El MAP te invita a visitar la muestra «En crudo | Cuero, tradición y diseño»: lazos, torcidos o trenzados, indispensables para los paisanos; boleadoras lujosas, fabricadas con bolas de marfil recubiertas con cintas, cadenas o filigranas de plata, otras con magníficos trabajos calados formando estrellas, y las retobadas usadas por los gauchos y los pueblos originarios de la pampa. La muestra podrá visitarse hasta el 14 de octubre.

 

La colección criolla de Carlos G. Daws (1870 – 1947) que desde 1949 forma parte del patrimonio del Museo de Arte Popular José Hernández, contiene piezas de cuero de extraordinario valor que fueron confeccionadas y usadas en el siglo XIX por los gauchos que aprendieron de las etnías de la pampa el difícil arte de bolear animales salvajes y derribar a un adversario en la pelea.

MAP Museo de Arte Popular José Hernández

Colecciona, investiga y promueve el arte popular argentino en sus diferentes variantes. Posee piezas de diversas especialidades y oficios artesanales (platería, textiles, cuero, madera, etc.) tradicionales y contemporáneas.

  • Lunes, miércoles, jueves y viernes de 13 a 19 h.
  • Sábados, domingos y feriados de 10 a 20 h.
  • Martes cerrado.
  • Termina el 14 de octubre de 2019.
  • Av. del Libertador 2373, Palermo, CABA.

Las Boleadoras

La colección criolla de Carlos G. Daws (1870 – 1947) que desde 1949 forma parte del patrimonio de nuestro museo, contiene piezas de cuero de extraordinario valor que fueron confeccionadas y usadas en el siglo XIX por los gauchos que aprendieron de las etnías de la pampa el difícil arte de bolear animales salvajes y derribar a un adversario en la pelea.

«Rebolear» en el glosario criollo quiere decir ejecutar molinetes con un látigo o palo para arrojarlo luego con fuerza sobre algo o alguien.

La muestra En crudo | Cuero, tradición y diseño exhibe entre otras piezas, las boleadoras más interesantes de nuestro patrimonio, que según Segundo Deferrari, maestro soguero y curador de la muestra, es una de las colecciones más importantes del país.

Tipos de boleadoras

  • Bola perdida o arrojadiza
    De origen pampa es, de las boleadoras indígenas, la más conocida. Consiste en una bola sola atada a un lazo corto, que normalmente se usaba como arma, para lanzar sobre el adversario. Eran de piedra y estaban sujetos a una soga de tientos o nervios de más o menos de un metro de largo. Las lanzaban con muy buena puntería y a gran distancia. En los cuerpo a cuerpo se usaron como maza.
  • De dos ramales
    Son dos bolas unidas por un lazo,que servía especialmente para cazar aves.
  • Las Tres Marías
    Auténticamente rioplatense es la boleadora de tres ramales. Recibe su nombre por las tres estrellas de la constelación del mismo nombre que el gaucho usaba para orientarse en la oscuridad de la noche. Tienen una bola más chica que oficia de manija y dos más grandes de peso similar.
  • Las avestruceras o ñanduceras
    Son más livianas generalmente hechas de plomadas. Las potreras son las más pesadas, hechas casi siempre de piedra que se usan para bolear potros, así como cazar guanacos o venados.

El Lazo

En el libro La cuna del Gaucho, Don Martiniano Leguizamón, confiesa que Don José Torres Revello, revelole alguna vez la narración atribuida al P. Ocaña según la cual en el año 1601, había observado en las campiñas santafesinas, escenas nativas donde el lazo aparecía en su uso y contextura, como alguien hablara con anterioridad pero, sin la pertinente documentación que así lo confirma. Por lo tanto y conforme a la relación aquella, el lazo primitivo comenzó siendo una soga atada fuertemente al extremo de una caña. Esta soga bien podía ser de cuero o bien confeccionada con manojos de cerdas, pero teniendo siempre un ojal para poderse deslizar sobre el cabo y cerrar la lazada. Este aparato era empleado por habilísimos jinetes montados en pelo y ayudados a sostenerse sobre el caballo, por una especie de cinchón que, pasándole por el pecho les ofrecía un asidero fácil en caso de que la situación así se lo exigiese. (…) La aparición de la argolla metálica, transformó este peligroso, difícil y hasta cierto punto molesto aparato de caza, dando nacimiento al lazo retorcido, comúnmente llamado en la zona bonaerense “lazo chileno”. Dicha argolla de hierro, grande y pesada, deslizándose sobre la cuerda con extrema facilidad, suprimió el mango de caña. La cuerda misma cobró en manos expertas sensibilidad de aguzado nervio. Más tarde y con sabido consejo de la experiencia consumada y la provisión del recado por nuestro hombre de campo, se le dio al lazo mayor resistencia intrínseca. Al simple tiento retorcido con la encarnadura hacia adentro, se le agregaron uno o dos tientos más. Un par de brazadas antes de llegar a la argolla, fue reforzado con la “Yapa”, es decir, un elemento o dos más para aumentar en peso al extremo que se arroja, y darle, por otra parte, mayor resistencia en el lugar en que la argolla quema al ceñirse el lazo. Además en el extremo opuesto al de la argolla se le agregó la presilla para prenderla de la asidera [argolla] de la cincha, y poder así ofrecer con el total la resistencia máxima con la ayuda directa de la cabalgadura. Ya se había llegado con esto a los llamados torzales. Y, más tarde aún, amparados en la prolijidad autóctona en la mayoría de los nativos para las prendas del caballo, se llegó a la concepción del lazo trenzado. Bastaba reunir sistemáticamente cuatro, seis u ocho tientos, escondiendo prodigiosamente las puntas de los elementos utilizados, para construir la perfecta pieza de un lazo empleado como un lujo en nuestra campaña actual. (p. 9 a 11)

Sauvidet, Tito. Vocabulario y refranero criollo. Buenos Aires: Kraft, 1952. 421 p.

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