No siempre el comedor de la casa era el lugar donde Pablo se sentía más a gusto. A veces, justamente procuraba salir de ese espacio y caminar por las calles de Buenos Aires en busca de serenidad para poner en orden sus pensamientos. No era el aire libre porteño un ámbito sencillo para conseguir sosiego. El ir y venir de la gente, así como el ruido del tránsito, podían llegar a ser obstáculos de importancia a la hora de obtener esa paz tan anhelada. Sin embargo, en ciertas circunstancias, Pablo lo ponía en la balanza y esta se inclinaba hacia ese lugar, en detrimento las paredes de un departamento que irradiaban sensación de encierro.
De todos modos, más allá de haberse inspirado o no en sus travesías por la Ciudad, siempre regresaba para plasmar sus ideas frente a la pantalla de la PC. En una de las tantas ocasiones en que esto ocurrió, escribió:

Muchos andan por la vida sin importarle si las cosas que hacen, le provocan un daño a otra persona. Otros, son todo lo contrario: prestan una exagerada atención a lo que podrían pensar los demás. Tanto, que con tal de agradar a todos, terminan olvidándose de sí mismos. Ambos extremos son malos. Lo correcto, sería poder lograr un equilibrio, tratar de no hacerle un mal a nuestros semejantes, pero también, pensar en no maltratarnos mismos. Los que están en el segundo grupo deberían entender que es imposible quedar bien con todos y en todo momento.
Es muy importante respetar y ayudar al prójimo mientras corresponda hacerlo. Pero hay veces, en que es necesario plantarnos y decir que no, si por ejemplo, lo que nos piden no podemos cumplirlo o si no corresponde que lo hagamos. En caso de que nos propongamos satisfacer siempre a la gente por no poder negarnos, lo más probable es que terminemos sufriendo mucho. No es posible complacer siempre a todo el mundo. Esto que para ciertas personas es sencillo, para otros es difícil. Pero si nos cuesta decir que no, lo primero que habría que intentar, es reconocerlo, comprendiendo que ésa sería una faceta de nuestra personalidad para mejorar.
Todos tenemos virtudes y defectos. Entender cuáles son nuestros defectos ayuda más de lo que creemos. Lo que viene después, será esforzarse para cambiar lo que está mal. No somos mejores ni peores que nadie. El Señor nos ama de igual manera a todos. Si lo buscamos y confiamos en Él, tendremos un perfecto aliado para afrontar ésta tarea y otras más difíciles aún.

Un sustento bíblico:

El gran amor del Señor nunca se acaba, y su compasión jamás se agota. Cada mañana se renuevan sus bondades; ¡muy grande es su fidelidad! (Lamentaciones 3:22-23).

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