En una hora Luis Irazabal organizó todo: telescopio y una platea preferencial donde ver el eclipse solar. En su auto, mientras volvía del trabajo, empezó a pensar en el orden de las piezas que debía colocar para armar su telescopio. También, detrás del volante, mientras los paisajes de las avenidas Alberdi, Murguiondo y Fernández de la Cruz pasaban a través del parabrisas, decidió que los cristales del telescopio necesitaban una limpieza y mentalmente revisó los lugares de su casa en los que podían estar el líquido limpiador y la franela especial, esa que no deja pelusas. Entre sus pensamientos, había un problema que le exigía más concentración: ¿le pediría a su vecina una ventana prestada o conseguiría las llaves de la terraza de la torre? Su departamento, en el edificio 31 del Conjunto Urbano Lugano, no tiene orientación hacia la puesta del sol. Sus ventanas no daban al eclipse.

“Como corrí, pero esto es único. Único”, repetía a las 16.30 desde la terraza de su edificio, mientras calibraba el telescopio. Lo compró tres años atrás en Mercado Libre, de segunda mano. “Lo saco para ocasiones especiales. Con este -señala al visor- en enero disfrutamos el eclipse de luna. Ojalá ahora se corran las nubes”.

En Villa Lugano, uno de los pocos puntos de la Ciudad de Buenos Aires -junto a Villa Riachuelo- donde mejor pudo observarse el eclipse, se miraba al cielo con deseo. También con demanda: “Dale, abrite, abrite que quiero ver”, pedían los chicos del barrio. Los mismos que a la salida del colegio apuraban a sus mamás con un “Vamos, que empieza el eclipse”; o les preguntaban a sus maestras si lo verían. Algunas les decían que sí, otras respondían que no, que imposible, que tenían que corregir tarea.

El barrio, al sur de la Ciudad, quedó cerca de la sombra de 201 kilómetros de ancho que empezó a proyectar el eclipse, de Oeste a Este, alrededor de las 17.30. En Lugano sabían de su ubicación preferencial. En los últimos días, grupos de Facebook como “Lugano 1 y 2 andan diciendo” fueron la plataforma donde organizar encuentros para verlo desde terrazas, compartir telescopios -no son pocos los que en los monoblocks tienen uno- o advertir sobre riesgos a la salud si alguien miraba el sol de frente y sin protección.

En la terraza de Luis estaba claro que no se debía mirar, pero por momentos no era el miedo a una quemadura en la retina lo que impedía hacerlo, sino las nubes. Nubes grises, nubes blancas. Todas, agrupadas y compactas. “Tengo fe, hay viento, va a abrir”, contradecía al cielo Luis, que ya no estaba solo en su terraza. A él se sumaron sus hijos, Fausto y Marco, mellizos de ocho años, su vecino Carmelo, su suegro Luis y su vecina Marcela. Y del otro lado del muro, en una terraza contigua, Rocío Aballay Vidal y su abuela “Chela”.

La abuela “de muchos años” -no quiso decir cuántos- y la nieta, de 21, habían organizado ser espectadoras del eclipse desde hacía tiempo. Ayer Rocío había ido hasta el Planetario para conseguir dos anteojos especiales para observarlo. “Ay, pero qué lastima, yo quería verlo”, repetía la abuela. Por momentos se esperanzaba: ¿Vos decís que podremos, cuánto falta?

A las 17.44, momento cúlmine del fenómeno, cuando el sol quedó tapado en un 99% de su diámetro por la luna, las nubes se corrieron y dejaron ver. Alrededor, todo se oscureció como si fuese de noche. Una noche anaranjada. A través de las ventanas de Villa Lugano llegaron alaridos, águdos, más chicos que un grito de gol, pero que igual se hacían oír. “Ahí se asoma, ahí se asoma”, “¡Se ve!”, “No miren, sólo hagan pantallazos con la vista”, fueron algunas de las frases que se dijeron en la terraza de Luis. Del otro lado de la pared, Rocío y Chela se abrazaron.

Asomado a las ventanas, con o sin telescopios en las terrazas, Villa Lugano festejó por un eclipse que no volverá a repetirse hasta dentro de por lo menos un año.

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