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La pandemia no les permite seguir en pie, como tantos otros no llegaban a pagar sueldos, impuestos, servicios, cargas sociales etc. Artistas, escritores, empresarios y políticos se daban cita en la esquina de Ayacucho y Posadas.

Con 57 años de antiguedad, La Rambla, el tradicional bar restaurante de Recoleta, no resitió a la pandemia y cerró sus puertas. Ubicado en la esquina de Posadas y Ayacucho, a pasos del Alvear Hotel, era uno de los lugares predilectos de los escritores Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares.

Pablo Suárez, de 50 años, uno de los hijos de los fundadores fue el ultimo encargado de administrarlo y entre lágrimas contó a LN: “Llegamos al fin. Es imposible mantener toda la estructura y la carga impositiva. Quiero agradecerles a mis empleados, me conocen desde chico, no fue fácil decirles que cerraba. Lloraban y terminé consolándolos yo, los clientes me llamaron, me golpeaban la puerta y me decían me matas”.

Por La Rambla pasaron políticos, empresarios, periodistas etc. era un lugar de cita obligada para reuniones. Aunque era pequeño y las mesas estaban bastante juntas, su público era fiel.

El heredero de los Suárez recuerda que cuando era chico y se iba a pasear al Italpark, de Callao y avenida Libertador, volvía al bar a comer un tostado mixto y una Cindor. “Mi papá nos mandaba para arriba, no teníamos que molestar a los clientes. A veces iba desde Carlos Monzón hasta Federico Peralta Ramos, políticos, actores, todos se sentían cómodos”, contó.

El staff de La Rambla estaba compuesto por su dueño y 14 empleados, quienes pudieron cobrar su ATP y con ese dinero, arreglárselas hasta el mes siguiente. No sólo no tenían propinas, sino que además, el propietario de La Rambla no les podía pagar el 25% restante para poder completar el 75% que firmaron con el gremio gastronómico.

“No podía pagarles todo el sueldo, las cargas sociales, la carga impositiva es insoportable, teníamos cero ingreso desde el 19 de marzo. Cerramos un día antes de la fecha que decretó el Gobierno, porque ya no había gente en la calle. No podía seguir manteniendo todo, expensas, luz, gas, cable y teléfono. No quiero pedir préstamos a los bancos, por más que me digan te doy $10 millones a tasa cero, no lo agarro porque no se cuando lo voy a poder pagar”, afirmó el dueño del restaurante.

Con respecto a lo que se viene luego de la cuarentena declaró al programa de televisión La Otra vuelta: “No sé ni cuando podré abrir y encima el protocolo exige cubiertos y platos descartables, encima si exigen un distanciamiento de dos metros a mi quedan cuatro mesas”.

Durante toda la nota, Pablo Suárez se esforzó por no llorar, pero no lo consiguió. Se le entrecortaba la voz, se emocionaba y decía: “Me acuerdo de mis padres, de todo su sacrificio. Cerrar por la pandemia es muy doloroso. La idea es que si no somos nosotros, que lo siga alguien como bar, por la memoria de la familia” finalizó.

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