Por Francisca Pérez Lence

Un niño se asoma para ver la televisión. Se nota que está espiando un programa que sus xadres, recostades frente a la pantalla, no le dejan ver. Parece tarde, el chico lleva sus pijamas pero algo lo retiene fuera de la cama. Está encandilado con las voces que salen estruendosas y musicales del televisor. “¿Desde cuándo te sientes mujer?”, pregunta la voz gruesa de Pepe Navarro (Israel Elejalde). “Yo me siento mujer desde que nací”, responde una lengua delicada y punzante. Es la voz de la Veneno (interpretada por Daniela Santiago, Jedet e Isabel Torres) que responde, contorneando la larga cabellera colorada. Un cartel de letras blancas a la derecha de la pantalla nos indica que estamos en Valencia, en el año 1996. El niño está hipnotizado por el susurro delicado y fuerte de Cristina. 

Así comienza Veneno, la serie televisiva dirigida por Los Javis, Javier Calvo y Javier Ambrossi. Al escuchar esa primera pregunta, podría parecernos que los ocho capítulos van a estar destinados solamente a explorar la conformación de la identidad de Cristina Ortiz Rodríguez. Pero Veneno no se conforma con la superficie, ni con una experiencia individual, y profundiza en todas las vicisitudes que implica la (auto)representación. Vicisitudes que oscilan entre la alegría de la existencia y los obstáculos impuestos por un entorno discriminador y violento. 

Al preguntarse por el cómo de las (re)presentaciones de vidas queers en la pantalla, Sara Ahmed nos invita a pensar que, en este mundo repleto de crueldades e injusticias, es muy difícil llevar a la pantalla personajes queers felices. Es decir que es complejo estar y, por ende, mostrar(nos) conformes o hasta despreocupades en este mundo que carga con la violencia y el empujón hacia los márgenes de las disidencias. Entonces, Ahmed nos propone el término felizmente queer, en contraposición a queer feliz, para caracterizar a todes aquelles que aún a pesar de sostienen y festejan sus identidades mutables, móviles y maleables. 

En este punto, encontramos algo de esta caracterización en el recorrido que hace la serie por la vida de Joselito en Adra. La escena de José con Manolo cortándole y cosiéndole el habíto para que se transforme en un vestido fresco nos dan un buen ejemplo de lo felizmente queer. La cámara detallando esa vida de pequeñas comunidades entre aquelles que son expulsades del entorno familiar. La delicadeza con la cual Manolico le arregla el vestido a su amigo, el primer plano de su rostro cuando lo ve entrar a la iglesia, Joselito posando con una cámara que lo acompaña y celebra, todos detalles que posibilitan huecos para que sus vidas sean más amenas, más llevaderas, más vivibles. Y es esa misma cámara la que enfrenta con él los golpes de su madre, los insultos de sus vecinos, las golpizas de otros jóvenes. 

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Veneno es un paseo, es ir de un sitio a otro. Temporalmente, la serie viaja por la vida de la Veneno y resquebraja el carácter lineal del tiempo. Los capítulos van y vienen del año 1996 a 1964, de 2006 a 1973, se atraviesan los noventa año por año. También es un traslado espacial, de Valencia a Madrid, de Madrid regresamos a Valencia y de allí vamos a Adra. Hay un desorden que no es caótico y de este modo se hace explícito el carácter de relato. Porque todo lo que vemos y oímos es producto del relato construido apelando a la memoria de Cristina y, por momentos, de Paca (Francisca Araceli Cáceres, conocida como Paca La Piraña) que, como toda memoria, posee sus huecos, sus fantasías y anhelos, sus dubitaciones, exageraciones y faltas de certeza. Aquí hay un punto interesante de la serie que es, justamente, no proponerse como la mostración fidedigna de la vida completa de la Veneno, sino los destellos y fogonazos de lo que la propia Cristina quiso contar. El hablar como una forma de compartir y de crear una historia en común. A través de esta narración se cruzan, se chocan, se superponen la historia de la Veneno con la de Valeria Vegas (Lola Rodríguez). Por eso decíamos más arriba que no hay un tratamiento individual sino, por el contrario, un énfasis en los lazos comunitarios. 

Lo comunitario lo podemos encontrar en las vidas de Valeria y Cristina que se mezclan, se tocan en varios puntos. Tantos que, muchas veces, la pantalla se corta al medio para dejarnos observar lo que hacen tanto una como la otra. Donde Valeria se besa con un joven, la Veneno hace otro tanto con un hombre. Podemos pensar que la relación establecida entre sus existencias está puesta en evidencia para mostrar las transformaciones que fueron sucediéndose a lo largo del tiempo, las modificaciones en las posibilidades de vida que tuvo la Veneno en comparación a las que tiene Valeria. En este caso, la historia de crueldades y violencias no se repite. “Ella [ña Veneno] caminó para que nosotras podamos correr”, le dirá un librero a Valeria.

La Veneno acompaña a Valeria. La Paca le abre su casa a la Veneno. Cristina y La Paca le abren las puertas a Valeria. Ámparo le tiende la cama a Valeria. Cristina abraza a Tania, heredándole después su nombre y su esquina en el Parque del Oeste. Joselito y su hermana Tere encuentran pan y trabajo en la casa de les Romero. La serie circula permanentemente, tanto en los diálogos como en las imágenes, alrededor del tópico “el hogar”. En todos los capítulos hay referencias implícitas o explícitas a “las cuatro paredes” que a veces portan el carácter del encierro y otras, de la libertad. Pasamos de Joselito escapando con su hermana a la paella que cocina La Paca para sus amigas en el departamento, mientras escuchan a Cristina recordar y representar lo que sucedió, y a Valeria tomar nota. Nos encontramos con Joselito amasando fuerte la harina en la cocina del señor y la señora Romero. Hay aroma a campo y atardecer, la comida se siente en los dedos, saboreamos el gusto del vino en la mesa. Esas sensaciones cotidianas que se nos acercan, como un regalo o un pispeo a sus vidas, son las que nos comparten ciertas ideas de casa, de lugar-común, de un espacio al que regresar. 

Es difícil trazarle límites a la serie porque, al desenvolverse e inmiscuirse por el entramado de las vidas de sus protagonistas, va trazando un mapa extenso de vivencias, tristezas, encuentros, violencias, recorridos. Es complejo pretender circunscribirla. Intuyo (porque es eso, un acercamiento, una sospecha) que todos los acontecimientos están tejidos con el mismo hilo: la búsqueda de los amores. Porque Veneno cuando habla y muestra el hogar está hablando y mostrando el amor, la búsqueda constante (y turbulenta) de la Veneno que anhela y ensaya distintas paredes que la cobijen al tiempo que la potencien, que la resguarden, la cubran, la cuiden al tiempo que la acaricien. Los ocho capítulos que resquebrajan el tiempo en pos de uno personal, y por eso mismo no lineal, están atravesados, cosidos por la búsqueda del amor en distintos vínculos: las amigas, los hombres, les hermanes, les amigues, el padre, la madre. Veneno como un retrato de esa búsqueda que define la vida de Cristina, y la de todes les que fueron amades y amaron. Es decir, todes les que asumieron los riesgos. 

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