LAS DUDAS DE CATALINA

Una tarde, mientras Catalina tomaba la leche, se puso a charlar con su abuela Josefina, más profundamente que otras veces. Cata iba dos veces por semana a la casa de Josefina, que la retiraba del colegio. Y allí, se quedaba por un par de horas, hasta que su mamá la pasaba a buscar para volver a casa y cenar en familia, con su papá y su hermano mayor.

Cata, que estaba por cumplir diez años, terminó de comer una tostada con mermelada de frutilla. De pronto, comentó en la mesa de la cocina, que era donde acostumbraba a merendar: “Abuela, yo no sé si creo en Dios o no… Ustedes siempre me hablan de Él. Pero cuando voy a la escuela nunca escucho nada de esos temas. Y si por ahí hay alguien que sí habla, es para decir que no existe. Ni siquiera nuestra seño nos dice nada”.

La abuela notó que su nieta estaba preocupada. Desde que ella era muy chiquita, en la familia, los temas relacionados a Dios, siempre habían sido muy importantes. En la educación hogareña de Cata, nunca se trató de ocultar esos temas. Todos querían que ella supiera que Él es el creador del universo, que ama a sus hijos, que todo lo puede y que todo lo ve. Pero claro, a medida que la niña crecía, también comenzaba a razonar de otra manera y estar en lugares donde afirmaban lo contrario, la confundía.

Josefina recogió la taza que hasta un ratito atrás contenía café con leche y la llevó hasta la pileta para lavarla. Al regresar hacia donde la niña continuaba sentada, le dijo: “Mirá, al lado de esta casa tenemos un vecino, Don Luis, al que le gusta mucho el fútbol. Es hincha de Boca. Según me contó un día, empezó a ir a la cancha cuando tenía nada más que ocho años. Ahora que ya es un señor mayor dejó de ir a la cancha, pero mira los partidos por televisión, los escucha en la radio y se mete en Internet para informarse de todo”.

Cata no entendía la relación entre el vecino y el comentario que le había hecho a su abuela. Fue entonces, cuando ella explicó lo siguiente: “Imaginate si a lo largo de su vida, muy pocas veces Don Luis hubiera visto o escuchado algo sobre fútbol. Suponte que a este deporte nunca lo hubieran pasado por televisión, ni por la radio, y que en el diario sólo se lo mencionara con unas noticias muy cortitas. ¿Te parece que a Don Luis, así como a mucha gente, el fútbol le hubiera interesado. Bueno, algo parecido sucede con esto que a vos te preocupa. Una gran parte de nuestros gustos e intereses se basan en lo que ocurre a nuestro alrededor. Al vecino le importa el fútbol porque todo el sistema en el que vivimos hace que le importe. Porque de fútbol se habla en todo momento. También, vos y tus compañeros son parte de este sistema”.

Catalina se quedó pensando y Josefina sintió que quizás había dado una explicación que su nieta no llegaba a comprender. Aunque cuando ella formuló la próxima pregunta, se dio cuenta de que la nena entendía bastante bien:

-Lo mismo le pasa a los adultos, ¿no?

-Claro Cata –respondió la abuela-. Porque en esta sociedad estamos rodeados por un sistema que en vez de acercarnos a Dios, nos aleja. Si cuando al salir de casa, ves que nadie habla de Él, es probable que un día te preguntes: ¿Existirá o no? Eso que te está pasando a vos, es lo que le pasa también a gente grande. Hay muchos que por ahí quisieran creer que existe, pero la sociedad que nos rodea, incluso sin que nos demos cuenta, nos empuja a hacer otras cosas, en lugar de enfocarnos en buscar a Dios. Entonces muchos terminan yéndose lejos de Él, e influyendo sobre otros, y éstos sobre otros, y así sucesivamente.

Catalina comió una galletita. Ya de mejor ánimo, y tratando de captar lo que la abuela intentaba hacerle ver, siguió preguntando:

-¿Qué decís abu? A mí no me empujó nadie.

-Empujar es una manera de decir. No es que te obliguen. La gente lo hace por decisión propia, pero es por cómo la sociedad va influyendo sobre los que viven en ella.

-¿Y qué es eso que la sociedad nos empuja a hacer?

-Por ejemplo, a Don Luis y a muchísima gente, a estar tan pendientes del fútbol. A los chicos como vos, a que quieran comprar chiches, a que tengan la play, la tablet, el celular, a que vean películas, programas de la tele, a que hagan más tareas cuando salen del colegio… A los que son un poco más grandes, a que vayan a fiestas, a boliches, a recitales, a que elijan un cantante o un actor como ídolo, a que vuelvan tarde a su casa. Para los adultos, está el trabajo y miles de actividades para que se diviertan y para que tengan la cabeza ocupada.

-¿Y todo eso es malo?

-Si por el tiempo que uno les dedica, le saca tiempo a las cosas de Dios, todas son malas. En parte por ese motivo, hoy en día tantos se alejan de Él.

Catalina no dijo más nada. Después de comer un par de galletitas más, muy tranquilamente, entró al comedor y sacó el cuaderno de su mochila. Se quedó mirándolo un rato largo, pasándolo de página en página, de atrás hacia adelante, de adelante hacia atrás. Más temprano que lo habitual, llegó su mamá. Se despidieron de Josefina y partieron rumbo al hogar.

Sentadas en el colectivo, una al lado de la otra, madre e hija se pusieron a conversar: “Hoy con la abu tuvimos una charla muy buena”, comentó Cata. Y le contó todo lo que habían hablado durante la merienda.

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