“LA PREVIA” A LOS GRANDES MALES

En rueda de amigos, uno de los miembros del grupo dejaba entrever su preocupación porque una hija adolescente estaba participando en las reuniones llamadas “la previa”, encuentros nocturnos caseros en los cuales, generalmente, chicos y chicas beben grandes cantidades de alcohol, antes de salir, ya de madrugada, rumbo a boliches u otros lugares de diversión. El papá, dentro de todo, se quedaba tranquilo porque las reuniones eran en su casa: “Prefiero eso y no que anden por ahí”, decía, con una mezcla de conformismo y resignación. Cuando le pregunté si no prefería que, directamente, su hija no estuviera presente en “la previa”, respondió de manera tajante: “No, eso es imposible”.

El caso es una muestra de lo que acontece en muchas familias desde hace por lo menos diez o quince años. A la vieja costumbre de tomar alcohol en bares y/o boliches, se le sumó la de hacerlo, “previamente”, también en las casas. Así las cosas se facilitan para poder consumir más variedad y cantidad, y a un costo menor. La idea prendió tan fuertemente, que para muchos, al igual que para este amigo, es nula la chance de impedir que sus hijos intervengan.

Con pocos días de diferencia, tuve la posibilidad de asistir a una reunión entre padres y autoridades de un colegio primario y secundario. La dueña del establecimiento, hizo hincapié en el delicado momento que se vive con respecto a estas cuestiones. Como ejemplo, puso un caso en el cual, una nena que en la escuela primaria tenía determinado perfil de conducta, de modo completamente sorpresivo para su hogar, tan solo unos años más tarde también había caído bajo las garras del alcohol. “La mamá habló conmigo y no podía entender como la chica les había hecho eso”, decía, palabras más, palabras menos, la señora. Sus colegas, coincidían en lo difícil del momento: “No van a probar, van directo a emborracharse”, sostuvo una mujer que trabaja en el colegio.

Esa desagradable sorpresa, lamentablemente, muchos se la llevan. A lo mejor no tomamos conciencia de lo que significa el alcohol. Su excesivo consumo se ha transformado en factor de grandes males a nivel mundial. Ya sea a través de las enfermedades que produce (más de sesenta) o de los accidentes de tránsito que origina. Ni que hablar de las peleas que, favorecidas por su ingesta, a menudo dejan saldos de violencia y muerte en todos los ámbitos, inclusive en el familiar. Según datos oficiales, el consumo aumentó considerablemente entre adolescentes y preadolescentes. “Un relevamiento realizado en todo el país demostró que en el último año surgieron más de dos millones de nuevos consumidores”, publicó Infobae a mediados de 2018. Más estadísticas, indican que 2,8 millones de personas por año mueren por su causa. Y que el alcohol es la tercera causa de muerte prematura en el mundo.

El problema es que todos parecemos saber que es malo, pero aún conociendo el peligro, no somos capaces de detener su onda expansiva ni siquiera dentro de nuestra propia casa. De ahí, que escuchamos a los papás afirmando que es imposible que sus hijos no acudan a éstas previas.

Pero la sociedad también es hipócrita y cómplice, ya que mientras de vez en cuando los medios publican informes acerca de lo perjudicial que es, mientras campañas gubernamentales señalan que el alcohol mata, la publicidad de bebidas de contenido etílico avanza sin restricciones, de la mano de la “reveladora” advertencia que dice que hay que consumir moderadamente. Desde los programas de radio y TV, si por ejemplo surge el tema vinculado a alguna borrachera que tuvo tal o cual persona, a veces se lo toma en broma, se lo minimiza y hasta se termina haciendo apología. Por eso, aquel que no esté alerta a esta situación, es factible que –al no existir por parte de los medios de comunicación, una severa intención de combatir el flagelo- no vea los riesgos que implica vivir en una sociedad así. Y cuando los haya visto, quizás sea tarde.

A cierta edad, los hijos creen que ya lo saben todo y detenerlos, será muy difícil. Identificados y consustanciados con la falsa verdad, que asegura que para pasarla bien nada de malo tiene “tomar un poco”, ellos dirán que los equivocados, los que están pasados de moda, etc, somos los padres. Por eso, la solución es un diálogo permanente, ya antes de que lleguen a la adolescencia. Explicar, aclarar dudas, primero, y no tener que chocar, prohibir, sufrir o lamentar después. Que en función de ese diálogo con los mayores, sean ellos mismos los que tempranamente reconozcan qué está bien, y qué está mal, ya no únicamente en relación al alcohol, sino también con respecto a todo lo que el sistema ve como “normal”, pero que dista mucho de serlo.  Y  que cuando ya estén en condiciones de salir a la calle solos, ningún mandato social erróneo pueda confundirlos.

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