El pasado 17 de mayo se presentó en Barcelona, en el mítico bar El Medi, Ignacio Copani quien se define a sí mismo como un trovador. Es decir, según sus palabras, aquel que asume un compromiso espontáneo con contar lo que ve, lo que le pasa a la gente común. Y desde ese compromiso se reconoce incapaz de ser neutral o indiferente y se siente obligado de advertir a la gente que está siendo envenenada para odiar. Una charla muy profunda sobre el arte de hacer canciones, poetas y compromisos políticos.

¿Vos te definís como un trovador? Ahora, bien, ¿Qué definís vos como un trovador?

Primero le sumo un concepto de Claudio César que siempre me dice que en catalán “trovar” quiere decir encontrar. Hasta ahora sólo lo tenía como el oficio del que siente un compromiso espontáneo con contar lo que ve. Me imagino un juglar en el medioevo, cuando aparecieron los primeros instrumentos que podía utilizar el pueblo cuando se hicieron transportables, porque hasta entonces se hacía música con muebles. Me parece que eso fue revolucionario como el paso anterior a la imprenta que le dio la palabra al pueblo, a las personas comunes y además no para beneficio de un mecenas ni para la liturgia religiosa que era hasta entonces donde estaba permitido expresarse artísticamente, sino para empezar a contar lo que nos pasa, en las bodas, los entierros, los bautismos. Es importante además diferenciar lo que es la bufonería de la juglería porque el juglar también cantaba en las Cortes, pero ofrecía un entretenimiento más parecido al stand-up que a contar chistes, qué es lo que hacía el bufón. Me imagino a un juglar como un trovador del medioevo haciendo lo mismo que hago yo, cables más, cables menos: contando historias. Yo lo defino como una persona que editorializa a través de su arte, un arte de impacto rápido no de análisis desmenuzado, lo que no le quita profundidad ni lo hace superficial. Ser simple no te hace ser superficial. Me parece que todo eso más o menos engloba algo que se terminaría completando con la canción de autor, con que el oficio de cantautor no sea versionar cosas ya hechas, sino ofrecer tu obra original. Bueno, creo que me he metido en un jardín muy especial…(risas)

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Al contrario, me diste mucha letra de cómo hacer para que emerja un decir singular, verdadero para cada uno, que no esté tomado por los discursos que circulan.

Sí, pero, además, si lo comparas con lo periodístico, por ejemplo, el trovador es más editorialista qué cronista porque no simplemente relata lo que ve, sino que se involucra. Generalmente se embarra en esa realidad.

Un decir singular es un decir que surge de tu experiencia con eso que estás viendo, de tu mirada sobre esa realidad que estás transmitiendo.

Sí y que muchas veces después lo apuntala tu propia ideología, porque en mi caso la única auto-referencia que soporto es la colectiva. Si me interesa la singularidad es la de mi barrio, de mi familia, de mi patria, de mi provincia, hasta de mi fe. De todo lo que puedo ser, pero a manera de lo que puedo ser como una entidad que pertenece a una generación, a un territorio. Algo que hace que lo que cuente no sea simplemente por ingenio o por vanidad, pero sí para reflejar lo que te pasa pasándolo por el tamiz de tu bagaje. De lo contario, me dedicaría nada más que a la especulación… 

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¿Qué querés decir con que “de lo contrario, te dedicarías a la especulación”?

A mí me da un poco vergüenza ajena cuando veo a un creador que no crece con su edad por tratar de conservar un público y siguen ofreciendo su imagen a las chicas de 15. Me parece una estética que ellos pueden creer que está buena, pero no es cierto, sólo es algo que hace que no avancen. Y no hablo específicamente de mi rubro, te puedo hablar de las bandas inglesas. A algunos me da ganas de decirles: ¡Me soltaste la mano! Me hiciste tu fan a los 14 y ahora les cantas a los que ahora tienen 14. Cuando yo era adolescente era impensado que me gustara un tipo que tuviese 60 o 70 años porque no es natural. Es como si a los 15 años me hubiera gustado Gardel. Antes tuve que vivir y entender, y vivir lejos de mi casa, para que me empiece a gustar Gardel. Es antinatural y además es una cosa que les impone el marketing. Yo veo que muchos referentes musicales de mis hijas y de mis nietos son más grandes que yo. No lo digo como crítica a ellos sino a un sistema de mercado qué ha taponado la aparición de nuevos cantautores, de nuevas bandas. ¿Qué banda inglesa conocés que tenga una propuesta musical de avanzada, con diversidad, con melodía, con rítmica? Es muy difícil encontrar eso ahora y si te llevo del 90 para atrás vas a encontrar muy fácilmente ejemplos. Entonces algo pasó en el camino… 

A mí se me ocurría también pensar al trovador como a un poeta. Y el poeta lo que hace es hacer resonar los múltiples sentidos de una palabra. Digamos, que juega con hacer escuchar otra cosa de una manera velada…

Si todos fuéramos Silvio Rodríguez te daría la razón (risas). Si yo soy un poeta, tenemos que encontrar otra adjetivación para León Felipe, no puedo yo navegar en sus aguas, no puedo presentarme ante él como un par. De hecho, las veces que he tenido la posibilidad de charlar unos minutos con Serrat, o con Alberto Cortéz, o con Silvio, no se los digo, pero me pone un poco tenso estar con ellos, porque no me siento a la par, porque en mi imaginario siempre los he tomado como inspectores de literatura. Me digo, “si esto lo escucha Serrat me mata, no me deja entrar ni a su bodega, no ya a su escenario.” Ellos son tan importantes. 

Hay un juego muy popular: “el Jenga” (torre de maderitas entrecruzadas que se van retirando una por turno intentando evitar que la torre se caiga). Yo creo que soy un tipo que puede llegar a una altura considerable de sílabas que se va entrecruzando como en el Jenga, y eso no me hace poeta. No me considero para nada un poeta, me considero un tipo que hace versos, que hace canciones. Y el oficio de hacer canciones es un oficio único que ni siquiera todos los poetas lo pueden abordar. Si no, si fuera tan fácil, las mejores canciones serían de Mozart y Borges, por dar un ejemplo de la unión de un gran músico y un gran escritor.

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La pregunta iba más encaminada a saber si vos, cuando te reconoces como un trovador, también reconocés en vos ese deseo de hacer escuchar “otra cosa.”

Sí, absolutamente, pero eso tiene más que ver con mi posición en la vida. Siempre busco eso. A veces es una nota de color que encuentro en un partido de fútbol y que lo he logrado traducir en una canción, como cuando le escribí la canción a River. Y se lo he dicho a colegas de Boca: “¿Por qué ustedes que son de Boca, por qué no le escriben a eso que representa Boca?” Boca tiene mucha historia, tiene toda la historia de la inmigración, de la marginación (con énfasis), …, y en eso está “la garra” que podría reflejarse en cosas que no sean goles, ni campeonatos…. 

Pero, de cualquier manera, dejame volver al territorio de la poesía. Es un territorio tan abstracto, tan difícil de siquiera imaginar dónde está la frontera para que puedas dar un paso dentro, que, en el rubro de los cantautores de habla hispana o lenguas latinas, no encuentro tantos poetas. Está Spinetta que me parece un gran poeta, o Zitarrossa, pero muchos confunden el concepto, porque una cosa son los versos y otra cosa es la poesía, que tiene que ver con todas las texturas que uno puede expresar. Hay artistas muy buenos a los que sin embargo les falta ternura, por lo que para mí quedan inhibidos de ser considerados poetas, porque no se pusieron todo el ropaje para analizar lo que está contando. Yo, por ejemplo, respeto mucho lo de Serrat, porque Serrat fue la llave maestra para abrir el portón de la poesía en español que no nos podía enseñar un maestro de lengua, literatura, o castellano. Yo no hubiera conocido a Miguel Hernández si no fuera por Serrat. Y después él completó eso con una obra de altísimo vuelo, con variantes, con abordajes a las letras de distintos lugares, incluso con humor, con desafíos como tenían los grandes poetas. Como cuando Machado hizo el poema a las Moscas ¡Y le sale una genialidad! Cualquiera de nosotros puede escribir una canción a las moscas, pero no sale una genialidad. De hecho, es un lindo ejercicio para hacer en un taller literario o de cantautores: el desafío de hacer una canción a cualquier cosa sin que te paguen. Porque muchos hemos hecho una canción comercial y también es un desafío el tener que hacer una canción a un paquete manteca, pero te aplicas porque es tu sustento y el de tu familia. Lo difícil es decirle a alguien: hagamos una canción para una maceta con una planta y no te pago, hagámoslo por el mero hecho del ejercicio. Te da vuelta la cabeza y en alguna de esas vueltas el espiral se agranda, te toca el corazón y puede llegar a ser una historia re-original.

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Pero lamentablemente, ese tipo de plataformas, como la de los talleres, que puedan pasar algún tamiz, cada vez existen menos. Quedan solamente los tamices comerciales, un gran productor, una discográfica, y eso lleva a que haya mucho menor auto exigencia para el creador. Y se puede enseñar a tocar un instrumento con un método que es como esos videojuegos en los que se copia cómo se baila en la pantalla. Y así se va tocando sin tener la exigencia de incorporar el conocimiento. 

Y también pasa que cada vez tenemos más cosas divertidas. Cuando yo estudiaba música, había unos cuadernos pentagramas en los que lo primero que se veía en la contratapa era la biografía de un gran músico. Como casi todos se habían muerto muy jóvenes, uno se preguntaba: ¿Cómo, en tan poco tiempo, pudo hacer ese volumen de creación? Mozart, por ejemplo. Y bueno, si Mozart hubiera tenido la PlayStation, y otro rato se hubiese puesto a chatear y otro rato en Facebook, quizás no lo hubiese hecho. Y no lo digo negando todo eso como un viejo agreta. 

Vos has sufrido otros tipos de “taponamientos”. Muy joven te tuviste que exiliar y aunque te hayas ido a México, el exilio te priva de un estilo, de un sentido de las palabras propio de Argentina, diferente al que pueden tener en México.

Yo sufrí menos que los viejos. En México veía tipos de 40, de 50, viejos entre comillas, que estaban totalmente perdidos. Yo tenía 19 años y me lo tomé un poco como “bueno, ahora toca estar en México,” porque básicamente no podía volver. Yo no tengo un recuerdo gris porque tengo un recuerdo de las cosas que hacía a los 19 años.

De hecho, empezaste tu carrera en México.

Empecé mi carrera en México y tenía un fervor, una energía, que obviamente extraño. Tenía una catarata de ideas que me hacía hacer una canción por día, como mínimo. Así que recuerdo como una vivencia con mucha intensidad ese pasaje de mi vida.

¿Te hiciste con la forma de hablar local o seguías expresándote como un argentino?

Tuve éxito muy rápidamente como compositor de cosas infantiles, que era lo único en lo que transaba no usar mi acento y usar un mexicano neutro, porque esa es una concesión que yo a un niño le hago en todos los sitios para agradecerle que te presta atención en la vida o en una canción. Entonces tenía en mi vida dividido lo que era la producción y composición de temas para chicos, donde claramente tuve bastante relevancia, y la parte intérprete que era para un grupo bastante cerrado, los del exilio: uruguayos, chilenos, argentinos.

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De todas maneras, a pesar del exilio, de las críticas despiadadas, u otras formas de censura, vos tenés más de 1000 canciones. Parece casi un grito de resistencia

Incluso hay como una vocación. ¿Sabes las veces que he pensado “yo y mi bocaza”? Porque tengo un resorte muy especial que me hace ir sobre el conflicto a hacer algo. 

No te podés mantener indiferente o neutral.

No, no lo puedo hacer. En el momento más inconveniente no lo hago. No es recomendable. Si diera una charla de autogestión cultural, no lo recomendaría, Pero es que eso, además, te motiva. Y decís: pero ¿qué estoy haciendo? A mí me ha pasado de estar en la televisión, en el programa de Badía, justo en el momento en que había el levantamiento carapintada; y canté mis dos canciones más guerreras. Y cuando salía del canal, pensé: si esto prospera, estamos fritos. Yo ya tenía mis dos hijas y decía: ¿para qué habré hecho eso? Pero es así y así tiene que ser.

En el último conflicto grande, de puja, de tensión política, en Argentina, que fue la huelga de las patronales del campo, se produjeron unos cacerolazos masivos, contra el gobierno popular, y yo escribí una canción que se llamaba “Cacerolas de Teflón”, que me valió las críticas más rabiosas. Y la canción era muy inocente, simplemente decía “No te oí …” y después iba citando diferentes cuestiones de nuestra historia que para mí habían sido mucho más graves para hacer una protesta y ruido, pero en ningún momento dije o digo que es invalido que cada uno quiera protestar por lo que sea. 

Incluso recibiste amenazas (intervención de Claudio César)

Mirá, además del orgullo de ser nieto de un libertario español y de la resistencia peronista de mi viejo, yo soy parte de una generación mutilada. Las atrocidades más grandes a nivel de bajeza humana se le han hecho a mi familia, a mis amigos y a conocidos, pero, además, como parte de esa generación, para mí son todos mis hermanos desaparecidos. Entonces no puedo darme el gusto de angustiarme por un twit amenazante. Mirá lo que ocurre en este momento en Brasil ¡Eso es terrible! Según lo que me decía hoy un funcionario del gobierno de acá, miles y miles de brasileros se están yendo exiliados por el problema que sufren los gays, lesbianas, los colectivos LGTI. Te arman un focus group de amenazas y no te dejan vivir. Y no es solamente sufrir desprecio por ser gay, es que te empiezan a inventar cosas, como acusarte de pedófilo; y entonces la cosa se pone mucho más violenta y mucho más allá de lo virtual. Empieza a prender en la calle y los escupen, los insultan, hasta que se tienen que ir de sus lugares. ¡Eso es terrible! En el caso de algunos artistas que apoyamos al gobierno popular nos hicieron algunas de esas, pero por suerte no llegó al nivel que está llegando en Brasil. Y además algunos estamos preparados para enfrentarnos a eso. Y cuando un montón de medios de comunicación que no ponen una línea de tu trabajo, que no les importa nada el éxito de una canción tuya, te llaman para hablar de cuánto se robó un funcionario del Gobierno, uno les dice: No sé, andá a preguntarle a ellos, yo sólo hago canciones, no me vengas a preguntar eso. No me uses a mí como excusa para expresar públicamente tus ideas que son básicamente una porquería. Se lo he dicho en esas palabras a más de un comunicador que te llama a las 8 de la mañana. Afortunadamente el tiempo viene sepultando una por una todas esas difamaciones qué ha habido contra gran parte de los dirigentes, militantes, o artistas.

Aunque ellos logran siempre su cometido porque te hacen perder energía si te dedicas a contestar y te hacen quedar mal si no te dedicas a contestar y así logran el objetivo central que es distraerte de lo que vos realmente tenés que estar haciendo, desde el lugar que quieras: estar haciendo tu creación. 

Vos fíjate el odio que se ha trasmitido desde los medios. Yo creo que el odio no es un impulso natural. Es algo inoculado. Y vos lo sabes mucho mejor que yo porque trabajás con la psiquis. Yo creo que tenemos un montón de situaciones que sí son propias del ser humano, como la incertidumbre, la angustia por la postergación de tus proyectos y que lo más fácil es que cuando te ponen odio, le eches la culpa al otro.

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Lo que explicaba Freud es que desde bebés todo lo que nos produce displacer, dolor, se lo atribuimos a otro. Por eso tenemos una idea del otro amenazante… de ahí a que se despierte el resorte del odio es un paso si es facilitado.

Bueno, pero cuando te atrapó el odio, no tiene límite. El odio no viene en dosis, no podés elegir cuánto odio voy a tomar de lo que me ofrecen los medios. El odio te envenena totalmente como si pusieras en un tanque de agua, gotas y gotas de veneno. No podés decir: “Mirá, con esto van a odiar a Cristina y todo lo demás les va a parecer fenomenal”. No, no, odias a Cristina, odias a los negros, odias a los viejos, odias a los gays, odias a Messi, odias al Papa, odias todo a lo que te dirija ese frasco de veneno que está en todos los grandes medios de comunicación. Y, ojo que no soy un tipo que odie la tele porque mis influencias musicales vienen de la televisión.

¿Los pueblos son engañados, o se dejan engañar? ¿O ambas cosas? 

Mirá, el pueblo va inocentemente a ver la tele. Mi nietito ve el Cartoon Network y habla mexicano. Y él no va una clase política sino a entretenerse. Y el otro ve series españoles y sale hablando con expresiones españolas. O termina cantando reggaetón.

En el recital yo le pongo de ejemplo al público algunos temas famosísimos y les pregunto si lo conocen y obviamente dicen que sí. Y entonces les pregunto si tiene el disco y obviamente no lo tienen. Entonces les pregunto por qué lo conocen. Y lo conocen porque hay un cañón qué les apunta y qué les hace que les entre ya sea cuando estaba haciendo zapping o cuando se van a comprar una camisa porque está sonando en la tienda. De la misma forma, mucha gente buena, para mí ha sido envenada. De hecho, mientras no haya insultos o cosas así yo trabó la discusión con la gente porque lo siento casi como un deber. Si yo estoy viendo que le están poniendo veneno en el tanque de agua a mi vecino, por más que me lleve mal con él, se lo digo. Se lo tengo que decir: “esto te hace mal”. Si vos sentís un escape de gas en la casa de tu vecina más arpía, la que no te devuelve la pelota, no le tiras un fósforo, le decís “tené cuidado que hay un escape de gas”. Y bueno me pasa lo mismo con la cuestión política, mientras pueda ser un diálogo normal que respete que los hechos son sagrados y no verdades relativas de cada uno, entablo la discusión.

¿Pero qué es entonces, es odio o también un poco de masoquismo? ¿Alguien es capaz de votar por algo que le hace mal a sí mismo, sólo por odio a la otra opción?

Bueno, pero también porque le convencen. Algunos dicen que el éxito más grande la derecha es haber creado el facho pobre, ese que tiene una maceta con una planta y se comporta como si tuviera 1000 hectáreas de campo para cultivar cereales. Algunos sienten que por votar a una propuesta qué hacen los ricos se convierten en ellos. Pero en esa creencia tienen que ver los medios de comunicación. ¿Por qué los colectivos más fachos en cualquier lugar del mundo son los taxistas? Porque escuchan la radio todo el día. Es un fenómeno que ocurre a nivel mundial. En muchas capitales, sobre todo del primer mundo, muchos taxistas inmigrantes que provienen de grandes oleadas de inmigración por razones económicas son fachos. Es increíble, pero perdieron la esencia de su propia historia.

Vos que sufriste el exilio ¿Qué sentís cuando ves tantos pibes, incluso tanta gente en general, que piensan que la única salida que les queda es Ezeiza? ¿Qué les dirías?

Mirá, en realidad, se están yendo muchos jóvenes muy capacitados, que son los que menos problemas tienen de papeles, porque generalmente el primer mundo es muy selectivo. Un muchacho o una muchacha que ya tiene un título universitario y no le costó un peso a su estado, entra con bastante facilidad a esos países. Entonces por ahora se está dando ese fenómeno. Todavía no es tan masivo porque hay dos cosas en las capas de menos recursos: una es que obviamente no tienen plata para tomarse un avión; y otra es que hay un colchón, que ha permitido que no haya un estallido tremendamente violento. Ese colchón es el de la seguridad social que dejó el gobierno peronista de Néstor y de Cristina. Y esos también son datos duros de la realidad. Se jubilaron más de 4 millones de personas. Ahora, Macri, por pedido del FMI, está empezando a bajar jubilaciones a las amas de casa, por ejemplo. O terminar con las moratorias de quien no pudo aportar porque el patrón lo hizo trabajar en negro, ahora no le permiten regularizar su situación. Pero ese colchón que dejó Cristina con la Asignación Universal por Hijo, que creaba un ingreso para todas las familias, hace que se pueda paliar este momento y que haya una esperanza para Octubre, que es también otro tema que explica por qué no estalla todo.

Pero, aunque no se estén yendo, se produce una desafección con tu lugar cuando tu deseo está en un afuera que idealizas como si fuera el paraíso prometido.

Sí, de todas maneras, yo te digo, que el panorama, al tener en el movimiento popular, nacional, solidario, feminista, la mayoría de los jóvenes que recuperaron la ilusión con la política, a nosotros nos da una esperanza. Tampoco es un cuento o una sensación o una intuición o una percepción. Es alucinante la diferencia en el voto entre los 18 años y 35 y el resto. En esa franja el movimiento popular gana por paliza. Entonces quiere decir que hay una esperanza en poder lograr que se puedan escuchar todas las voces. 

Además, es hora de que el pueblo entienda que este partido es por plata. Esto no es solamente por amor, acá se juega la subsistencia. Yo creo que si se termina de configurar el monstruo conservador, que se llama neoliberal pero que de liberal no tiene nada, nos extinguimos. Yo creo que no va a haber ninguna posibilidad que evitemos ser una republiqueta, con todo el pueblo fuera de la economía. Entonces esto se juega por plata para todos. Y que no te metan miedo con que los gobiernos populares lo que hacen es mantener a la gente con beneficios, programas, planes, … ¿Y los que tienen plata por qué votan?  ¡Por plata! Y no molesta que alguien vaya a Miami, pero, ¡queremos que todos vayan! O que usen las “altas llantas” como se llaman allá a las zapatillas de un montón de plata ¡Pero que la puedan usar todos! Es tiempo que la gente no se crea que cayó un rayo divino y separó las clases y que no hay movilidad social ascendente. ¡Que no nos mientan más!  Que no nos hablen de la teoría del derrame, porque además es insultante. Yo no quiero comer de las migas, esperar a ver qué se le cae a la vecina que pueda comer yo. Y además no ocurre nunca. No pasó, ni va a pasar. Ni tampoco quiero esperar la tan ansiada llegada de los inversores de fuera, como si los inversores fueran los cascos azules, o cascos blancos, que andan buscando quién anda mal en el mundo para darle una mano. Si hubiera vocación de ayuda en el mundo, tienen a África a dos pasos y no lo solucionan. Tiene lugares de Latinoamérica realmente espantosos, como Haití. Y así hay muchos lugares de Latinoamérica. Así que yo de esos no espero nada. Porque yo que tengo la oportunidad de viajar, cuando te paras en Wall Street y ves esos súper edificios de las corporaciones, o ves el edificio de la corte suprema donde están los fondos buitres y la justicia juega en contra de los pueblos, se te va un poco la candidez y pensás que es muy difícil que a estos les puedas decir: “mirá en tal lugar no van a poder extraer más riquezas porque un pueblo votó que no extraigan más riquezas” no es un argumento muy válido para ellos. Y ahora, además, han elegido otro brazo armado para someter a los pueblos. Ya no son ni cañones, ni tanques, sino para mí, y se lo discuto a cualquiera, son los medios de comunicación. 

Bueno, Ignacio, te llaman para el concierto. Si no querés añadir nada más, sólo me queda agradecerte todo el tiempo que dedicaste y la sinceridad con que respondiste.

Ignacio Copani se define a sí mismo como un trovador, que sería aquel que, según sus palabras, siente un compromiso espontáneo con contar lo que ve, pero no por eso es un mero relator de la cotideanidad. Según Copani se trataría más de un editorialista que de un cronista, porque antes de hablar de -o cantar- un hecho, el trovador “se embarra en esa realidad.” Es decir, toma un compromiso: el de hacerla conocer. También podríamos decir que toma posición. Un editorialista toma posición aportándole al relato de los hechos de los que da cuenta, una mirada, la propia, esa que desde su experiencia con esa realidad le posibilita hacer una lectura singular de los hechos. Y le aporta una voz, en tanto de esa lectura singular emerge también un decir singular.

Entendiéndolo así al oficio de trovador, cobra sentido la nueva significación de trovar que le aporta su amigo y colega Claudio César desde el catalán y que Copani incorpora: Trovar significa encontrar en catalán. Es decir, el oficio del trovador es aquel que puede hacer algo con lo que encuentra. O, es más, es aquel que puede hacer del encuentro azaroso un hallazgo, por lo cual el suceso puede ser acontecimiento. 

Y si puede hacer de ese encuentro hallazgo es porque parte de una posición propia y singular con la realidad. Es el tomar una posición lo que habilita a hacer una lectura y producir un decir singular. Es el tomar una posición lo que habilita un saber-hacer con lo contingente.  De hecho, y a pesar de las más despiadadas críticas que le ha valido el haberse identificado con un proyecto político, Copani confiesa que “casi” a pesar suyo, no puede ser neutral. Casi a pesar suyo porque habla de ese yo que le dice que tiene “una bocaza” -en sus palabras- y le cuestiona muchas veces “¿por qué ha dicho lo que ha dicho? “Es decir, ¿Por qué no se abstuvo?”

¿Cómo abstenerse frente al dolor del otro cuando se tiene un compromiso con esa realidad que el otro vive? ¿Cómo abstenerse ante la perversión que lleva al otro a mostrar sus rasgos más perversos? ¿Cómo ser neutral frente al daño y al oprobio? 

Para Ignacio Copani la gente no es mala, si actúa mal es porque la envenenan. Y en su compromiso con la realidad que no sólo observa, sino que vivencia, Copani intenta advertir a la gente que está siendo envenenada. Él habla de “cañones” mediáticos de alta rotación, que disparan todo el día ciertos mensajes que incitan al odio, como si se tratase de un disco “rayado” que no para de repetir los mismos mensajes de odio, locos y enloquecedores, hasta que, para quien reflexiona un poco, se produce la sensación de estar viviendo una gran locura, lo cual resulta tremendamente desalentador.

Freud decía que en el interior del sujeto habitaban tanto el eros como el tanatos, el amor como el odio. Ambos pueden ser apelados en cada sujeto. Pero ciertos discursos que apelan al odio provocan mucha adherencia. Son discursos que por un lado apelan a la conciencia moral de las personas y las empujan a “expiar las culpas” haciendo sacrificios y que, en ciertos “virajes” o desvíos, llevan a ofrecer al otro en sacrificio. Mediante una tiranía de la imagen y de la voz que asalta impunemente en todo momento y en todo lugar a los espectadores -que como bien señala Copani poco pueden hacer frente a esa imparable repetición del discurso- enceguecen y aturden para que convertir al otro en ofrenda sacrificial sea consentido e incluso aplaudido. Así alguien “paga” o “expía” las culpas de todos. 

Por otro lado, existen otros discursos que “legitiman” el goce. Es más, empujan al goce. Son discursos que “al revés”, es decir, como “el revés” de esos otros discursos moralistas empujan a permitírselo todo. Todo se puede hacer, todo se puede decir, todo se puede gozar. Con relación al odio estos discursos lo “legitiman”. Por efecto del viraje que estos discursos toman hacia la carretera del odio -o más bien autopista-, está permitido decir que el vulnerable no es un ser humano y así negarle sus derechos como tal, y está permitido despreciar, maltratar, o injuriar. Se normalizan así las realidades que se fundan en las falsas diferencias que se explican por el lugar o la familia de nacimiento y por las circunstancias que encontramos en la vida y se criminaliza a quien no es capaz de cambiarlas como si pudiera ser un acto voluntario.

Entonces, en estos tiempos de tanta incitación al odio, de lo que resulta imprescindible abstenerse es de contribuir a avivar más aún la hoguera del odio. No se puede decir cualquier cosa, ni repetir cualquier barbaridad, porque no se puede dar consistencia a un discurso de odio que nos arrastra a todos a la barbarie. Resulta imprescindible responsabilizarnos por el límite, que puede ser pensado también como borde, algo a lo que asirse para evitar la caída, la propia y la de todos al arrastrar a otros dejándose arrastrar. Para lo cual, si hay un punto de detención necesario es aquel del pudor, ese punto que habilita la neutralidad como aquella posición por la que no nos dejamos arrastrar por el propio empuje de cada uno a un goce perverso dirigido hacia el otro.

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