ENERO EN LA PILETA DEL BARRIO

Morena y Camila están de vacaciones. Compañeras desde el jardín de infantes, cursaron juntas la escuela primaria y están a punto de entrar a la secundaria, también en el mismo colegio de la ciudad de Buenos Aires. Después de no verse por unos cuantos días -desde el final de las clases- disfrutan de esta temporada de descanso en la pileta de un club de barrio. Sus familias, este año, comparten el lugar de veraneo, aunque no en una localidad turística sino en la misma Capital Federal.

Son las cinco de la tarde. Morena y Camila terminaron hace un rato de jugar un partido a la paleta. Ahora, hablan sobre sus cosas debajo de una sombrilla, mientras papás, mamás y hermanos menores se dan un chapuzón en el agua. Acaba de pasar la semana de los Reyes Magos. Con 13 años cumplidos, ya ninguna de las dos recibió regalos. Pero Camila se acuerda con un poquito de nostalgia la época en que eso sí pasaba. De igual manera, con Papá Noel.

“Yo me di cuenta de que no existían cuando tenía ocho años”, dice Camila. “Me parece que yo a los nueve. Pero lo supe sola, nadie me lo dijo”, responde Morena. “Sí, yo también me di cuenta sola”.

Un imprevisto silencio hace que la charla quede pausada por quince o veinte segundos.  Camila aprovecha para tomar agua fresca que saca de un termo. Le ofrece otro vaso a su amiga, que acepta. Enseguida, Morena retoma la conversación: “Cuando yo me case y forme mi propia familia no le voy a mentir a mis hijos sobre Papá Noel y los Reyes”. Camila responde y se da, entonces, un jugoso diálogo entre ambas amigas:

-Yo todavía no sé, pero creo que tampoco.

-Es raro, porque nuestros papás nos dicen que no se debe mentir, pero ellos nos mienten y no nos dicen la verdad hasta que los chicos nos damos cuenta por nosotros mismos.

-Mi mamá se puso contenta cuando yo descubrí todo, así ellos no tenían que seguir mintiendo.

-Mi papá me explicó que ese tema está tan aceptado por la gente, que ya se ve como normal.

-Algo parecido me comentaron a mí, que hay cosas que pasan en el mundo que están vistas como normales porque las hace la mayoría, pero que en realidad están muy mal.

-Engañar a las personas no tendría que ser normal. Y nosotros, por más que seamos chicos, primero somos personas.

-Pero debe ser difícil para los padres no ocultarnos nada mientras que todos tus amigos y parientes están recibiendo regalos. Por ahí participan del cuento de Papá Noel y los Reyes Magos para que los hijos no nos pongamos tristes.

-Debe haber muchos que piensan eso, que quieren hacer las cosas bien pero no pueden.

-Cuando yo lo descubrí y me desilusioné, durante un par de años me siguieron regalando, así el golpe no fue tan fuerte.

-Sí, eso está bueno.

-Yo pienso que lo padres deberían animarse de una vez.

-Lo que pasa que hay mucha gente que tiene negocios que espera estas fechas para poder vender, y así ganar plata y mantener sus hogares.

-Y bueno, la solución podría ser que se siga regalando como siempre, pero sin que los chicos seamos engañados.

Hacen otra pausa. Tienen calor. Las dos vuelven a ingerir líquido para combatir la alta temperatura de enero. Levantan la mirada y allá, a lo lejos, ven a sus seres queridos disfrutando de la pileta. Ambas tienen hermanitos varones. Camila, uno de siete años. Morena, uno de seis. Las adolescentes reanudan la charla. Camila toma la iniciativa:

-Yo creo que por culpa de este tema, muchos chicos, al ser adultos, no puede creer en Dios.

-Claro, como escuchan hablar de Papá Noel y saben que no existe, después lo mismo les pasa cuando escuchan hablar sobre Dios.

-¿Vamos al agua?

-Sí dale, vamos.

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