La terapia cumplió un ciclo. Un día, Pablo, dejó atrás las sesiones en el consultorio de Cristian. Fueron unos cuantos meses a los que asistió al edificio de la calle Manuel Ugarte. Hubiera continuado, probablemente, al menos, por un tiempo más, pues le hacía bien charlar con el terapeuta acerca de variados temas. Sin embargo, la cuarentena dijo ‘basta’ y en forma abrupta, hubo que ponerle puntos suspensivos a aquellos encuentros de los miércoles.

Poco después, vislumbrando que el confinamiento se prolongaba más de la cuenta, pensó en tomar sesiones virtuales, algo que el psicólogo le había propuesto. Pablo agradeció pero respondió negativamente. Sin descartarla a futuro, esa modalidad de terapia no estaba en sus planes. O al menos, no por el momento.

Las semanas pasaban, la cuarentena no terminaba y tampoco había perspectivas de que la medida se levantaría. Durante las horas de aislamiento, Pablo pensó y pensó… Llegó entonces a una conclusión: procuraría poner en práctica algo de lo que había conversado con su terapeuta en el modo presencial, es decir, hace ya unos cuantos meses. Tenía, intelectualmente hablando, los elementos sobre la mesa. Le faltaba algo: tiempo para ordenarlos, pulirlos, pasarlos en limpio; actitud para promoverlos, transmitirlos, divulgarlos… Durante la cuarentena, buscó y buscó la forma de pasar de la teoría a la acción. Los temas sobre los cuales deseaba reflexionar para luego compartir, ya estaban en su cabeza. ¿Cuál era el primero que vería la luz? Una mañana decidió que sería éste: el perdón. Qué temita, ¿no? Contento por haber podido al fin concretar aquello que mentalmente tantas vueltas le había dado, a la tarde se sentó y escribió:

Saber pedir perdón a tiempo.

Si uno comete un error y provoca que otra persona se sienta triste, dolida, ofendida (o el adjetivo que aquí encaje), quizás logre reflexionar y reconocer que se equivocó. Si así lo hace, luego tendrá dos caminos: pedir perdón o no. Si uno elige el primero, ¿qué mejor que hacerlo lo antes posible? Cierto es que a veces cuesta. El orgullo y demás obstáculos nada amistosos del ser humano, suelen entrometerse y embarrar la cancha.  

Pero demorar un pedido de disculpas no es sano. Se corren riesgos innecesarios, creándose mayor tirantez en una situación que podría solucionarse muy pronto, y esto podría acarrear mayores problemas que el original. No caigamos en la tentación que a veces nos propone nuestro propio temperamento hostil, y salgamos a tiempo de esta trampa.

Un sustento bíblico:

Quien encubre su pecado jamás prospera; quien lo confiesa y lo deja, halla perdón. (Proverbios 28:13).

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