De no mediar una leyenda que así lo acredita, sería muy difícil saber que la ancha pasarela que corre por uno de los laterales del Teatro Colón es una calle oficial. En una de las esquinas del imponente teatro (Cerrito y Arturo Toscanini), hay un cartel negro en relieve, que contiene un rostro de perfil, rodeado por un círculo, y sólo tres palabras: Calle Arturo Toscanini. Es el único elemento que permitirá corroborar el dato. A lo largo de todo el pasaje ya no habrá otra mención al nombre que este recibe.

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Con punto de partida en la mencionada Cerrito y fin en Libertad, el pasaje es exclusivamente peatonal. No es sencillo relacionarlo con algún otro de su especie, dado que el Toscanini posee características que lo hacen único. Por ejemplo, su continuidad con una gran explanada que según los documentos oficiales es un espacio verde denominado Ciudad del Vaticano, pero que en realidad de verde no tiene nada, sino que constituye un inmenso rectángulo de cemento de tonalidad rojiza, que se extiende desde Toscanini hasta Viamonte, sin que, más allá que la diferencia en el color del piso, una larga rejilla y unos bancos de piedra, hubiera motivos para pensar que en un límite termina la calle y da comienzo una supuesta plaza. Hacia Libertad, desde una enorme pantalla de Led, se emiten promociones del Gobierno porteño.

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En su otro lateral, ausente la vereda, Toscanini limita directamente con el edificio del Teatro, que en ese sector posee varias puertas, cada una con una numeración propia, a partir del 1100. Es la manera de entender la razón por la cual una calle de estas cualidades, tendría numeración. Si bien una sola propiedad existe en esta manzana, su impresionante tamaño amerita la presencia de más de un punto de acceso. Y como se ha dicho, cada cual cuenta con su chapa identificatoria.

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Es fuerte el magnetismo que irradia el Colón. Ante su presencia, hablar de esta obra monumental en la nota, se torna una tentación más que obvia. Sin embargo, el propósito de estas líneas no contempla la chance de desviarse del análisis del pasaje en sí mismo. Por eso, se dirá que Arturo Toscanini fue un director de orquesta italiano, a criterio de los especialistas, el más famoso del mundo. Nacido en 1867 en Parma, Italia, visitó por primera vez Buenos Aires en 1901. No sería su único viaje. Entre 1903 y 1906 se presentó tres veces más en el Teatro Ópera. Recién en su próxima visita, en 1912, lo hizo en el Colón. Siempre con gran suceso, y después de un tiempo prudencial, volvió a dirigir allí, en 1940 y 1941.

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En esta ciudad, sufrió el fallecimiento de su hijo Giorgio, a causa de difteria. El niño de seis años fue sepultado en el Cementerio de la Recoleta. Más adelante, sus restos fueron trasladados a Milán, Italia.

Toscanini falleció a los 89 años, en 1957. Ese mismo año, mediante el decreto-ordenanza N° 811-1957, BM N° 10.535, las autoridades porteñas le colocaron su nombre y apellido, al pasaje que nos ocupa.

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