Anoche, Buenos Aires tuvo su fiesta de la cultura. Multitudes de personas de todas las edades y todos los colores, chicas y chicos, familias y amigos, salieron a disfrutar de la 16° edición de La noche de los museos. Entre las ocho de la noche y las tres de la madrugada, las filas se estiraban por cuadras alrededor de algunos de los 280 espacios públicos y privados, de 15 comunas, entre museos, centros culturales, bares notables, bancos, monumentos, bibliotecas, explanadas y clubes que anoche abrieron sus puertas para quien quisiera ver, experimentar y escuchar. Ciencia, tecnología, música, historia. Hubo de todo y para todos los gustos.

Según le dijo el director de museos, Juan Vacas, a ete medio, “el 30 por ciento de los porteños salen a disfrutar La Noche de los Museos. Es el evento más grande de la ciudad. No solo porteños: hay gente que llega desde el conurbano, quienes planean viajes a Buenos Aires para que la fecha les coincida, o los que reciben familiares para que puedan aprovechar la experiencia”.

La apertura oficial fue en la Torre Monumental de Retiro, que la colectividad inglesa le regaló a la Argentina y que se inauguró en 1916, cuando se cumplió el Centenario de la Independencia. Algunas personas que llegaron temprano se sentaron en el césped de la Plaza Fuerza Aérea Argentina frente a la Torre iluminada. Otras, de pie, se dispusieron a escuchar a la Banda Sinfónica de la Ciudad de Buenos Aires, con dirección de Mario Perusso, que en un escenario montado para la ocasión, interpretó un repertorio ecléctico con composiciones de Verdi, Carlos Gardel, Gerry Mulligan y Frank Sinatra.

Quienes habían reservado su lugar subían por grupos en el ascensor que los elevaba treinta y cinco metros para disfrutar de una vista panorámica de un fragmento de ciudad, la terminal de Retiro, el edificio Kavanagh, la Plaza San Martín, bajo un cielo iluminado por una luna en cuarto creciente. En lo alto, la música de la banda competía con las campanadas del reloj del mirador, que suenan cada quince minutos desde que toda la estructura fue reconstruida y puesta a punto, hace tres meses. Como un museo más, la Torre Monumental abre sus puertas los días de semana.

Al pie de la Torre, Denise y Lucas escuchaban a la orquesta. Tenían las caras pintadas en blanco y negro, como máscaras de Santa La Muerte. “Nos encanta pasar desapercibidos”, bromeó Denise. “Salimos a celebrar el Día de todos los muertos, que coincidió con la Noche de los museos”.

Sobre Avenida del Libertador, la gente que participó de un sorteo para hacer el recorrido por los museos se subía a uno de los tres colectivos de dos pisos que los llevaron a recorrer distintos espacios.

A pocas cuadras de la Torre, un grupo había encabezado una protesta frente al Museo Ferroviario. En frente, en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, la gente se amontonaba frente al altar Instalación celebración Día de Muertos 2019, armado junto con la Embajada de México en el patio de la casona en Suipacha 1422 y que puede visitarse hasta el domingo 17. Hombres y mujeres con sus hijas y sus hijos desfilaban frente a las figuras de Santa la Muerte. En las paredes, referencias a grandes artistas mexicanos que supieron darle forma a una fiesta ancestral.

Estela llegó con su hija, Romina, y su mamá, Catalina. “Quiero mostrarle a mi hija el altar mexicano. Ya le expliqué de qué se trataba”.

El director del museo, Jorge Cometti, como dueño de casa, recibía a las personas que iban entrando después de haber hecho una cuadra de cola, con la pregunta: “¿Es la primera vez que vienen al museo?” Y los invitaba: “Conózcanlo, se van a sorprender”. Insistía en que vieran en las colecciones del museo, como las de instrumentos musicales, imágenes de santos o las ilustraciones de Francisco Toledo al Manual de Zoología Fantástica de Jorge Luis Borges.

A un costado del altar, Jenny esperaba con sus tres hijas. “Dos de mis hijas son sordas”, dijo, “estoy esperando a una intérprete”. Su recorrido seguía en el Museo Nacional de Bellas Artes, donde se organizaban visitas guiadas cada media hora con lenguaje de señas para ver la obra de Julio Le Parc, protagonista de la noche. Treinta obras del artista mendocino iluminaron el Obelisco, donde, con dirección artística de Yamil Le Parc, fueron proyectadas y puestas en movimiento, con música de Wagner, Piazzolla, Amstrong, Troilo y otros. Y en el hall de entrada del Banco Galicia, en Perón 430, giraba su Sphére Acier Miroir, una esfera luminosa compuesta por 2692 piezas de metal y espejos cuadrados; una de las cuatro producidas por el artista. Las otras tres están en el CCK, en la esquina del Museo de Bellas Artes y en Mendoza, donde Le Parc nació en 1928.

Desde un selfie point marcado en el piso del Banco Galicia, Andrea y Gabriel se sacaron una foto con la gran esfera luminosa de fondo. “Ya estuvimos en el obelisco”, dijeron, “y en el Banco Central. Intentamos ir al Museo Larreta, pero había demasiada cola”.

Es que el museo en el barrio de Belgrano tuvo una gran convocatoria. Muchas personas recorrieron la casa del escritor y los jardines. Distintos actores interpretaron personajes de la época, y relataron historias. En el jardín andaluz funcionó la intervención lumínica de Gonzalo Córdova y la música del DJ Astrozuka.

A solo una cuadra del Banco Galicia, en pleno microcentro porteño, se alza imponente el edificio del Banco Hipotecario, construido por el arquitecto Clorindo Testa. Más de seis mil personas visitaron anoche el edificio de hormigón y vidrio, escucharon la historia de una entidad que fue de la mano de los vaivenes económicos del país, recorrieron la muestra de objetos encerrados en vitrinas en la planta baja y oyeron las explicaciones de los guías sobre su arquitectura estilo brutalista.

“Es un brutalismo muy trabajado”, acotó Carina. Y aclaró que no era arquitecta ni artista. “Soy una clienta curiosa. Es más, me hice clienta del banco por su arquitectura”.

Varias personas se amontonaban alrededor de la maqueta del edificio. Y otras subían para ver los escritorios sin tabiques, y salas de reuniones de paredes y puertas de vidrio, donde todo estaba a la vista de todos.

En la Boca, cientos de familias se acercaron a la Usina del Arte, donde la estrella fue la muestra “Vanitas Virtual”, de la artista Elisa Insua, que trabaja con materiales reciclados, colores saturados y brillos. Golosinas, envases de cosmética y relojes viejos son algunos de los objetos que utiliza Insúa en su producción. Las ocho fotógrafas del grupo EnFoco recibieron a los invitados en su muestra “Herencia Vulnerable”, glaciares y hielos desde Groenlandia hasta la Antártida. Los más chicos jugaron al fútbol, ping pong y metegol en el Club, mientras los adolescentes bailaron rap y el hip hop, y los más chiquitos aprendían a dejar las rueditas. Hubo quienes eligieron participar del mural colectivo, y se lookearon en la peluquería, que estuvo llena toda la noche.

En Rivadavia y Callao, frente al Congreso, el festejo era doble. Pasadas las doce de la noche, todavía quedaban personas que habían participado de la Marcha del Orgullo. Rivadavia estaba cortada al tránsito y, mientras sobre un escenario montado para la Noche de los Museos, hombres disfrazados de gauchos bailaban con sus “chinas” de trenzas y vestidos largos, en la calle una pareja de travestis, y una mujer y un hombre con zancos seguían la misma música.

Los miraban las personas que hacían la larguísima fila que daba la vuelta a la manzana para entrar al Edificio El Molino, en plena reconstrucción. Fueron 10 mil personas las que anoche quisieron ver ese edificio emblemático de la ciudad. La Confitería El Molino, que comenzó a funcionar en 1916, cerró sus puertas en 1997. Declarada Patrimonio Histórico, en 2014 comenzó su reconstrucción. Durante el recorrido, especialistas en recuperación de maderas, vitrales y arqueología urbana expusieron piezas originales y los visitantes pudieron observar la recuperación integral de los 117 paños del vitral del salón de fiestas del primer piso, donde tocaron cuartetos de tango.

En el espacio de la confitería, en la planta baja, se exhibieron dibujos organizados por la ilustradora Josefina Jolly. En el stand de #HistoriasDelMolino, muchas personas compartieron sus hallazgos, fotos o anécdotas relacionadas con la emblemática confitería.

Muchas personas se agolpaban delante de la vitrina en la que se exhibían productos que se vendían en el Molino, como latas redondas de caramelos, pan dulce o cajas de bombones.

En el final del recorrido, empleados de la Imprenta del Congreso de la Nación mostraban el funcionamiento de una “minerva manual”, pequeña máquina tipográfica que se usaba desde fines del siglo XIX.

Una noche, la de los museos, donde multitudes de personas viajaron en el espacio y en el tiempo.

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