GRACIAS, AMIGOS

El periodista se sentó delante de la computadora y pensó qué iba a escribir ésta vez… Menos de 24 horas antes había tenido una discusión con su esposa. Ella, que estaba sin empleo, en pleno crecimiento del Coronavirus había recibido una oferta laboral que quería aceptar. Por el tipo de trabajo, aun la cuarentena obligatoria le hubiera permitido tomarlo. El problema era que debía salir de su casa, y durante muchas horas. El hombre de prensa –que por causa del tema también estaba viendo flaquear sus ingresos como nunca antes- intentó convencerla de lo inconveniente de asumir semejante riesgo en tales condiciones de la pandemia. El contrapunto derivó en la pulseada: ¿La salud o el bolsillo? Luego del debate, su mujer se convenció de que estar sanos era absolutamente prioritario, y que esa tranquilidad no hay bolsillo que pueda pagarla. El esposo logró su objetivo pero, obviamente, seguía preocupado. Tenían una familia que mantener.
¿Qué harían? Desde hacía varios días, ante la adversidad, una idea venía rondando por su cabeza. Era algo que le permitiría seguir vinculado a su profesión, a la vocación de casi toda su vida, pero a partir de un proyecto diferente. Había llegado la hora de poner esa idea en práctica. Eso sí, no lo consideraba para nada sencillo, ya que si bien no se trataba de pedir una limosna, debía apelar a la solidaridad de amigos y conocidos que contribuyeran con su proyecto periodístico mediante el aporte de una suma monetaria que, más allá del monto, le resultaba incómodo solicitar. La vergüenza, los prejuicios, el temor al qué dirán y al fracaso, eran sus principales obstáculos, mucho más que la tarea periodística que estaba dispuesto a emprender.
Esa noche redactó la nota que sería la carta presentación, explicando el contenido del proyecto y la situación que atravesaban en su hogar. Pero no la mandó y se acostó pensando en la cuestión. A la mañana siguiente, entró al whatsapp. Decidido, copió el texto que había redactado y lo pegó. A la espera de que su gente fuera recibiendo el mensaje, dejó el teléfono encima de un mueble y se puso a hacer otras cosas. Aproximadamente media hora más tarde, volvió a tomar el celular. Estaba expectante. ¿Cómo les habrá caído? Para su sorpresa, el respaldo empezaba a ser conmovedor.
Durante buena parte del día fue recibiendo la aprobación a sus planes, reflejada en el patrocinio de pequeños-grandes “mecenas” y de muestras de apoyo, estuvieran o no ligadas al aporte de recursos materiales. Dio gracias a Dios y a la noche, volvió a sentarse frente al teclado, con un estado de ánimo muy diferente al que había experimentado 24 horas atrás. Se formuló esta pregunta: ¿Es posible ser feliz hoy, que el mundo atraviesa esta situación tan crítica? Aún a riesgo de sentir culpa, se permitió responderse que sí, al menos en este instante. La felicidad es una suma de momentos –razonó el periodista-, y al menos en este, ella había llamado a su puerta. ¿Por qué no dejarla pasar? Entonces escribió otra nota y cuando llegó al final, pensó un título. Lo primero que saltó a su mente le pareció trillado y cursi. Pero no le importó. “Gracias, amigos”, puso… Y siguió disfrutando de un día inolvidable.

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