(bacn.com.ar)

Gaona y Boyacá.

Por Beto Kempo

Humedad, llovizna y frío… El primer verso del tangazo compuesto por Cacho Castaña es un calco de lo que han sido varios días de este invierno que ya se va…
La letra hace clara referencia a una típica esquina de Buenos Aires: Gaona y Boyacá. La nomenclatura indica que ese cruce de avenidas divide dos barrios: Villa General Mitre y Flores, aunque el autor del tango, siempre resaltó que la esquina correspondía a La Paternal. Por supuesto, es Villa Mitre, que todavía hoy es un barrio desconocido para muchos, pese a que oficialmente toda esa zona así se llama en los mapas de la Ciudad.

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EL PROGRESO QUE SE FUE…
Siempre me llamó la atención la letra de ese tango. Tiene  cierto misterio que -cuando lo escucho- transporta mi imaginación hacia el viejo boliche. Qué duda cabe de que me hubiera gustado conocerlo personalmente, de estar allí, de sentarme a tomar un café, de contemplar el ir y venir de los parrquianos y de recibir con alegría la compañía de ese gato abocado a destrozar con placer el cordón de los zapatos.
Lamentablemente, es imposible. El bar, que no se llamaba La Humedad sino El Progreso, dejó de existir en la década del 70. Cacho le dio ese nombre porque llovía más adentro que afuera, tanto que el paño de la mesa de billar siempre estaba húmedo, recordó en más de una oportunidad.
También se supo que sus dueños eran gallegos, que Antonio era uno de los mozos y que una de las diversiones de los jóvenes de la época, era poner las bolas de billar sobre los rieles del antiguo tranvía, para que se alejen rodando por Gaona, ante el enojo del mozo y acaso de su patrón.
Luego del bar hubo una pizzería: La Tuerca; más adelante, una parrilla, a la que le pusieron La Humedad pero pronto dejaron “La edad” a secas, porque Cacho ya tenía registrado su tema y surgieron inconvenientes legales. Por último, un mini-mercado es el que ocupa desde hace un tiempo la histórica esquina.

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POR DENTRO Y POR FUERA
Un miércoles por la tarde me decidí: hora de visitar ese emblemético sitio de Buenos Aires. Era obvio que muy probablemente no encontraría vestigios de La Humedad, pero quería saber cómo estaba el lugar. Si al menos quedaba una placa recordatoria, si algún vecino  entrado en años recordaba “el vidrio azul del viejo bar”.
Cuando llegué al lugar experimenté un leve desconcierto. Divisé las dos esquinas ubicadas del lado de Paternal (hoy, Villa General Mitre). Una de ellas tenía más chances de ser la del famoso Café. La ocupaba una propiedad derruida por el paso del tiempo, de paredes grises y óxido acumulado por décadas en puertas y ventanas. Estaba abandonada, llena de afiches pegados en su fachada y varias propagandas de inmobiliarias compartiendo los muros. Pero claramente, no era ésta la buscada sino la de enfrente, donde un comercio con el letrero “minimarket” desafiaba las primeras sombras del atardecer con su generosa luminosidad
Una rápida inspección ocular me permitió saber que en el exterior ninguna placa homenajeaba al bar. Algo decepcionado, resolví entrar. Era un mercadito humilde, pero bien puesto. Góndolas con abundante mercadería, limpieza y buena clientela, saltaron en un primer golpe de vista. Las posibilidad de que se tratara de un súper “chino” enseguida quedaron descartadas. En la caja, un hombre de cuarenta años o un poco más, se desenvolvía con soltura. Parecía ser el dueño…
Más por ganas de entablar una conversación que por hambre, saqué dos barras de cereal de la caramelera.  “Cuestan once pesos”, me informó el muchacho. Las coloqué sobre la caja y pagué. Simultáneamente, me atreví a preguntar:
-¿Esto era el Café La Humedad, no?
El hombre me miró de reojo, ya preparándose para atender a la chica que esperaba su turno detrás de mí. Intuí que no tenía idea de qué era lo que le preguntaba, que estaba harto de responder siempre lo mismo, o que no estaba de humor para contestarle a un desconocido sobre cuestiones que no aparecían ni remotamente en su agenda mental.
En voz baja y entredientes, lanzó un escueto “sí”.
Me propuse como próximo objetivo, hacerle dos o tres preguntas más, aún a riesgo de molestarlo. Todas, aunque con monosílabos, fueron correctamente contestadas. Cuando inquirí si existía alguna placa recordatoria, dijo que no. Cuando traté de averiguar cuánto hacía que funcionaba el negocio, dijo que desde 1999. Y cuando pregunté si había algún problema en que sacara fotos, volvió a decir que no.

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La esquina opuesta de Gaona y Boyacá. Aquí no estaba el bar.

CHAU, CAFÉ
Cumplí mi tarea y me retiré rápidamente. Para mis adentros, repudié la pobre comunicación de mi interlocutor.  Por otro lado razoné: “Está en horario de trabajo, a lo mejor, con las preocupaciones propias de tener que sobrevivir, de mantener su comercio… ¿Qué obligación tiene de ponerse a hablar con un tipo que nunca vio y viene  a hacerle preguntas raras?”.
Abrí una barrita de cereal y enfilé por Gaona, rumbo a Nazca. Llevaba una mezcla de sensaciones en mi interior. Pero concluí que la decepción por no haber encontrado correspondencia a mis inquietudes, no era mayor a la satisfacción que sentía por haber visitado la historica propiedad, aunque hubiera transcurrido casi un siglo desde su cierre.
Unas cuadras más adelante, en Gaona y Bolivia, giré la cabeza a mi derecha y de casualidad, divisé un local que me llamó la atención. Era, también, un viejo bar, de nombre Don Balón. Se lo veía amplio, distinguido, pero un tanto descolorido, venido a menos, y tratando de hacer pie para no caer en las garras del supuesto progreso que se llevó puesto a su vecino de Boyacá. Es que paradójicamente, el Café La Humedad se denominaba El Progreso.

LA LETRA DE “CAFÉ LA HUMEDAD”

CACHO
Humberto Vicente Castagna, nacido en Flores el 10 de junio de 1942, grabó esta canción como “single” en 1973. En 2003 fue editado nuevamente en un compildado que incluía más grandes éxitos.
Su letra completa es la siguiente:
Humedad…
Llovizna y frío…
Mi aliento empaña
el vidrio azul del viejo bar.
No me pregunten si hace mucho que la espero:
un café que ya está frío y hace varios ceniceros.
Aunque sé que nunca llega
siempre que llueve voy corriendo hasta el café,
y sólo cuento con la compañía de un gato
que al cordón de mi zapato lo destroza con placer.

Café La Humedad, billar y reunión…
Sábado con trampas… ¡Qué linda función!
Yo solamente necesito agradecerte
la enseñanza de tus noches
que me alejan de la muerte.
Café La Humedad, billar y reunión…
Sábado con trampas. ¡Qué linda función!
Yo simplemente te agradezco las poesías
que la escuela de tus noches
le enseñaron a mis días.

Soledad de soltería… Son treinta
abriles ya cansados de soñar.
Por eso vuelvo hasta la esquina del boliche
a buscar la barra eterna de Gaona y Boyacá.
¡Ya son pocos los que quedan!
Vamos, muchachos, esta noche a recordar
una por una las hazañas de otros tiempos
y el recuerdo del boliche que llamamos La Humedad

 

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