El pequeño círculo central del facebook se activó, cambiando su color azul por uno rojo. Eso significaba que un mensaje directo había ingresado. Acerqué la flecha del mouse con curiosidad. Tras el saludo de presentación, venían éstas líneas: “Qué es de tu vida? Te cuento que estoy haciendo un grupo de whatsapp de los compañeros de la secundaria para saber de nosotros y ver de reunirnos por los 30 años de egresados. Si te interesa pasame tu celular y te agrego”.

El mensaje era de Juan C., uno de los chicos que en 1989, formaban parte del quinto año, primera división, turno mañana, de aquel Liceo Nacional al cual concurrí durante los cinco años que duraron la instrucción. Mi asombro ante la invitación fue mayúsculo. Días atrás, una solicitud de amistad de parte del propio Juan en el facebook, había sido respondida de mi parte, con una lógica aprobación. No lo veía desde hacía 30 años. Pero es natural que, a partir de la existencia de las redes sociales, antiguos conocidos se busquen, se encuentren y se pidan esa atípica amistad de computadora. Después, por lo general, ahí queda la cosa. Y eso es lo que yo entendía que también sucedería en este caso.

Sin embargo, la propuesta de Juan iba más lejos. Quería reunirse nuevamente con aquella treintena de personas y se le notaba un gran entusiasmo por llevar a cabo su propósito. Su inquietud me tomó de sorpresa, pero de todas le contesté con un “Sí, todo bien”, anotando mi número de celular en el casillero del chat.

Intercambiamos un breve diálogo virtual. Me preguntó a qué me dedicaba. Escribí que soy periodista. Supe entonces que él era médico pediatra. “Amansalocos, jeje…”, agregó con una cuota de humor. A continuación, un par de líneas más, donde se leía el optimismo de Juan, que afirmaba que de a poco conseguiría todos los contactos, y una conversación que, aunque sin despedidas, quedaba terminada.

Unos minutos más tarde, llegó la notificación al teléfono móvil. “Juan te añadió”, decía, en letras minúsculas negras, sobre el fondo celeste. Un grupo más. ¿En cuántos estaré ya ?, pensé. Una de las primeras determinaciones que tomé fue común a todos los grupos que integro: silenciar las notificaciones por un año, el máximo permitido por el whatsapp. Y otra, desde luego, mirar cuántos participantes había y quienes eran. Sumaban 16. Tratar de identificarlos por la fotito redonda, fue, obviamente, la próxima meta. Con esfuerzo, logré hacerlo con unos pocos. Otros, al igual que yo, no tenían su retrato en la imagen de perfil.

Juan anunció la incorporación del nuevo miembro. Alguien respondió con el emoticón del aplauso (tres manitos), un segundo saludo, fue mediante cuatro emoticones de aplauso y dos caritas felices. Un tercero escribió “bienvenidos” y el cuarto saludo -por el momento, todos números telefónicos sin agendar-, fue un pulgar hacía arriba. Sin saber muy bien qué poner, pero con la convicción de que con algo debía devolver la bienvenida, retribuí con un escueto “Hola… Graciasss”.

Después, el silencio total. El interés del grupo en general no parecía guardar proporciones similares al ponderable empuje de Juan. Pero la situación estaba planteada: había una reunión virtual, un aniversario en puerta y un objetivo. De allí en más, había que ver cómo se desarrollarían los acontecimientos.

Continuará…

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