Me gustaría que lo sepa…

Conocí a Gustavo cuando nuestros hermanos mayores se pusieron de novios. Yo tenía diez años y él, once. Descubrimos entonces que nos llevábamos un año y unos días de diferencia, pues los dos los cumplimos en abril. A esa edad, estas mini-coincidencias no suelen pasar desapercibidas.
Al poco tiempo de empezar a noviar nuestros hermanos, falleció el padre de Gustavo, luego de estar un tiempo internado. Él se quedó a dormir en casa una noche. Nos hicimos amigos. Con el fútbol como tema más atrayente, las primeras charlas giraban usualmente en torno al «más popular de los deportes», si bien los gustos futbolísticos no se asemejaban. Vecino de la zona de Álvarez Jonte y Segurola -barrio de Monte Castro-, e hincha de San Lorenzo como cuadro principal, me hizo saber de su simpatía por All Boys y General Lamadrid, por una cuestión barrial.
Como congeniamos en aquella estadía inicial en casa, para las vacaciones de invierno volvió y, en esta oportunidad, para pasar unos días. A mí acababan de regalarme una máquina fotográfica de marca Kodak, de las que venían con rollo para luego llevar a revelar. Nos sacamos una foto juntos, en el luminoso comedor de la vivienda de Coghlan.
De fútbol de ascenso también hablábamos… Recuerdo, en especial, un viernes por la noche en mi casa de la calle Tronador. Ya estábamos acostados, a punto de dormirnos, y yo intentaba escuchar a través de mi pequeña radio portátil, una audición (en Radio Del Pueblo o Antártida) en la que daban las formaciones de los equipos para los partidos del sábado. Un periodista nombró a De Felice y Gustavo me dijo que lo conocía de su paso por All Boys.
En las mismas vacaciones, fuimos con Gustavo y mi familia a pasar un domingo en un club del Sindicato de Empleados de Comercio, en la localidad de Tigre. Como era costumbre, el picadito de fútbol no faltaba, y nuestro invitado se prendió sin mayores preámbulos en la vieja canchita de tierra y arcos fabricados con troncos de árbol.
Unos años después, nuestros hermanos se casaron. Era común que nos viésemos en eventos familiares. Hubo uno en particular, un festejo de fin de año, que me quedó grabado. Se hizo en la casa de Gustavo. Yo tenía 15 o 16 años… Después del brindis de las doce, salimos con él a dar una vuelta, ya que deseaba saludar a vecinos y amigos del barrio. Caminamos varias cuadras. Había mucha gente en la calle. A cada rato debíamos detenernos, para charlar con sus conocidos. Lo que me llamó poderosamente la atención era la cantidad de chicos y chicas que lo conocían y lo estimaban.
Más adelante nacieron los hijos de nuestros hermanos, y siendo ellos aún pequeños, viajaron para radicarse en el Interior del país, buscando esa tranquilidad que en Buenos Aires escasea.
Dejamos, entonces, de vernos con frecuencia. Pasaron los años y las noticias que iba teniendo de él, ya no eran de «persona a persona» sino a través de los seres queridos en común. Hace un par de años, volvimos a coincidir, en casa de nuestra familia del Interior. Yo estaba terminando mi estadía mientras él llegaba para quedarse unos días. En el contexto de ese cruce circunstancial, conversamos unos momentos, aunque no en profundidad. Además, aproveché para regalarle un libro. Volvió a transcurrir el tiempo. Llegó la pandemia y con ella, la cuarentena. Supe entonces, que Gustavo, había sido alcanzado por la brusca suspensión de sus actividades cotidianas, y que, obligado a reinventarse como tanta gente, concentraba sus esfuerzos en ponerse de pie, incursionando en otros rubros laborales. A esto, se sumaban algunas dificultades referidas a su salud.
Y ahí anda Gustavo, intentando capear el temporal. Sé que la lucha es difícil, pero que no se va a dejar arriar así como así por los vientos que soplan en contra. Nunca se lo dije cara a cara, pero si llega a leer estas líneas (ya no es ningún secreto que por esta vía me expreso más fácilmente), me gustaría que se sepa lo presente que tengo los momentos que vivimos juntos, y por más que tanta agua haya pasado por debajo del puente, que puede confiar en este servidor.

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