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El juego es parte de la vida, es una de las formas que tiene el ser humano de relacionarse con su medio.

Por eso es interesante que de vez en cuando, más precisamente cuando nos invade el ocio, nos preguntemos:

¿Cuándo nos permitimos jugar?
¿Por qué jugamos?
¿Por qué dejamos de jugar?

El juego no es solo de la época de la niñez, uno como adolescente o adulto también debería permitirse jugar; porque sino ¿cómo podrá jugar el niño con el adulto, si el adulto no ha vivenciado el hecho de jugar?

La recreación constituye una experiencia de aprendizaje actitudinal, por lo que le resto importancia a los materiales o juguetes con los que el mismo se realiza.

Por eso, el mismo juego estimula y moviliza nuevas propuestas lúdicas, como dice Gregorio Fingerman “el juego es la misma expresión de la vida, jugar es vivir”.

Tanto Piaget, como Chateau muestran cómo la actividad lúdica contribuye a la educación y proporciona fuerzas y actitudes que permiten hacerse a sí mismos en la sociedad.

El juego prepara la entrada en la vida y el surgimiento de la personalidad, por eso la necesidad del mismo en todas las etapas.

Nos es necesario como adultos, adolescentes y niños darnos permiso, tiempo y espacio para jugar, haciendo posible también el juego de otros y con otros.

Tomemos el desafío de dejar jugar a los niños, que se ensucien si es necesario; juguemos con nuestros amigos; con nuestros vecinos; con nuestros hijos; con nuestros nietos y porque no, con nosotros mismos.

Hay muchísimos juegos circulando en nuestros recuerdos u a veces al alcance de nuestras manos y no nos damos cuenta. Ejemplo de ello es ir a jugar a la plaza, compartir una vuelta en la calesita, la bicicleta, la payana, representar alguna obra literaria, disfrazarse, la soga, el elástico, las bolitas, el balero, los soldaditos, un partido de fútbol, el metegol, las muñecas, entre tantos otros. No tiene porque ser siempre la televisión o el famoso playstation un medio de entretenimiento.

Compartir con el otro ese magnífico espacio y tiempo seguramente cambiará nuestro estado de ánimo y tal vez uno le ponga algo de color al día transcurrido, nos hará sentir mejor más allá del cansancio.

Entrar en la exploración y descubrimiento.
Sería bueno probarlo… ¡¿Lo intentamos?!

Mariela C.G. Méndez
Docente

 

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