Las bondades de andar en bicicleta tienen su costado oscuro por hechos que guardan relación con robos, pinchaduras de gomas o desperfectos mecánicos, entre los más comunes. Pero también, existen otros acontecimientos inoportunos que pueden convertir un tranquilo viaje en un dolor de cabeza. En lo personal, en una ocasión, he experimentado una situación que logró perturbarme seriamente en el momento de comprobar que estaba en aprietos.

Sucedió una noche, quizás en un verano o en los primeros días del otoño, según los registros que conserva mi memoria. Como consecuencia de un compromiso laboral, había ido a cubrir un evento en Villa Ballester, provincia de Buenos Aires. Llegué hasta esa localidad del norte del conurbano, a bordo de mi bicicleta.

El medio de transporte elegido, más allá de mi rodado, fue el ferrocarril. A la ida, subí a la formación del Mitre, ubicándome en el vagón correspondiente a las bicicletas, y sin contratiempos, arribé a la mencionada estación, luego de aproximadamente media hora de viaje, desde la Capital Federal.  Luego conduje mi vehículo por unas quince cuadras, llegando al destino donde debía ejercer mi tarea profesional.

Unas horas más tarde, emprendí el regreso, empleando la misma modalidad. En realidad, esa era mi intención. Pero algo salió mal. El recorrido hasta la estación Ballester lo efectué sin dificultades. Sin embargo, de inmediato  me di cuenta de que la segunda parte del plan no podría cumplirse tal como la había planificado, porque los trenes ya no pasaban hasta la mañana siguiente. No significaba eso que fuera muy tarde, sino que por un programa de obras en el tendido ferroviario, durante cierto período las formaciones de este ramal dejaban de circular a partir de una hora determinada, próxima al anochecer.

La desesperación me invadió. ¿Qué haría? Las opciones eran dos. Dejar la bici en alguna parte, atada con cadena, para emprender el retorno en colectivo, o volver a casa, directamente, a bordo de la bicicleta. Me decidí por la segunda a pesar de considerar la situación como bastante riesgosa. Mi sensación de peligro estaba basada en que, por un lado, desconocía el camino y no era la época, todavía, en que cualquier hijo de vecino podía disponer de un GPS en su teléfono. Por otro lado, entendía –a lo mejor, por prejuicios- que la ruta hacia la ciudad de Buenos Aires, en algún tramo, atravesaba uno o más sectores “complicados”, por la presencia de barrios de emergencia.

Pese a todo, me incliné por la segunda opción.  Procedí a informarme cuál era el camino correcto para llegar a la General Paz.  Lo hice, creo, en los negocios de la zona. Anduve unas cuadras, arribé a un lugar  céntrico de Ballester y, dada mi inseguridad respecto de la ruta, volví a preguntar.  Supe entonces que era necesario internarse en calles más oscuras, abandonando las luces céntricas. Tomé coraje, y empezó mi trayecto. Pero antes, procurando no dejar detalle librado al azar, descarté de mi riñonera, un portadocumentos alusivo al club de fútbol por el cual simpatizo. No fuera cosa de que, si era interceptado, la situación se agravara por culpa de objetos inoportunos entre mis pertenencias.

Aquel domingo por la noche, de acuerdo a mi memoria, entre las nueve y las diez, y a una velocidad superior a la acostumbrada, anduve por sitios nunca antes visitados, mientras mi corazón galopaba, también, a un ritmo infrecuente. Atravesé zonas de casas bajas, escasamente iluminadas, aunque no las peligrosas villas que tal vez existían en mi imaginación. Pese al temor, en la travesía de unos cinco kilómetros, no sufrí el menor inconveniente. Cuando divisé la General Paz, la mezcla de inseguridad e incertidumbre  fue disipándose, sensación que mejoraba todavía más a medida que sano y salvo, iba acercándome a mi hogar.

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