Mucho más que una dicotomía

El entender que los militares del ’82, que quisieron salvar su imagen y su pellejo politiquero fueron unos canallas, mientras que los soldados y tropa en general a quienes esos comandantes mandaron a morir en Malvinas fueron verdaderos héroes, no alcanza.

La dicotomía no resuelve el problema.

Homenajeamos a los héroes argentinos de esa guerra. Una guerra que entendemos porque reivindicamos nuestros derechos. Las Malvinas son, inobjetablemente, argentinas.

Saber diferenciar quién es quién en esta historia, no es suficiente.

No lo es ni con la Guerra de Malvinas, ni con la lucha armada de los años anteriores.

La impronta militar, hasta los años ’70 en la Argentina, era vista por una inmensa porción de la sociedad, como el modelo más cercano a una construcción perfecta entre ética, valor, abnegación, trabajo y patriotismo.

¿Tuvieron reales posibilidades las Fuerzas Armadas de conseguir ese ideal y ser un verdadero modelo a seguir por el resto de los compatriotas?

Es difícil darle respuesta a esa pregunta cuando sabemos que, durante un siglo y medio, al comando de las armas argentinas y a la clase social más alta, poderosa y dominante del país se las veía amalgamadas y demostrando, casi impiadosamente, ser una élite.

Entonces, ¿estaban dispuestos a continuar demostrando esa soberbia que los suponía por encima de la media social, a pesar de hayan perpetrado con sus anticuadas tácticas, sus erróneas estrategias y su insuficiente logística en Malvinas la cagada más grande de la historia a nivel militar?

¿Buscarían justificar su operación insoslayablemente improvisada sólo con la intención «patriótica» de recuperar las Islas Malvinas?

¿Entendían que exaltando lo que sí tenia valor, como la genialidad de los pilotos de los Súper Ethendart de volar casi a ras del mar para evitar los radares, la valentía de los soldados en Darwin y Goose Green o el hundimiento del Sheffield iba a ser suficiente como para que el pueblo argentino les renovara el crédito, si es que lo tenían?

¿Incluso después de haber cumplido, unos año antes, el rol de policía interna criminal?

Lamentablemente sí, estaban dispuestos.

Cebados por una impunidad histórica, se gastaron la fortuna honorífica heredada de los grandes próceres, pasándose obscenamente de una raya que nadie les pidió. De su proceso de monsterización, sólo señalaremos que optaron diferenciarse de Herodes, dejando con vida a los recién nacidos para inventarles, macabramente, un destino familiar impropio.

En menos de diez años, cuando fue recuperada la Democracia de manera definitiva -juicio revelador de por medio- cruzaron la barrera hacia una degradación inimaginable. Aún hay una gran parte de la sociedad que los sigue despreciando con rancio resentimiento, aunque a esta altura sea, claramente, por un espíritu de venganza al que el resto de la población, con buen tino, no adhiere.

Pero ¿por qué decimos que hoy ya no alcanza con diferenciar el sacrificio de esos soldados no preparados para semejante enfrentamiento  frente a la hediondez traicionera de sus jefes?

Porque la propia actitud moral de millones de personas también se deformó después de que aquella imagen sanmartiniana, falsamente promovida por el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea durante el Siglo XX como un «sentido de pertenencia», se desmoronara hasta demostrar que estaban, en realidad, embarrados en las más miserables de las hipocresías.

Pero hay una consecuencia silenciosa que va  más allá de aquella cadena de delitos de lesa humanidad que los llevó a ser condenados por una justicia, que se despertó allá por 1985. Es algo de lo que nunca se habla en nuestro país, probablemente porque muchos sienten la vergüenza de verse reflejados en tradiciones vetustas y oxidadas: los militares, aparte de haberse erigido como modelo de conducta para personas, ostentaban estructuras institucionales que eran emuladas por decenas de sectores de la vida nacional.

Primero, obviamente, estaban los demás uniformados: Gendarmería, Prefectura, las policías del país, los servicios penitenciarios y agrupaciones de seguridad seguían al pie de la letra los métodos organizacionales de las Fuerzas Armadas, su trato entre superiores y subalternos y su vínculo con el exterior. Existían colegios y escuelas que encontraban en el estilo operativo y vincular castrense, la manera más efectiva de avanzar en su programas educativos. Y luego, con cierta heterogeneidad en todo el país, centros de formación y asistencia para chicos, batallones de exploradores, boy scouts y cualquier ámbito de la vida social que estuviera conformado de manera verticalizada, por integrantes con diferentes jerarquías, se inspiraban en la impronta militar para sellar su propio ADN.

De repente, un país comienza a confirmar que lo que desde el máximo poder llamaron «Campaña Antiargentina» en 1978, denunciando violaciones a los Derechos Humanos, era cierto. De golpe, apelando irresponsablemente a un sentimiento nacional, el país entra en guerra. De inmediato, la derrota, con soldados jóvenes muertos por un capricho político que, por entonces, pocos se habían percatado de lo imperdonable que sería.

Resultó ser como un apagón final. Como un corte de luz pero para siempre. Súbitamente, una central de energía dejó de funcionar y cada uno, en su ámbito, con lo propio, comenzaba a buscar una solución. Por las suyas.

Nada fue igual.

Habían traicionado hasta su propia esencia y se habían llenado de enemigos en su propia nación.

Serán siempre «Los militares del Siglo XX», quienes, ni a la suela del zapato de sus antecesores podían alcanzar. Las FFAA, durante más de cien años, atendieron muy bien sus privilegios y muy mal sus mandatos juramentados.

Va siendo tiempo de que incrementemos sustancialmente los contenidos y las energías para homenajear a los héroes caídos y los sobrevivientes de la Guerra de Malvinas, revisar y atender sus situaciones y volver a discutir, con alta conciencia, qué lugar se les debe dar a aquellos soldados posicionados en Río Gallegos durante el conflicto entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982.

«La Malvina e’ la’ isla ‘e la guerra».

Frases como ésta y otras sorpresas aparecen cuando se pretende averiguar qué saben sobre el archipiélago los argentinos de las generaciones más jóvenes, en algunos ámbitos.

¿Tienen estos pibes la culpa?

Por supuesto que no.

¿Es nuestra, como sociedad?

Ellos apenas votaron un par de veces, mientras que nos horrorizamos, pusimos ya varias autoridades en el país. No hay una respuesta definitiva pero es justo y necesario, para cerrar esta semblanza del 2 de abril, hacernos nuevas preguntas acerca de quién es quién, ya en otros aspectos.

Veamos.

En el panorama que hoy nos toca ver como sociedad, para colmo de males, con la debacle cultural hasta el cuello, con las industrias de vanguardia siempre importadas y nunca nuestras, con millones de pibes que salen del colegio secundario sin entender lo que leen, con la vida narco más valorada que una licenciatura, están quienes ni siquiera se preocupan por entender si realmente existe una dicotomía entre un comandante sucio y un soldado héroe.

Nos vemos obligados, entonces, a apuntar a quienes, no con poca comodidad, se ubican y sin pensarlo demasiado (o sin siquiera querer pensarlo) en la posición que ellos creen que los proveerá de alguna renta. Efectivamente, son los cooptados por la política. Estos ciudadanos no presentan la más mínima capacidad de encontrar ni las diferenciaciones acerca de quién es quién en la Guerra de Malvinas, ni en la Primera Junta ni en lo que ocurre frente a sus narices. Pero sí tienden a comprar -gustosos- frascos de humito que se les pueda ofertar con algún aroma a derechos, libertades o -que más no sea- perspectivas de un porvenir con más chori y más cumbia.

 

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