Llegamos a la sala y los actores están en el escenario. Conversan, se desplazan, van hacia la platea: parecen ser uno más de nosotros. Y la obra empieza, con un actor que va relatando lo que acontece.

Branko cumple 25 años y padece una enfermedad que lo va incapacitando motrizmente. Su mamá decide festejar su cumpleaños,  convocando a toda la familia y a quien el joven quiera. Nada se desata, todo transcurre en esta familia. ¿ Qué vemos? Una abuela con Alzheimer que dice que cuando empezó a olvidar, sólo recordó las mentiras, porque eran lo más lindo; una madre con culpa, que sostiene que no ama al otro sino que lo necesita, para que su infelicidad sea más llevadera; una tía que no para de hablar y aun así no puede mitigar su angustia; una chica enamorada de Branko; Branko, quién puede decir que resulta esperable temerle a lo que recién comienza.

Todos en escena, todos figura y fondo, corren, se interrumpen, se superponen, no se escuchan, están solos, en un clima que por momentos resulta asfixiante y una pregunta comienza a inquietar: ¿ el amor donde está, en medio de tanta locura aparente?

El actor que relata profundiza esta pregunta, porque lo que va diciendo no se corresponde con lo que estos personajes de esta  familia van  haciendo. Como espectadores la inquietud va cediendo su paso a la perplejidad y entonces podemos empezar a ver que ” la familia”, por momentos cortazariana,  no existe, y el amor, y el odio, tampoco. En este sentido, hay familias, odios, amores, pasiones y sentimientos encontrados y desencontrados. El agobio y el alivio también se mezclan, porque podemos comenzar a ver que somos parte del espectáculo, que público y actores nos miramos en profundidad, porque todos somos Branko, la madre, la abuela, la chica enamorada. No es un eufemismo, el escenario y los actores funcionan como espejos superpuestos de nosotros mismos.

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Mi hijo…., excepcional obra y magníficamente actuada, nos sumerge en el mundo de lo que uno ve y no, de lo que quiere y no, de  lo que teme y no, y se  corre por completo de la mirada moralizante de lo que debe ser ” una familia”. Por eso conmueve. Porque es la vida misma, y hacemos lo que podemos con nuestras historias y nuestras cotidianidades.

Somos nosotros, profundamente humanos.

Teatro Del Picadero

Pasaje Enrique Santos Discépolo 1857, Caba

Funciones: lunes 20.30 hs

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