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Comuna 11

Pablo Giorgelli: Entusiasta del vértigo

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Una infancia en la Boca, con deseos de ser jugador de fútbol o músico, finalmente terminó en el cine. Director de la “La encomienda”, estrenada en 2021, una historia filmada completamente en el oceáno y sólo con dos personajes.

¿Cómo fue tu infancia en relación al barrio donde naciste?

Mi infancia fue una infancia hermosa, mucha calle, en el barrio de La Boca, donde para lo único, casi, que había lugar era para el fútbol, y después para la música. El barrio en el que yo viví era un barrio de Monoblocks, Catalinas, muy cerca de la Bombonera, donde íbamos con frecuencia desde muy chicos. Andábamos solos. Diría que fue una infancia en la que aprendí las cosas más rápidas de lo que hubiera sido conveniente, por estar en la calle mucho, por estar con gente más grande, donde el 90% del tiempo estaba ocupado para el fútbol, tanto yendo al club, sino también jugando la mayor parte del día. Y luego, la otra cosa que me marcó de ese barrio fue la música. Había muchos pibes que tocaban, era una época en la que el rock estaba en su época de oro, era difícil conseguir discos, había banditas, empecé a ir a recitales con gente más grande. Lo primero que apareció fue el deseo de ser jugador o músico.

¿Recordás el momento en que el cine apareció en tu vida?

El cine todavía era algo que no existía. Eso aparece un poco más tarde en la secundaria,iba al Nacional Buenos Aires, a la tarde, entonces me rateaba mucho y me iba a los cines. Cuando no estaba en la escuela me iba a Lavalle. Ahí vi de todo, desde Bruce Lee hasta Bergman. Lo que había, en el horario que había, tenía que hacer tiempo para que pasen las horas de clase a las que no asistía. Al mismo tiempo, empecé a ver películas con mi papá que era amante de cierto tipo de cine americano de los 40 y los 50. Sábados de super acción, te estoy hablando. Yo ahí ya empezaba a balbucear que el cine me interesaba y mi viejo, abogado, me empezó a marcar algunas cosas de aficionado. Además aparece el VHS. Él alquila algunas pelis, y de mano de él empiezo a ver Hitchcock, y Tarkovski, y vi El Ciudadano. No entendía nada pero había algo ahí que me empezó a fascinar. En los últimos años del colegio había un taller de video que daba Diego Lescano. Curiosamente me proponen actuar, que era algo que no me esperaba para nada, pero me intrigaba mucho saber cómo se hacían las películas. Una experiencia que me marcó para siempre, hasta el día de hoy. Estaba mucho más pendiente de ver qué hacía el equipo técnico que de mi actuación, que además fue malísima, porque tenía un pudor gigante. Pero bueno, pude superar eso y lo hice igual a pesar de la sensación permanente de abismo.

Siempre tuve mucha dificultad para acercarme al cine y a cualquier actividad que tenga el rótulo de artístico. Siempre tuve un tema con eso, la intuición de que yo no sirvo para dedicarme a esto, de que soy un impostor y que lo mío tiene que ser otra cosa, y esta fue, es, la gran batalla de mi vida.

¿De qué manera empezaste a filmar tus propios proyectos?

Cuando salí del secundario el primer movimiento fue ir a estudiar derecho. Yo sabía que no me interesaba, pero fui igual. En secreto fui a dar examen de ingreso al CERC y no entré, por supuesto, así que ahí confirmé que el cine no era para mi. Derecho la abandoné a los seis meses y me puse a laburar, y medio que abandoné aquella idea. Me convencí de que no tenía ningún talento, ninguna posibilidad. Estuve cuatro años medio a la deriva, laburando, laburé en un banco, alejadísimo del cine y de la música, pero había algo que no se me iba, a pesar de estar ganando buen dinero para la edad que tenía. Me lo gastaba todo en salir, en las noches. Había algo que me seguía golpeando por dentro. Cuatro años después estaba en Brasil y veo que una pareja de argentina se va y deja un diario olvidado, era Página/12. Tenía una nota de Manuel Antín que dice que iba a abrir la FUC. Te estoy hablando del verano del 91. Y cuando volví me anoté, renuncié al banco de un día para el otro y ese fue un salto al vacío. Me costó muchos años dominar ese vértigo. Iba a la universidad del cine y no sabía qué estaba haciendo, si estaba haciendo mal, no ganaba un peso y no sabía si estaba desperdiciando una supuesta estabilidad. Mi vieja me apoyaba, pero también había como una sensación de estar perdido. Pero seguí y seguí y seguí y filmé cortos y me fui para el lado del montaje, pero íntimamente sabía que quería ser director. Me costaba estar en proyectos de otros, quería hacer cosas que me dieran ganas a mí. Fueron años hermosos, de un vértigo, una inconsciencia y una ignorancia muy, muy entusiasta. Rara vez volví a sentir esa vitalidad. A partir de ahí sí empecé a considerar cosas relacionadas al cine como el camino a seguir, pero estuve muchos años sin saber de qué laburar, con mucho vértigo.

En el año 2011 cuando presentabas “Las Acacias” en el Festival Internacional de Dubai conociste a Diego Armando Maradona, ¿cómo fue esa anécdota?

Año 2011, había ganado la cámara de oro en Cannes. Ganó premios en todos los festivales a los que iba, ganó más de 35 premios. Uno de los festivales a los que me invitaron fue al festival de Dubai. Fui pensando en ver si podría llegar a saludar a Diego, que estaba dirigiendo allá. Yo lo había conocido a los 12 años, esa fue mi primera foto con él. La llevé impresa a Dubai, cuando viajé. Después de la proyección en un shopping enorme de Dubai se me acercan dos mujeres a saludarme. Una trabajaba en la embajada y la otra era la pareja del cabezón Trotta, que era ayudante de campo del Diego. Ella me dice que esa tarde a las 7 entrenaban, así que no dudé más, le pregunté si lo podía conocer, me dijo que le iba a escribir a Trotta, pero era algo incierto. Me puse una camiseta de Maradona y me tomé un taxi hasta el club. La entrada era todo un tema, había un tipo de seguridad y pensé que me tenía que mandar. Me bajé del taxi y caminé como si estuviera yendo a mi casa. El tipo me vino a encarar y lo saludé en argentino, hola, qué tal. El seguridad se quedó duro, no me dijo nada. Entré al club sudando frío, pensando qué estaba haciendo a mis 44 años haciendo esas cosas de niño. Me escabullí en un gimnasio, me quedé ahí un rato. Pasaban varios árabes, me saludaban, yo saludaba. Creo que esa remera que decía Maradona me estaba salvando. Al rato de estar ahí re nervioso veo que empiezan a llegar chicos jóvenes con un bolso. Eran los jugadores. Hay uno que lo veo que llega tomando mate. Le pregunté y me dijo que sí, que ahora iba a venir el Diego. Me quedé esperando y al rato pasa primero Trotta, al que voy a saludar. Al rato llega él, pasa por ahí, frente a mí. Yo no lo encaro, me quedo sentado. Me saluda. Le digo “hola, diego» y me dice “hola”. Se va a su oficina. Pasan cinco, diez, veinte minutos y digo qué pelotudo, tendría que haberle hablado. Al ratito se asoma Trotta y me llama. Cuando estoy por llegar a la puerta se asoma el Diego, me da una palmada y me dice: “Maestro, ¿así que hiciste una película?, ¿cómo se llama?”. Y así fue que estuve hablando con él un rato largo, estaba con ganas de conversar, relajado. En un momento me pregunta si le llevé la película, pero yo ni lo había pensado. Me empezó a preguntar de qué se trataba y de golpe estaba en una situación insólita de contarle Las Acacias a Diego, que seguía escuchando y con ánimos de conversar. Le di la foto de cuando yo era chico y me dijo que se iba a hacer un cuadrito.

En “La encomienda”, tu última película ¿Cómo fue imaginar y filmar una historia que sucede completamente en el océano y con solo dos personajes?

La idea no sale de mi. Un día me llama Ettore D’Alessandro, protagonista y productor de la película y me propone hacerla. Me encantó la idea. Sentí que se me podría haber ocurrido a mi. “Las acacias” es toda dentro de un camión, “Invisible” dentro de la cabeza de la protagonista y aca adentro del mar. Claramente me estimula los límites de un solo lugar, me desafía. Después el contexto político y social que lleva a un pibe de 17 años a subirse a un barco clandestino para irse a un país del supuesto primer mundo, sin papeles y solo la esperanza, me dio la punta que me enganchó para hacerla. Filmar en el agua tiene otros tiempos, te cansas mucho y llegas a tu casa mareado. Rodamos en un estudio de agua donde hay artefactos para simular escenas marinas, eso estuvo buenisimo. Fue la película que más disfrute conscientemente de hacerla.      

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