre riesgos naturales. Desde su profesión y su militancia intenta aportar un cambio de mirada en la relación que tienen los seres humanos con la naturaleza. 

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