“Yo ya llegué”

Terminamos de cenar, pagué la cuenta y nos levantamos, como para salir del restaurante. Al despedirnos, el mozo acercándose, me susurró algo así: “Te felicito por la familia que tenés”. Sólo atiné a esbozar una sonrisa y, por lo bajo, darle las gracias. Confieso que me sorprendió. Pero al mismo tiempo, sentí un gran orgullo.

Era la quinta o la sexta vez, por espacio de algunos meses, que comíamos en ese lugar de barrio con mi esposa y nuestras hijas. El mozo, probablemente, observando nuestro comportamiento a lo largo de este período, arribó a esa conclusión y aquella noche, tuvo la feliz idea de expresarla. Asumo que no esperaba que esa frase saliera de la boca del empleado, un hombre que de aproximadamente sesenta años con el que, si bien siempre habíamos tenido un trato cordial, jamás avanzamos en un diálogo que fuera más allá del saludo y el pedido rutinario.

A veces es como si tuviéramos una venda en los ojos, y es necesario que alguien de afuera nos haga ver ciertas cuestiones para, recién ahí, darnos cuenta de lo que somos, o de lo que tenemos. En la intimidad, en el fondo del corazón, uno lo sabe, no deja de ser conciente. Pero con el vértigo del día a día, que no nos permite apreciar en su real magnitud algunas cosas que deberíamos tener más presentes, lo bueno que la vida nos ofrece aparece distorsionado, borroneado, oculto detrás de los problemas y de nuestra propia falta de capacidad para disfrutar de lo simple, como lo es el hecho de despertarnos cada mañana y de volver a acostarnos a la noche, teniendo las necesidades básicas (afectivas, materiales) cubiertas.

Esa distorsión nos conduce a desear siempre más y más. A correr para alcanzar una meta difusa, ficticia, porque cuando llegamos a ella, vamos a creer que aún no lo hicimos, o que es preciso seguir corriendo para alcanzar otra que está más adelante. Y en esa loca carrera, será difícil disfrutar de lo que sí tenemos.

Existe un precepto que recomienda algo como esto: “La felicidad se trata de disfrutar el camino”. Por más que suene a un consejo de autoayuda vulgar y reiterativo, la máxima tiene su asidero.

Por eso, en lo personal, me resulta sano detenerme a pensar todas las veces que pueda: “Yo ya llegué”. Y seguir en el camino, procurando disfrutarlo siempre. A mirar lo que tengo a mí alrededor. Y a darle las gracias a nuestro Creador por tanto.

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