La historia comenzó de casualidad, como muchas: un vecino que falleció y una viuda que decidió tirar a la basura muchos recuerdos. Entre esas cosas, había una colección de monedas. Como era una familia italiana, la mayoría provenían de Europa, de fines de 1800. La abuela de Diego Cepeda fue testigo del momento. Vio a la mujer dejándolas en una bolsa sobre uno de esos viejos cestos verdes, de alambre y metal. Su hija, o sea la mamá de Diego, recién empezaba a coleccionar. Por eso no lo dudó: las agarró y se las llevó a su casa.  

Cinco décadas después Diego, ahora de 32 años, encontró esa colección más todas las monedas que había juntado su mamá, en un tarro. Había más de quinientas monedas. Como vio que las que tenían aluminio se estaban poniendo feas, decidió organizarlas y separarlas. Fue hasta un puesto de coleccionistas, en Morón, y compró una carpeta y se sentó junto a su mamá, a ordenarlas. Dice que recién ahí se enganchó con el vicio. Fue hace diez meses. Hoy, su colección llega a las seis mil. “Las monedas son nuestro momento; lo que más nos conecta”, cuenta. “La colección es lo que me hace hablar con ella todos los días. Nunca nos aburrimos de ordenarlas y de informarnos sobre cada una de las que voy consiguiendo. Todas las noches les dedicamos tiempo”. 

Son las once de la mañana de un domingo en el Parque Rivadavia, y alrededor del ombú hay quince personas como Diego, que llegó desde San Justo. Todos son fanáticos de las monedas y están, junto a otros 35 que no pudieron venir, en un grupo de WhatsApp. Vienen a hacer intercambios, a mostrarse sus colecciones, a hablar de las piezas que les faltan y de las que les quitan el sueño. En la escenografía también participan los puesteros de compra y venta. Aunque no sólo se dedican a las monedas.

Las fachadas de los comerciantes confirman que no se trata de un hobby nuevo: dicen “desde 1940…”. Los domingos que llueve, no se suspende. Se encuentran en el bar “El Coleccionista”. Y cada tanto se reúnen en alguna casa: comen un asado, levantan la mesa y de sobremesa, sacan las mondas. También hay otros puntos de encuentro en clubes de la Ciudad y el conurbano.    

Leandro Del Vecchio (34) dice que lleva 20 años yendo al Parque Rivadavia. Y que antes todo era por carta y correo: se metía en los foros de coleccionistas de todo el mundo, miraba las listas de las repetidas y ofrecía las suyas. Se ponían de acuerdo y cada uno iba al correo más cercano. Lo malo es que, a veces, en la Aduana abrían los sobres y cuando los recibía, había faltantes.

“Se trata de ser muy caradura, de pedirle a cualquiera que te traiga monedas de sus vacaciones“, dice Del Vecchio. A su mamá y a las personas de su confianza directamente les encarga ir al banco a pedirlas. Esas son de las que más valen: las que no circulan. Del banco a sus colecciones, sin otras manos de por medio. No es la única manera de juntar. Están los que sólo buscan bimetálicas. O los que las guardan por año, por tipo, por serie, por países o hasta por errores o roturas. La colección de Leandro es de 600 monedas, porque dice que casi se limita a juntar bimetálicas. 

En el mundo de los coleccionistas hay una frase común, que les sirve para justificar el vicio en sus casas. Leandro la dice en voz alta: “Si llega a pasar algo grave, lo primero que se vende es la colección”. Otra es: “El dinero pierde valor, las monedas no”. Y otra más: “Las épocas de crisis son un buen momento para comprar”.

Lo que es más ley que frase es que el dinero que sale de la venta de una moneda se reinvierte en lo mismo. El precio que llegaron a pagar por una moneda no se dice. Pero ahora, que se promete off de record, hablan de monedas de 100 dólares, de otra de US$ 450, de ventas por kilo (a razón de 200 monedas por cada uno). En sus casas prefieren decir que todo es canje. “Un momento hermoso es cuando abrís un tacho de monedas y te ponés a mirarlas. Es como cuando eras chico y te comprabas un paquete de figuritas. Es la misma ansiedad”, cuenta. El resto festeja la comparación.

Una de las tres mujeres del grupo se llama Ana Zatko (49). Es de Luján, y es la madre de una de las dos restantes. Su hija tiene 11 años. Es su primera vez en el Parque. Ana, en cambio, habla de que es su tercera vez en el rubro. La primera fue durante su niñez e infancia. Perdió la colección cuando dejó su casa, a los 15. La segunda colección quedó en manos de su ex marido, cuando se separaron. Parecía que no iba a haber tercera. Pero pasaron cosas.

Una tarde cualquiera, después de una mudanza, su hija encontró una bolsita de terciopelo. La abrió y encontró monedas de todo el mundo. Las desparramó sobre una mesa; las miró, las guardó. A los pocos días, lo mismo. Hacerlo pasó a ser una rutina. Entonces, Ana la sentó y le preguntó si quería empezar a coleccionar. “Me encantaría”, fue su respuesta. Y ahí retomó el hobby, junto a Julieta.

“Para nosotros es fundamental que algún hijo o nieto se enganche con el coleccionismo -explica Ana-. Vivimos pensando en qué quedarán nuestras monedas el día que no estemos más. Hay viejitos que vienen a vender todo al Parque diciendo que no pudieron convencer a nadie, y que antes de que las tiren, prefieren venderlas. Yo con mi hija Julieta estoy muy tranquila; sentimos la misma pasión”. Entre las dos, suman casi 4 mil monedas. Sus preferidas son las argentinas y las estadounidenses.

En el ombú, cada tanto hay visitantes de distintas provincias del país y hasta del mundo. Una mañana apareció un ruso con sus monedas, buscando argentinas. También llegan coleccionistas que pusieron en Google “dónde cambiar monedas en Capital Federal” y se vinieron. La crisis hizo que muchos aparezcan por una cuestión económica: quieren vender lo que heredaron de algún familiar. Como la mayoría de los argentinos, no confían en el correo. Cuando no coinciden en el Parque la persona con la que van a hacer un intercambio, dejan sus encargos en los puestos.   

Diego, el que comenzó a juntar con la colección de su mamá, dice que hoy fue un buen domingo: encontró una moneda de Turquía, conmemorativa, de una serie de animales. Muestra la lagartija que la ilustra y dice “es hermosa…”, con el tono con el que solo habla de algo que lo vuelve loco. Otro de sus hallazgos más valiosos de esta mañana es de China. Es una moneda de una serie dedicada al horóscopo, con los años de los animales.

En total, este domingo Diego se lleva unas cien monedas. Pero dice que las que más le gustan son las que le traen de afuera amigos o vecinos o compañeros de la fábrica en la que trabaja como operario. Cada vez que vuelven de un viaje, se las regalan. “Es que te hacen sentir querido… que viajen hasta lejos y se acuerden de vos, es lindo”, dice. Lo malo de eso, como toda cosa deseada, es la ansiedad. El querer que vuelvan rápido para recibirlas y ordenarlas en la carpeta, o para traerlas al Parque y compartirlas con los únicos que entienden su pasión.         

NS

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