“Somos artífices de nuestro propio destino” ¿Qué tan acertada es esta frase de Appio Claudio il Cieco, alguna vez dicha también por Juan Domingo Perón?

Claramente, los humanos somos seres sociales, por lo que somos influenciados constantemente por lo que otras personas hacen o dicen; entonces, ¿se puede decir que un ser humano es culpable de las cosas que le suceden cuando, durante toda su vida, su accionar y su “destino” están en contacto estrecho con el accionar de otros seres humanos?

Por ejemplo, ¿es artífice de su propio destino una persona violada y asesinada? o, tal vez, ¿una persona nacida en una nación en guerra o dividida por poderes económicos y políticos? ¿Es artífice de su propio destino una persona que, a pesar de respetar las leyes de tránsito, es asesinada por un conductor borracho?

La verdad es que en la actualidad somos muy pocos aquellos que podemos decir (y a medias) que somos los dueños de las cosas que nos suceden; porque no es lo mismo nacer en circunstancias favorables que en circunstancias desfavorables; no es lo mismo nacer en una familia amorosa y capaz económicamente que en una familia disfuncional y violenta, así como no es lo mismo nacer en una sociedad progresista, donde haya poca o nada de delincuencia, que en una nación pobre y corrupta.

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Por dar un ejemplo, existen sociedades casi utópicas en Europa, como es el caso de Holanda, que ya no tiene presos en sus cárceles, o Finlandia, donde el sistema educativo no obliga a los niños a adaptarse al sistema arcaico y estigmatizante que es el sistema educativo que todavía rige en la mayoría del mundo. Esta “formación” se basa en “preparar” a un niño en más de diez especialidades diferentes para que, al final, retenga sólo aquello que le sirve y le interesa a medias, porque no se le permitió profundizar conocimientos en el área de su interés. El niño, transformado en adolescente y luego en adulto, llega a la facultad sin tener conceptos claros y sin el nivel necesario para pasar los exámenes de admisión. Esto se refleja en estadísticas a nivel población en países como la Argentina, donde sólo una parte relativamente pequeña llega al profesionalismo.

Sin embargo, esto no quiere decir que las sociedades del primer mundo sean perfectas, sino que están cerca de respetar los derechos y las individualidades de cada uno como en una utopía, aunque sólo fronteras adentro, porque, fronteras afuera, en el medio de los derechos humanos, se encuentran los intereses económicos y políticos, que terminan afectando a las personas del mal llamado “tercer mundo”. Estoy hablando de los llamados problemas del primer mundo como, por ejemplo, las guerras (Vietnam, Siria, Pakistán, Afganistán) y la esclavitud moderna ejercida por algunas empresas multinacionales como, por ejemplo, aquellas que explotan mineros en el caso de los diamantes de sangre en África y niños en las industrias textil y agraria en Latinoamérica.

Entonces, ¿cuál es el objetivo de mencionar todo esto si no es comparar las sociedades “tercermundistas” y “primermundistas”? ¿Acaso no es desviarse del tema principal: el azar del destino en contraposición a la frase mencionada al principio de esta nota: “Somos artífices de nuestro propio destino”? La respuesta es no a ambas preguntas.

Lo que se busca en este espacio no es culpar al otro de la propia desgracia, sino abrir la consciencia y desarrollar la empatía en tiempos donde la gente puede llegar a reírse de la desgracia ajena por internet. Se trata de ser conscientes de que el otro, por desgracia, no tuvo las mismas posibilidades que uno, ya que, lamentablemente, hay una realidad y esta es el hecho de que todos, absolutamente todos, nacemos con cadenas impuestas y luego nos desarrollamos con cadenas autoimpuestas, según la crianza que hayamos tenido y las personas que nos hayan rodeado durante toda nuestra vida. He aquí la razón de por qué es tan importante la introspección y el psicoanálisis: lo único que está en nuestro poder es romper las cadenas tanto impuestas como autoimpuestas. Esto no es lo mismo que ser dueños del destino, porque el destino puede decidir que te vayas pronto de esta vida y, como ser mortal, no habrá nada que puedas hacer contra el azar.

En esta sociedad con tantas distracciones, con tanta diferencia entre los sectores económicos, con tanta falta de empatía por el otro, no es de extrañar que se desarrollen personalidades nefastas como ladrones, violadores y asesinos o personalidades trágicas como lo son los enfermos mentales, los alcohólicos, los drogadictos y los suicidas.

El poder de decisión no es el mismo de una persona a otra, así como el carácter es distintivo en cada uno, por ende, no es debatible si tenemos el derecho de ser jueces de la vida de los demás. Son tus acciones lo que te definen. Y esto que no sea mal interpretado, un asesino debe ser juzgado como tal, como debe ser juzgado un violador o un pederasta. Sin embargo, cuando hablo de no juzgar a los demás, no hablo de las normas jurídicas, hablo de entender a la persona, que no es lo mismo que justificarla. Con esto podemos decir que un asesino no rompió sus cadenas y eligió sucumbir a la maldad que en él se gestó. En tal caso, él eligió sucumbir a su propia maldad aunque sus vivencias no hayan sido su responsabilidad. No somos artífices de nuestro propio destino, sólo somos dueños de nuestras propias decisiones. El destino es algo muy amplio como para que un simple mortal lo controle.

El ego del ser humano nos ha llevado a tener ideas megalómanas; es destructivo y autodestructivo, ya que, lamentablemente, no nos afectamos sólo a nosotros mismos como especie, sino que perjudicamos también a otras especies y a nuestro propio planeta, el hogar de todos.

Es inaudito pero somos tan egoístas que hasta hay proyectos espaciales que buscan hacer posible la migración a otro planeta en caso de que la Tierra sea destruída. A tal punto hemos llegado.

La ambición, el egoísmo y la falta de empatía nos están matando.

Un ejemplo muy cercano de nuestra disfuncionabilidad como especie es nuestro comportamiento ante una crisis como la que ahora estamos viviendo, la pandemia del COVID-19: asaltos violentos contra profesionales de la salud, gente que no permanece en sus casas y no cuida a los demás, saqueos y vandalismo como los vivenciados en Estados Unidos…

Todos los actores de esta situación son tan sólo un producto de otros actores y de escenarios al azar. Nadie escapa a la regla.

No todo es oscuridad y maldad, ya que, donde hay oscuridad, tarde o temprano, aparece la luz. Lo que ilumina en estos momentos tan oscuros son los médicos y las enfermeras, los científicos que buscan la vacuna, los policías que de buena fé ejercen su profesión, aquellas personas que se ofrecen a llevarle la comida a las personas mayores y a los profesionales de la salud, y quienes respetan la cuarentena y se cuidan a sí mismos y a los demás…

Esta nota busca la luz que habita en cada persona que la lea, la consciencia de la existencia propia y la de los demás, porque sólo en un mundo con conocimiento y empatía se puede avanzar a una sociedad, al menos, casi perfecta. Así que a pesar de que no todas las cosas que pasan son nuestra responsabilidad, tengamos el poder de sobreponernos a la adversidad y a nuestra propia oscuridad y tomemos la mejor decisión por el bien de todos. Dejemos algo bueno en cada persona que nos rodee, sea familia o no. Dejemos un legado de luz durante el tiempo que dure nuestra vida por el bien de nuestra generación y, sobre todo, por el bien de las futuras generaciones.

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