Un cuidado poético.

Si hay una palabra que atraviesa esta entrevista con Leandro, el Negro Falótico, en un tiempo que ha hecho evidente que es vital, es el cuidado. El cuidado de los otros que no lo están pasando tan bien y el cuidado como artista en lo que hace y por la obra de arte con la que trabaja. El cuidado así entendido es signo de amor, de amor a los otros en forma de solidaridad, de amor al trabajo en forma de seriedad en lo que uno hace y de respeto por el autor de esa obra y por el que lo recibe. Formas de vínculo que pueden armar una red que sostenga en tiempos de fragilidad por las que vale la pena aprender y aprehender de la forma de hacer de este artista.

Hola Leandro ¿Cómo estás pasando este tiempo de cuarentena?

Me afectó porque tengo muchas ganas de cantar en público y extraño todo lo que gira alrededor de eso: la gente, los aplausos, los compañeros, los lugares, los nervios anteriores y la relajación posterior. Todo eso se extraña mucho, pero hubo algo positivo en todo esto respecto a lo artístico, y es que me dio la oportunidad de tener tiempo para estudiar. Por ejemplo, hace un tiempo empecé a estudiar guitarra y ahora pude estudiar mucho más. Además, me compré una placa de sonido que me permite hacer videos con compañeros e intentar grabar alguna cosita, así que hice algunas cosas de un modo más profesional: con un mejor audio, una mejor imagen. Y después tuve oportunidad de hacer algunas intervenciones o entrevistas vía Facebook, o vía Instagram Live, y algunos conciertos con “Amores Tangos” a través de Zoom. Si bien no es lo mismo permite recuperar “apenas” algo de eso que representa el tocar el vivo, el verte con los compañeros al menos.

¿Por qué te dedicaste a la música? ¿Y por qué a cantar tango?

Cuando la música está siempre dando vuelta en tu casa, uno la percibe. En mi casa siempre había un equipo de música funcionando. Mi mamá escuchaba a Silvio Rodríguez, Milanés, Mercedes Sosa, Los Olimareños. Y, por otro lado, mi viejo, siempre escuchó tango y a José Larralde, porque mi viejo era de una generación en la que el tango era casi la única música que escuchaban. Y como él era viajante, yo a veces lo acompañaba largos recorridos en la ruta escuchando tango en cassettes o por la radio. Me acuerdo que estaba el programa “La vida y el canto” de Antonio Carrizo o “Rapidísimo” con Héctor Larrea que pasaban mucho tango. 

Siempre canté, desde muy chiquito. Tengo una grabación que hizo mi viejo en la que estoy cantando “Mano a Mano” y yo no sabía ni hablar. De un modo más profesional empecé a cantar con Matías (Álvarez) que siempre estudió piano. Empezamos juntándonos a escuchar música y a cantar entre nosotros, hasta que un día dijimos ¿Y si hacemos una fecha? Y ese fue de algún modo el lanzamiento. 

¿Y cómo fue que pasaste de cantar con Matías a dúo, a ser un cantor de orquesta y más concretamente, el cantor de Rodolfo Mederos?

Canto con la orquesta de Rodolfo Mederos y con otras orquestas también porque el trabajo de cantante es como el de un “freelance”, en mi caso con unos proyectos fijos. Por ejemplo, con Matías tenemos un dúo de piano desde hace veinte y pico de años en el que hacemos la música que queremos. En general, tangos de Homero y Virgilio Expósito. También tocamos boleros con un quinteto u octeto según el presupuesto y el lugar. Y a veces me invitan a cantar otras orquestas, puntualmente una fecha y listo. 

¿Y a vos qué es lo que más te gusta? ¿Cantar a dúo en un formato más íntimo, o con una orquesta?

Depende del momento, como cuando te preguntan qué tema te gusta más. ¡Y yo qué sé! Hoy me gusta más éste, mañana me gusta más otro. Cantar mano a mano con un músico es una situación de diálogo completamente diferente. No es que él me acompaña a mí y yo no lo escucho. Él puede meter un acorde y yo entro justo después de ese acorde, o pasa un tiempito hasta que yo entro, o bien mientras voy cantando escucho lo que él está haciendo y me sugiere hacer otra cosa. Si bien está todo estructurado y acordado, hay una libertad que con la orquesta no suele haber. Además, para mí, Matías es uno de los músicos que mejor acompaña al cantante. Hay músicos que tocan muy bien pero no acompañan bien. Acompañar a un cantante no es fácil y para mí Matías es el mejor, porque escucha entre otras cosas.

Los cambios que decidas gracias a esa libertad, ¿depende del tipo de público o de cómo responde? 

No, yo confío en lo que hacemos. Por ejemplo, a veces, porque vemos a un público más grande o con ciertas características, se nos ocurre hacer un tema que no teníamos previsto. Pero muchas veces, ante esa propuesta, yo he dicho: “vayamos tranquilos con esto que ya teníamos organizado, que tal vez ganamos”. Creo que al público hay que traicionarlo un poco, no hacer siempre lo que espera. Hay que presionarlo un poquito, de a poquito. Se pueden hacer tres o cuatro cosas que no espere, que lo sorprenda, porque si no somos un disco donde el tipo elige lo que quiere escuchar.

¿Te adaptás a la orquesta o vos tenés un estilo propio?

Yo creo que tengo un estilo propio, aunque hay orquestas que tocan más para bailar y otras que le dan un protagonismo mayor al cantante como la de Rodolfo. De algún modo, uno se adapta, pero siempre manteniendo un estilo, el estilo “de siempre”. En mi caso respetando la melodía que compuso el autor, respetando la letra. Primero respetando literalmente las palabras, ya que hay tangos en los que se les ha cambiado alguna palabra en algunas versiones. Y segundo respetando el sentido de las palabras, porque un tema tiene una esencia, un personaje principal, y me parece que la labor del intérprete es comprender esa esencia, ese personaje principal, y desde ahí darle fuerza a las palabras. 

No se escribieron esas letras así como así y se las di a otro que les puso música y listo. Hay una complejidad en todo eso. Las letras de Homero Expósito, o la música de Virgilio -o de un montón de compositores y autores-, no son tonterías. Los tipos estaban muy preparados y por eso el tango requiere de una preparación para tocarlo o cantarlo. No solamente haber vivido algunas cosas, sino estudiar.

Leí en ese sentido que en el disco “Homenaje a Homero Espósito”, habías hecho todo un trabajo de investigación con familiares y amigos. ¿Qué investigabas, qué buscabas saber para nutrirte? 

Primero y principal, tener las partituras originales. Y después buscar la versión que sería más auténtica, la que mejor refleja lo que el autor quería decir. Por ejemplo, en el tango “Chau no va más”, las grabaciones que están dicen “si te pude comprar un bebé”. Pero Homero después que la llevó a SADAIC pensó que tendría que haber sido: “si pudimos comprarnos un bebé”. Bueno, yo lo canto así: “si pudimos”. Ese tipo de cosas busco, cosas que me parece que enriquecen la interpretación.

Otro ejemplo: una vez estábamos los dos con Virgilio, y Matías le sugiere que me acompañe. Virgilio me pregunta qué quiero cantar y le digo: “Maquillaje”. Empiezo: “No…” y Virgilio me para y me dice: “No, no. Mi hermano se inspiró en los versos de Lupercio Leonardo de Argensola para escribir esta letra. Vos tenés que decir esos versos siempre.” Por eso yo los digo. 

Después me equivoqué en una nota, pero mínimamente, capaz que en un semitono. Y me dice: “No, no, no. La música no es así, es así …”. Y era el autor de la música el que me lo decía. 

Esa vivencia te enseña a respetar la música y la letra porque los tipos dedicaron mucho tiempo a estudiar, a hacerse con un bagaje de composición, a componer cada tango. Le pusieron mucha energía, mucha cabeza, entonces yo no lo puedo cambiar.

Parecería que con ese trabajo previo llegarías a entender el sentimiento que quiso transmitir el compositor o el letrista. ¿Sentís que lográs que ese mismo sentimiento sea el que le llegue al público?

Yo trato de poner énfasis en, al menos, despertar algo en el otro y que después que me haya escuchado durante una hora, no sea el mismo. Si pasa o no pasa, no sé. Yo me instalo en el lugar del personaje principal de la obra, esa es mi orientación para comunicar, después cada uno lo recibe como quiere, como puede, como siente. Y cuando se trata de cosas nuevas le pregunto al autor: ¿qué querés decir con esto? El problema es que nuestra generación es el final de una generación intermedia, pudimos compartir muy poco tiempo con los grandes compositores y autores. Nos cruzamos con algunos, pero poco. Aunque hay gente como Mederos, un tipo que tiene 79 años y conoció a Piazzola, a Troilo, a todos. De eso también te nutrís. 

Se te conoce como un cantor que cuida las “sutilezas”. Quizás como un resultado de todo este trabajo. 

En realidad, lo que ocurre es que lo que no busco es la estridencia. No va con mi modo de decir. Por ejemplo, con Matías escuchábamos mucho a Horacio Molina que es un cantante muy fino, muy afinado, muy gardeliano. La misma frase cantada a su manera, te mueve otras cosas. No es lo mismo andar en un auto a 100 kilómetros para mirar un paisaje, que ir tranquilo mirándolo, porque vas a percibir otra cosa. Me parece que la analogía es esa. 

El tango para mí tiene que tener otro cuidado. No es tan fácil. Claro que si querés, podés cantarlo como quieras, pero me parece que no lo estás honrando y respetando como se merece el género. Hay géneros cuyas letras son mucho más simples. Eso tiene otro contexto y otra finalidad. Hay música para entretener y música para sentir. Y me parece que para sentir hay en juego otras cosas. 

De todas maneras, por mucho que te prepares o estudies ¿Es necesaria cierta experiencia de vida para que el tango te vibre distinto en tu interior?

En todo. En este trabajo, uno se tiene que instruir no solamente en técnica vocal o en cómo tocar el piano, sino que tiene que prestar atención a un montón de otras cosas, porque uno se pone al servicio de una obra. Y para poder ponerme al servicio de una obra, la obra tiene que estar buena y para que esté buena, tengo que saber elegir. Puede haber un tango que sea una porquería, pero si uno tiene una cierta preparación por haber leído un montón de cosas, ese tango no lo elegís.

¿Qué se siente cuando ves entre el público a Chico Novarro y vos estás cantando sus boleros?

Es una responsabilidad tremenda. Igualmente yo tenía una cierta seguridad por esto que te digo que uno trata de respetar la música, de conocer al autor. Todo ese trabajo previo a mí me da una cierta seguridad. Mederos dice: “Dejemos de lado el más-o-menismo. El más o menos, no va. Las cosas se hacen bien o se hacen mal”. Yo no digo con esto que yo sea un fenómeno, que hago todas las cosas bien, pero sí con responsabilidad y respeto, lo que de algún modo me da cierta tranquilidad ante el autor. Por ejemplo, cuando conocí a Chico Novarro, él me dijo: “se hicieron temas que ni yo me acordaba”, y me felicitó y me propuso que grabe un tema inédito de él…, todas esas cosas son muy gratificantes. Pero obviamente, sentí nervios también.

¿Cómo ves el futuro del tango después de la pandemia?

Una de las cosas buenas que ocurre por esta pandemia y la necesidad que provoca la crisis económica que esta desencadena, es que se han formado varios colectivos dentro del mundo del tango. Principalmente de músicos, de bailarines, de cantantes; y a su vez todos estos colectivos aunados bajo un mismo techo que sería la Unión Federal Tanguera porque la situación nos hizo a los artistas recapacitar acerca de las condiciones que se tienen al momento de actuar, la poca o nula visibilización que tenemos ante el Estado -aunque ahora hayan mejorado un poco las cosas-; porque con la crisis que estamos viviendo hay compañeros y compañeras que no tienen ni para pagar el alquiler. Ahora estamos tratando que se visibilice al artista también como un trabajador.

En los últimos años, antes de la pandemia, había muchas orquestas nuevas, muchos abordajes nuevos, muchos intentos de cantar tango poniéndole un sello personal ¿Cómo ves esa evolución?

No sé si puede hablar de un reverdecer del tango si bien hay un montón de orquestas nuevas y muchísimos pibes jóvenes que quieren al género, tratando de hacer tango nuevo para sostenerlo. Incluso uno que, por amor al tango, sigue estudiando. La verdad es que el tango está fuera de moda en el sentido que no es la música que se respira. La música popular nace de una necesidad del pueblo. El pueblo no necesita al tango hoy. Lo que habla de lo que le pasa al pueblo hoy, son otras expresiones culturales, otros géneros, otros ritmos, otras cosas. 

Es difícil hacer tango hoy, estamos en el desierto, porque a la gente no le importa el tango hoy. En el ’40 se respiraba eso, entonces todo era mucho más fácil. Ahora estás tratando de hacer cosas dentro de otro paradigma social, de otra sociedad, de otro mundo. Es complicado que la gente sea permeable a lo que uno quiere darle. Hay una contradicción. Nosotros vamos en una dirección y el mundo va para el otro lado. Entonces, tenemos que traer primero alguno para acá, que nos escuche y después sigan. 

¿Es lo mismo cantar en Buenos Aires que cantar fuera o es más un tema de ambientes?

Es más lo segundo, porque vos podés estar cantando en Buenos Aires y que no te escuchen o no aprecien el género. Uno tiene que ir a dónde aprecien lo que a uno le gusta. En mi caso, por ejemplo, que me considero un cantor expresivo, yo no puedo ir a cantar a una cancha de fútbol. Recuerdo una vez que estaba cantando Garúa en Cuba, y encima lloviznaba, y la gente escuchaba como ensimismada. Las vibraciones que uno estimula cantando y porque el otro está permeable a recibir, se notan. En ese sentido, yo me tengo mucha fe en traspasar el escenario. Eso lo aprendí de Mederos. Una vez estábamos en un lugar y hablaba todo el mundo, y él empezó a tocar cada vez más suave hasta que estaban todos mirándolo. Mederos confía mucho en lo que hace, en el poder y la profundidad de lo que está haciendo, porque no es solamente hablar bajito. Hay un magnetismo y otra cosa en la comunicación. No es un hilo finito, algo débil, es algo más fuerte, más consistente, y en un momento te agarró, y por más ruido que haya, quedás atrapado. Él no me lo dijo, pero lo vi.

Se trata no sólo de aprender sino de aprehender. 

Lo que estoy queriendo decir es que, para poder aprender de las experiencias como esta mía con Mederos, uno tiene que estar con ganas de aprender. Hay mucha gente que no acepta críticas. Vienen ya “pre-seteados” y es imposible cambiarlos. No se dan cuenta que incluso para ser un artista de vanguardia o renovar un género, primero debes conocerlo a fondo, plenamente. Para eso es también es importante conocer bien las letras o la música. Hay que tener ganas de aprender y esforzarse. Y para todo eso es necesario tener pasión por lo que uno hace.

Como las ganas de seguir hablando y que nuestros lectores seguramente tendrán de seguir conociéndote. Muchas gracias Negro.

La reflexión que hace el Negro Falótico sobre el valor de las letras y la música del tango, como de sus compositores y poetas, señalando la seriedad con que es necesario abordarlos, nos lleva a colocar una mirada sobre un decir poético y preguntarnos: ¿qué valor tiene, en los tiempos que corren, la poesía?

Como bien él señala, el tango ya no es popular. Hoy las músicas que expresan lo que le pasa a la gente son otras, con otras formas más simples y directas. Incluso más “frontales”, deslizando con gran facilidad a lo confrontativo. El tango se sirve de la poesía y la poesía parece estar en desuso, un modo de decir antiguo que ya nadie lee. Sin embargo, justamente en la poesía como recurso radica la potencia del tango que lo hace infinito.

La posibilidad de la poesía es la de hablar de las eternas cuestiones humanas con una multiplicidad de sentidos que resuenen de un modo singular para cada uno. Potencia que se redobla cuando la poesía además bebe de las aguas de “lalengua”. Puede así albergar lo popular en tanto pueblo que reúne decires singulares.

Un decir poético puede ser además inspirador. La metáfora como recurso del hablante y del escribiente sirve para armar una imagen. Una imagen puede inspirar y en ese sentido orientar. Sirve como paisaje a modo de un destino al que dirigirse. Al ser imagen y no definición científica ni de mercado, habilita a que cada uno pueda leerla con sus matices, aquellos que vienen de sí. Un decir poético puede ser, por tanto, inspirador en un modo que hace lugar a la singularidad de cada uno. Decires que cuando tratan de la experiencia de lo común, se entretejen armando una trama que sostiene una forma de lazo social que fecunda la comunidad. Por algo a aquellos a los que nos pica el “bichito” del tango estamos ligados por una experiencia que nos atraviesa a cada uno en lo íntimo.

En el caso del Negro Falótico, su inspiración está fundada en el respeto al autor y compositor del tango, y en una gran sensibilidad que se percibe en él y que atraviesa el corazón de su público. Estudioso de las sutilezas de la poética tanguera con una minuciosidad extraordinaria, siempre en la búsqueda de la versión más auténtica, más cercana a la verdad del autor o del compositor, podemos pensarlo como un “laburante” del tango que reivindica que el artista es además un trabajador y debe ser visibilizado como tal.

En este sentido, cabe ser señalado que un decir poético permite, además, resignificar la historia al dar cuerpo a la polisemia de las palabras. Al hacer resonar los múltiples significados de una palabra permite descubrir nuevos sentidos y entonces el sometimiento a un destino único, incluso funesto, puede caer. La historia puede ser leída de otra manera y una existencia, una vida más digna, puede ser vista como posible. ¿No sería esto, acaso, lo necesario de oír y de hacer oír? ¿No sería esto acaso lo que podría armar lazo que conduzca a lo común y con lo común a la comunidad?

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