“El desapego es una manera de querernos”, título de un bellísimo libro de Selva Almada, sobrevolaba mis pensamientos mientras viví esta obra de Cristian Drut basado en el  texto de Juan Ignacio Fernández.

Una familia busca reinventar el amor, pero ¿no es acaso lo que todos buscamos? 

Ame, Paula, Dener: personajes atravesados por el trauma de un suicidio, punto cero de esta historia. En esa escena converge el desamparo y el abandono, un duelo imposible, y los interrogantes que se hacen eco en los consultorios de los psicoanalistas cuando historias como ésta se presentan en la clínica: ¿por qué el amor no ha sido suficiente? ¿por qué no pudo querer vivir por mi? ¿por qué no me amó? ¿por qué me abandonó así? Preguntas que en esta pieza teatral conducen -con humor, dolor, ironía y belleza- a interrogarse por la propia capacidad de amar y sentir.

Hay mucha sutileza allí. 

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El amor y la maternidad-paternidad. ¿El amor es cuidar y proteger? ¿El amor finalmente es, o podrá ser, refugio? Ame puede dejar su casa -refugio concreto- sobre las marcas de un abrazo que no llega y no cobija.

El sueño, tal vez, sea el verdadero refugio: punto de llegada de pérdidas y encuentros, elaboración y posibilidad de una despedida. Toda la obra está envuelta en un clima onírico tan maravillosamente logrado… Y con una sorprendente prolijidad que transmite la profundidad del trabajo del director y de todos los actores.  

Una joyita, en particular la puesta en escena en la que se destacan los matices sonoros y la cuidadosa y sobria elección de la escenografía.  En primer plano, la palabra, el cuerpo, y el sueño.

Los sueños son ruinas vivas y el director lo supo poner en escena. El sueño, con su capacidad de recomponer en una cierta medida, y en interminable labor, la devastación del trauma.

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