En un escenario electoral de incertidumbre total, con encuestas que respaldan todos los pronósticos posibles y un miedo latente a que el dólar gane demasiado protagonismo, la ciudad de Buenos Aires es la única que le aporta una cuota de tranquilidad al macrismo.

A pesar de llevar doce años ininterrumpidos de gestión, el oficialismo parece no haber sufrido el desgaste natural del ejercicio del poder y hasta podría llegar a ganar en primera vuelta, una hazaña que todavía nadie logró debido a que en la ciudad la Constitución exige para eso superar el 50% de los votos.

En la elección de 2015, Horacio Rodríguez Larreta derrotó con lo justo a Martín Lousteau en la segunda vuelta (48,36% a 51,64%) tras haberle sacado más de 20 puntos de diferencia en la primera (45,56% a 25,47%). Para el balotaje, el líder de Eco pudo sumar gran parte de los votos del kirchnerismo y casi da el batacazo. Todos tomaron nota, por eso el oficialismo esta vez hizo lo imposible por ensanchar su coalición y no correr riesgos innecesarios: incorporó al Partido Socialista -algo impensado- y a la UCR. En ese contexto, Lousteau aceptó encabezar la lista de senadores nacionales. La principal amenaza fue neutralizada con buena muñeca política.

Más allá de ganar en primera vuelta, el otro objetivo de Rodríguez Larreta es aportar la mayor cantidad de votos para la reelección de su jefe político Mauricio Macri en un distrito que representa un 8,1% del padrón. Números nada despreciables de cara a una elección que se podría definir por dos o tres puntos.

Pero la experiencia del 2015 también marcó a fuego al kirchnerismo porteño, que tras varias derrotas con Daniel Filmus y Mariano Recalde también decidió ampliarse y buscar un candidato que pudiera emular la experiencia de Lousteau. De la mano de Alberto Fernández, con un perfil joven, dialoguista, extrapartidario y no-kirchnerista, el presidente de San Lorenzo, Matías Lammens, llegó para ocupar ese espacio y “reconciliar a la gran familia progresista”, que según explican incluye a los peronistas y a los liberal-progresistas. Otros referentes que supieron ser muy críticos con la gestión K, como Pino Solanas y Victoria Donda, complementan la oferta ensanchada del Frente de Todos.

Mientras tanto, al igual que a nivel nacional, la polarización causó estragos en el escenario porteño y redujo el resto de la opciones a su mínima expresión. El economista Matías Tombolini representará a Consenso Federal -el espacio de Roberto Lavagna- con pocas expectativas, al igual que el productor teatral Roberto Valerstein, alfil del liberal José Luis Espert. No obstante, es posible que ambos ganen relevancia en una segunda vuelta ya que sus votos podrían jugar un rol clave tanto para una victoria del macrismo como de la oposición.

La izquierda, por su parte, irá dividida, aunque no tanto como otras veces. El FIT incorporó al MST, lo que pone por primera vez a los cuatro principales partidos trotskistas en la misma boleta. El MAS y la agrupación de Luis Zamora -Autodeterminación y Libertad- irán por separado. Ambos espacios fueron invitados a sumarse al frente pero, curiosamente, las diferencias resultaron más importantes que las coincidencias. Un poco más del 3% de los votos es lo que necesitan para meter un legislador porteño.

En definitiva, la elección porteña girará en torno a dos incógnitas: cuánto influirá negativamente la imagen de Mauricio Macri en la intención de voto de Rodríguez Larreta y qué porcentaje de los votos de Lousteau se trasladarán mecánicamente hacia Juntos por un Cambio. La primera pregunta determinará si es posible una victoria en primera vuelta. La segunda, las chances de Lammens de romper el techo histórico del kirchnerismo sumando a los progresistas no-k y a los desencantados del macrismo.

Desde el comando de campaña del Frente de Todos especulan con que la unificación con las elecciones nacionales los favorecerá: “Nuestra fórmula presidencial es la locomotora que va a traccionar los votos, a ellos Macri los tira para abajo”. Además, confían en que la exposición mediática de las PASO, la generales, el debate y un eventual balotaje, terminarán por resolver el principal problema de Lammens: un alto nivel de desconocimiento que todavía ronda el 30 por ciento.

Gestión vs. realidad económica

Durante esta primera etapa de la campaña Juntos por el Cambio se mantuvo fiel a su histórica estrategia con un discurso vecinalista que giró en torno a la gestión local, la inauguración de obras, las mejoras en el transporte y la seguridad. Apeló a los logros concretos de su gestión -como el Paseo del Bajo y los viaductos del tren- y sus dirigentes pidieron cuatro años más para “profundizar en algunos temas pendientes”.

Por contraste, el Frente de Todos concentró sus esfuerzos en traer al debate público la temática económica: señaló la falta de intervención del gobierno porteño ante el deterioro de los indicadores sociales (pobreza, indigencia, personas sin techo), la inexistencia de políticas económicas contracíclicas para paliar la recesión y la falta de apoyo a las pymes. Argumentaron que los problemas que el macrismo no resolvió en doce años a pesar de tener “el presupuesto de Madrid”, no mejorará en los próximos cuatro.

Desde el punto de vista político, ambos extremaron la polarización. El larretismo pasó por alto cualquier tipo de matiz y sindicó a Lammens simplemente como “el candidato kirchnerista” para apelar a cierto rechazo de los porteños por el peronismo. Al tiempo que Lammens machacó con el slogan “Larreta es Macri” ya que además de ser parte del mismo partido “apoyó todas sus políticas económicas”.

El futuro político de los candidatos

Rodríguez Larreta le pidió a su actual vice Diego Santilli que lo acompañe nuevamente en la boleta porque los sondeos que manejan en la sede de Uspallata indicaban que era el único que con su alto nivel de conocimiento podría “potenciar” la fórmula. No obstante, con esta movida Santilli tuvo que resignar sus aspiraciones a convertirse en el sucesor natural del espacio: la Constitución le impedirá competir para la jefatura de Gobierno en 2023.

Seguramente este escenario fue uno de los determinantes clave que llevó a Martín Lousteau a aceptar la propuesta de sumarse al oficialismo. Como parte de la coalición gobernante y sin otros candidatos fuertes que le hagan competencia, el camino para gobernar la ciudad dentro de cuatro años quedó por el momento liberado. Aunque tampoco queda descartada la opción de apuntar a la presidencia si el panorama lo permite. Para los tiempos políticos de Argentina, cuatro años es mucho tiempo y todo es posible.

Si no gana, el futuro de Lammens es un poco más incierto. El presidente de San Lorenzo ya no puede ser reelecto en su club y manifestó públicamente sus intenciones de seguir vinculado a la política. Un buen resultado podría convertirlo en el principal referente de la oposición porteña. Sin embargo, es difícil pronosticar qué pasará con el Frente de Todos si los números de octubre no son favorables, ya que la alianza que se formó hace apenas algunos meses podría volver a desintegrarse. Sin un partido propio ni un cargo que le garantice visibilidad, Lammens deberá encontrar la forma de seguir consolidándose como la mejor opción del progresismo.

Rodríguez Larreta, por su parte, fue jefe de Gabinete de Macri en la ciudad durante dos períodos y logró sucederlo con éxito en 2015. Una extensa experiencia de gestión y la buena imagen que mantiene tanto dentro como fuera de su distrito, lo dejan en una posición casi inmejorable para aspirar a la presidencia en 2023. Al igual que María Eugenia Vidal, tiene más votos que el presidente si se miden las boletas por separado. Cuando le preguntan a su equipo por el futuro político del actual alcalde no se adelantan, pero tampoco niegan la posibilidad: “Es uno de los hombres más capacitados y con más experiencia”, aseguran.

La renovación de legisladores

Además de presidente y jefe de Gobierno, los porteños elegirán tres senadores nacionales, doce diputados, 30 legisladores porteños y comuneros.

La fuerza que más votos obtenga se quedará con dos bancas en Senadores y la tercera irá para el que salga segundo. Si no hay grandes sorpresas Martín Lousteau y Guadalupe Tagliaferri entrarán en representación de Juntos por un Cambio, y el ex presidente de Aerolíneas, Mariano Recalde, por el Frente de Todos. El camporista es un leal a Cristina Kirchner que reforzará su posición en la Cámara alta si esta no resultara electa vicepresidente.

En Diputados, Juntos por el Cambio arriesga seis bancas y las otras seis son del Frente de Todos (FpV 3, el FR 2 y Somos 1). El macrismo calcula que se alzará con la misma cantidad, o incluso podría llegar a ocho. Tanto el FIT como Consenso Federal y Despertar aspiran a poder ganar aunque sea un escaño.

Además, en la Legislatura el oficialismo porteño pone en juego 18 bancas (15 del PRO, 2 de Confianza Pública y 1 de la Coalición Cívica) y dependiendo de los números finales podría ganar entre 14 y 15. Este dato también tiene gran importancia política debido a que gracias a las nuevas alianzas con la UCR y el Socialismo, el larretismo se garantizaría por dos años más una mayoría simple que le permitirá -como hizo a lo largo de 2018- aprobar los proyectos de ley más importantes para el Ejecutivo sin necesidad de negociar con la oposición.

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