“Te invito a comer hoy al mediodía…” Mi charla telefónica con un conocido relacionado a mis quehaceres laborales, tuvo de pronto este giro. El muchacho me estaba invitando a almorzar. Pero no a cualquier lugar sino a un afamado restaurante de la Costanera porteña. El sorpresivo ofrecimiento tenía este fundamento: un cliente suyo acababa de abonarle un trabajo con un vaucher para dos personas, destinado a este oneroso sitio gastronómico.

No estaba en mis planes ir a comer afuera, pero a pesar de que faltaba poco para el mediodía, le respondí con un sí. Cuando calculé la manera de llegar hasta ese punto de la Costanera Norte, llegué a la conclusión de que el mejor medio de transporte, era la bicicleta.  Y sin darle más vueltas al asunto, aproximadamente media hora antes del encuentro pactado, tomé mi rodado y salí rumbo al exclusivo restaurante. Poco tiempo me demandó llegar hasta la Avenida Figueroa Alcorta y La Pampa. De inmediato, me dirigí al puente peatonal que cruza por sobre la Avenida Lugones y las vías del Ferrocarril Belgrano. Minutos después, visualizando la marquesina que lo anunciaba, supe que estaba en la entrada del lugar convenido, al que, según creo, no conocía ni por haber pasado por la puerta.

El tema central de la historia, es el de señalar un contraste tan llamativo como simpático: el que existía entre mi bicicleta y los vehículos de otros comensales. Como era de esperar, el lugar contaba con estacionamiento propio. Para no correr el riesgo de dejar mi rodado en la calle, me puse en marcha hacia dicho sector. Un empleado  me detuvo, con el objetivo de cumplir con su misión de vigilancia. Le expliqué, desde luego, que venía a almorzar y pretendía utilizar el estacionamiento. El hombre no me dijo nada extraordinario, nada más me indicó el sitio del parking en el cual podía dejar la bicicleta. Supongo que aún sin haber exteriorizado sus pensamientos, habrá sentido mucha curiosidad. Se habrá preguntado, quizás, si yo decía la verdad. Tal vez, imaginó alguna maniobra con fines ilícitos de mi parte y presuntos cómplices escondidos por ahí…  O a lo mejor, nada de esto pasó por su mente y era yo el que me estaba haciendo la película, influido por mis propios prejuicios.

De todos modos, estoy casi seguro de que no era nada frecuente que un cliente fuera a comer a este coqueto rincón de la Costanera, en una maltrecha bicicleta. Por eso, mientras la ataba luego de haber traspuesto el “control”, una mezcla de nerviosismo y regocijo, corrió por mi interior.

Debo hacer una aclaración: como en el cumplimiento de mi rutina cotidiana, a menudo debía dejarla enganchada en un poste u otro elemento callejero, en general, siempre fui de la idea de tener una bicicleta lo menos vistosa posible, a los efectos de combatir las tentaciones de los amigos de lo ajeno. Pero en aquel entonces, en cuanto a aspecto y, por qué no, también a funcionamiento, creo que ésa fue la peor bicicleta que tuve en mi historia de ciclista. Volviendo a los contrastes, claramente, no existía ninguna relación entre ella y el exclusivo espacio gastronómico al que estaba por ingresar.

¿Qué sucedió adentro del restaurante? Me encontré con mi anfitrión, a quien le conté cómo había llegado hasta allí. Como me conocía, supongo que no se extrañó. Nos sentamos en una mesa cercana a dónde estaban el ex Soda Stéreo Charly Alberti y otra persona… Charlamos, comimos (no recuerdo qué pedí, pero probablemente una milanesa con papás fritas, no) y sin más trámite, partí en mi fiel medio de transporte.

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